viernes, 18 de noviembre de 2016

Una versión de la noche


La noche es algo ahí
que espera entre los montones de basura
Ahora ya no podemos bajar
por la calle silbando
Ahora esto
que era una terraza abierta a los ojos del verano
ha sido reducido a territorio cercado
por pasos de miedo y mandatos de ceguera
Ahora
he salido
y camino hacia allá
auscultando rieles debajo del asfalto
llevado
por ruidos viejos de ventanas entreabiertas
hasta una vereda libre de mudanzas y despedidas
ahí
tiene que ser posible respirar
la tregua urgente que precede al exilio
y ahí me voy a sentar a esperar la otra noche
la antigua
la de charlar en el cordón de la vereda
ahí en la calle tomada
voy a desenterrar la benéfica
tristeza del verano

jueves, 26 de mayo de 2016

Se ruega insertar

Escribí esto hace tres años, y en estos días me anduvo dando vueltas. Comparto.

Se ruega insertar

Escribo mientras toso. Tengo una infección bronquial que requiere solamente eso: que tosa y tome analgésicos. Toso, escupo los virus y, eventualmente, mejoraré. Pero eso es exactamente lo que mi padre no pudo hacer. “No reacciona”, me decían los médicos en el Hospital Español, “y necesitamos que se despierte para que tosa”. Parecía no querer despertarse: y no lo hizo. Lo que siguió y lo que sigue es una intensa presencia de su ausencia, y una ausencia inagotable de su presencia. Toso todo lo que él no tosió, así como respiro el aire que él ya no respira, y miro lo que no ve. Pero él, todo entero, no presentificado sino presente, asedia mi tos con su palabra: “primero viene la fiebre, después una tos seca, perruna, y luego, cuando la enfermedad evoluciona, una tos productiva”, palabras dichas cientos de veces, por teléfono a sus pacientes, y también a nosotros. Él, imposiblemente, desde su él en mí, me salva y parece que vuelve y, sobretodo, que no vuelve: que ahora soy yo. Que esto que soy se ha convertido en una desmesurada responsabilidad por su memoria. Memoria que, de pronto, parece mayor que sí misma, como dice Derrida: más vieja, inadecuada para sí misma, preñada de este otro. Y es que no se puede aislar a los muertos de los vivos, che, basta de levantar monumentos y lápidas. No se los puede incorporar, ni interiorizar: no se los puede neutralizar. Su ser es transitivo, como dice Nancy: habitan el mundo como un secreto a voces.
Ayer, afiebrado, soñé que había que encastrar unas letras, las de tu apellido, o sea el mío, en una pared. Eran unas letras de molde, enormes y doradas. No podíamos superar la “G”. Yo miraba la “R”, ahí tirada, sin que la pudiéramos montar en la pared, y pensaba en el sueño: es imposible. No termino de montar tu nombre propio, ese que habita fantasmáticamente en el mío; ni voy a terminar. La muerte, lo que afirma contra la pared el nombre propio y lo ajeniza del todo, la que lo pone ahí ya todo para los otros, siempre parece cobrar forma de historia completa, de nombre de una Mismidad cerrada y total. Pero no es así, ahora lo sé. Si me banco este estar, te banco: si me banco tu mortal presencia de duelo sin fin en mí como el testimonio de que no soy ese sujeto cerrado sobre sí, ese varón occidental racional, bla, bla, bla, sino una suerte de red, o de punto o espacio en una red de sentidos, de amores, de abrazos, de palabras inolvidables o tontas, vivas en la muerte y muertas en la vida, entonces sí, desde allí, en estado de abierto, parados en el vórtice de la incertidumbre expuesta, somos: y vos sos conmigo.

Junio de 2013

martes, 19 de enero de 2016

A veces estoy listo


A veces estoy listo
No revuelvo más cajones
Hay entre nosotros un viento fresco
un guiño al cruzar la calle

A veces llueve y tenemos vino
y la noche baja limpia de todo desamparo
Los espacios se disponen sin ritos
como si todo fuera cierto
Y el nombre de las cosas es visible

A veces sabemos mirar sin segundos de miedo
Y el círculo de tiza de las horas de hierro
se deshace en la luz de la mañana

A veces, tenemos baile al anochecer
y somos pocos, pero tocamos a tiempo

jueves, 5 de noviembre de 2015

118


El que a semejante trabajo amoroso colectivo, inédito, único en el mundo, lo llama "curro" es un misérrimo ser que (como hasta su propio padre reconoce) no tiene corazón.

viernes, 30 de octubre de 2015

Carta a mis amigos y amigas de izquierda

Vos no sos peronista. Yo tampoco. Vos no creés en la democracia representativa. Yo tampoco. Pero entonces, como no creés, votás en blanco, o no votás, o votás a un partido chiquito de izquierda. Hice lo mismo durante muchos años, hasta que me di cuenta de que esos eran votos liberales, porque siguen el concepto filosófico liberal de votar según las propias convicciones, en busca de un resultado que, siendo la manifestación del pensamiento individual y egoísta de cada uno, va a dar por resultado el mejor gobierno para todos. No es una chicana: yo sé que votás tratando de ser fiel a tu ideología. Pero si las cosas están, al menos hoy, en estos años, dadas así y vos, igual, votas cualquiera, desperdiciás una herramienta. Ya sé que votar al Frente para la Victoria es votar, en el mejor de los casos, un reformismo peronista que no va a hacer la revolución, no. Pero lo central es que vos, que sos de izquierda porque tuviste tiempo de pensar y de formarte y de leer un poco, tenés recursos: si viene una crisis, como las que ya conocemos, nosotros tenemos más opciones; siempre podemos hacer otra cosa; tuvimos la posibilidad de desarrollar recursos para defendernos.
Ya sé lo que me vas a decir: que, sartreanamente hablando, siempre hay opciones. Sí, claro. Pero no todos tenemos el mismo abanico, ni la misma cantidad de opciones disponibles.
Yo también soy de izquierda, y sigo creyendo que el único camino posible es la horizontalización del poder, y sigo creyendo en la democracia directa. Pero no es lo que cree hoy la mayoría, y yo no tengo ningún derecho a pensar que si no piensan como yo es porque están alienados. Piensan de otro modo, prefieren delegar, y así tenemos esta situación. Puestos acá, si voto en blanco, si impugno, etc., mi voto es liberal, porque no lo estoy poniendo a disposición de generar opciones para quienes no se van a poder defender de un brutal ajuste o una crisis, como sí vas a poder vos o yo. Lo dije en 2011, cuando voté por primera vez al peronismo, y lo vuelvo a decir ahora para este ballotage: votá por otros. No votés para vos, para quedarte tranquilo con vos mismo.
Te pido que sigas leyendo, porque es importante, y estoy escribiendo con el corazón en la mano. Ya sé que Scioli estuvo con Menem, ya sé que es una incógnita, que hasta puede ser que haga cosas que sabemos va a hacer Macri. Pero a lo mejor, no. Y por una duda que tenés, por no querer mancharte, ¿vas a dejar de ir a votar?
Me vas a decir que si voto a Scioli estoy votando contra la posibilidad de despenalizar el aborto. Lo sé. Soy consciente. Pero sé vos también consciente de que si no votás, generás la posibilidad de que gane Macri, y en ese caso no sólo no va a haber aborto legal y gratuito sino que los cientos de miles de personas que salieron de la pobreza extrema por un pelito van a volver a cagarse de hambre. Si sos consciente y no te importa, ok.
Me vas a decir que no te puedo pedir que votes por el mal menor. Ya te dije: es al revés. Dado que el juego ya está dado así, sos vos en que no me puede pedir que no ponga mi voto a disposición de quienes más lo necesitan.
Me vas a decir que si te mando a votar te estoy mandando a legitimar el sistema. ¡Sí, claro! Excepto que dejando de ir tampoco le hacemos ni cosquillas al sistema y, en cambio, vamos a tener que volver a salir a la calle como en el ‘95 y el ‘99 a frenar, por ejemplo, la privatización de la UBA. ¿Te acordás?
Me vas a decir que, si soy de izquierda y voy el 22 a votar a Scioli, tengo una contradicción. ¡¡¡Sí, claro!!! Pero ¿vos no? Si el precio de no tener contradicciones es habilitar el acceso de la derecha al poder, prefiero contradecirme bien fuerte.
Y si, finalmente, me decís que la derecha ya está accediendo al poder, te digo que también soy consciente. Y no voy a bajar ninguna bandera de izquierda por ir a votar a Scioli el 22, ni te pido que las bajes vos: te pido que aproveches el voto para no generar el peor escenario posible sino uno respirable, manejable, donde podamos intervenir y pelearla.
Llegados a este punto, quizás estés pensando que es mejor que gane Macri, porque "cuanto peor, mejor". Si pensás así, aunque no lo digas, dejame decirte: no sos de izquierda. Ni sos mi amigo. Pero sé que no pensás así. Así que pensemos juntos.
Damián

domingo, 16 de agosto de 2015

Trayecto

Conozco un trayecto de pies vencidos: despido
parientes en patios quietos como neuronas deshiladas.
Conozco las redes: viajo cayendo de boca
por escaleras de acero
y desierto
destapo aquel vino y lo miro, lo acuno, lo vierto
y desnudo
el horror hundido de ojos abiertos a la noche.
Destejo la única voz en múltiples favores de visitante:
telarañas, bocetos, reglas,
minutos, vientres, desiertos,
compañeros de ida, dedos y cuellos
cerca del rompimiento, ahí en la punta del verano,
cuando se disuelve en meses a perder la espera de aquella
palabra que no diga,
aquella boca que haga.

miércoles, 1 de julio de 2015

Moreno

Respecto de los dos hombres que se encontraron en la plaza central de la fortaleza de Machu-Picchu –con absoluta lealtad a su promesa- en el amanecer del 16 de enero de 1581, es mejor pensar que estaban muertos, o por lo menos que eran incalculables.
Un amanecer idéntico del 16 de enero de 1980, dos casi hermanos se despedían en una calle de Salta. El sol de las tres de la tarde clausuraba todas las puertas, aplastaba las calles resecas. Santiago Moreno y su amigo Uribe se daban la mano por última vez.
-Tanta palabra nos hace inventarnos una vida de cuento –comentó Moreno-. ¿No es cierto, hombre de cobre?
-No. Es la historia, hombre de plata, la que nos teje la vida -Uribe mostró sus dientes, que eran tizas sobre el pizarrón de cara de cobre puro-. Nos estamos yendo a la historia, Moreno; cada uno a la suya. Yo tengo una pista, un nombre: Supac. Y un pueblo en la provincia del Collasuyo. Y vos –volvió a sonreírse despectivo- otro nombre y otro pueblo en un país europeo.
Santiago Moreno sintió como un dardo invisible en el pecho. No por lo dicho, sino por lo no dicho tras la palabra "europeo": España, asesinato masivo en nombre del oro, la Biblia y una reina; esa era la sustancia que a Moreno le oscurecía la sangre. Y la misma razón que a los veinte años le hizo acercarse a este indio solo y callado entre estudiantes blancos, tenaz para demostrar que él también podía ser culto, alcanzar un cristiano título universitario y hasta entender el francés, más adelante. Casi hasta la obsecuencia, Moreno lo defendía de las burlas, de los racismos afilados, y de su propio fantasma.
Salta, que juntó a estos dos hombres, los veía ahora caminar en direcciones opuestas: calle arriba, el inca; calle abajo, el español, con apenas un año de tiempo y una cita en una fortaleza.
Moreno, para pagarse el viaje, trabajó como traductor en una editorial de Buenos Aires durante ocho meses. En España no le fue nada fácil remontar la cuesta genética de su apellido y dar con los Moreno de Asturias. Caminó por fin la costa de Gijón, creyó ver la multitud de ojos que pueblan el mar cuando es de noche, lloró atávico, y quiso saber si podía sentirse español.
Blandiendo un puñal del siglo XVI, lo comprobó. Fue en casa de sus parientes. El puñal estaba sobre el hogar, demasiado a mano. No pudo ocultar esa breve tormenta sanguínea que a todo hombre lo conmueve al tomar un arma blanca. Lo pensó. Y también pensó: pero cuando se trata de un español que esgrime el puñal de sus padres, entonces se sienten palpitar los ojos, clavados en el brillo de la hoja. La mano grande, huesuda, parece hecha sólo para esta empuñadura. Oyó:
-Si lo quieres, es tuyo.
Mi mano. Pensar esto, ser capaz de hilvanar las palabras para pensarlo, equivale al final de mi búsqueda.
-Gracias. Tengo que volver a América en seguida. Tengo una deuda pendiente.
Moreno, afecto a los símbolos, estaba radiante con su regalo en el cinturón. Pasó los días del viaje de vuelta –o las noches diurnas, a veces: la ferocidad de las tres tormentas sucesivas que le tocaron le habían desordenado las horas, a él que siempre sufrió mareos y pesadillas- meditando y previendo el encuentro, las palabras, sagradas, secretamente rituales que iba a decirle a Uribe en Machu-Picchu: este puñal es para vos, hermano. Mi raza te lo entrega, mi raza te pide disculpas. Y algo que aún no sabía si sería capaz de decir: si te parece justo, usálo. Pero acordáte de que los dos somos argentinos, ahora.
La futura dicha de haber pagado una deuda histórica lo tenía ebrio de trascendencia. Sin embargo, algo como un dolor en la cabeza, no dolor sino más bien como un peso sobre la cabeza, lo fue molestando desde que llegó al pie de la cuesta. Hubo otra anomalía: el viejo tren a cremallera que facilitaba el acceso a la fortaleza había desaparecido. Creyendo haberse equivocado de sitio, empezó a subir a pie. Ya no podía perder más tiempo. Era el 16 de enero de 1981: arriba, Uribe lo esperaba con sus ancestros identificados, con su pasado despierto.
No contó con el ascenso, de extrema dificultad. Era noche cerrada cuando alcanzó las construcciones bajas. Gracias a la luna cercana, se dejó fascinar –jadeando todavía- por las perfecciones de la fortaleza. Buscó la plaza central. Gritó varias veces, no muchas: estaba solo. Ya sigiloso, se animó por las avenidas de piedra. Notó con asombro los techos y el agua corriendo incesante por las canaletas, regando los sembrados escalonados.
Los resplandores lunares de los objetos de oro, guiándolo como imanes, lo hicieron dar una vuelta completa a la fortaleza. Y hasta le pareció que también era de oro la fogata encendida en el centro exacto de la plaza. Detrás del fuego, el otro se puso de pie.
Cuando estuvieron uno a cada lado de la pira, el inca hizo un gesto indescifrable. Como lo tenía deseado, Moreno sacó el puñal, pero no dijo nada. Supac, a través del fuego, le hundió la lanza en el cuello.