domingo, 16 de agosto de 2015

Trayecto

Conozco un trayecto de pies vencidos: despido
parientes en patios quietos como neuronas deshiladas.
Conozco las redes: viajo cayendo de boca
por escaleras de acero
y desierto
destapo aquel vino y lo miro, lo acuno, lo vierto
y desnudo
el horror hundido de ojos abiertos a la noche.
Destejo la única voz en múltiples favores de visitante:
telarañas, bocetos, reglas,
minutos, vientres, desiertos,
compañeros de ida, dedos y cuellos
cerca del rompimiento, ahí en la punta del verano,
cuando se disuelve en meses a perder la espera de aquella
palabra que no diga,
aquella boca que haga.

miércoles, 1 de julio de 2015

Moreno

Respecto de los dos hombres que se encontraron en la plaza central de la fortaleza de Machu-Picchu –con absoluta lealtad a su promesa- en el amanecer del 16 de enero de 1581, es mejor pensar que estaban muertos, o por lo menos que eran incalculables.
Un amanecer idéntico del 16 de enero de 1980, dos casi hermanos se despedían en una calle de Salta. El sol de las tres de la tarde clausuraba todas las puertas, aplastaba las calles resecas. Santiago Moreno y su amigo Uribe se daban la mano por última vez.
-Tanta palabra nos hace inventarnos una vida de cuento –comentó Moreno-. ¿No es cierto, hombre de cobre?
-No. Es la historia, hombre de plata, la que nos teje la vida -Uribe mostró sus dientes, que eran tizas sobre el pizarrón de cara de cobre puro-. Nos estamos yendo a la historia, Moreno; cada uno a la suya. Yo tengo una pista, un nombre: Supac. Y un pueblo en la provincia del Collasuyo. Y vos –volvió a sonreírse despectivo- otro nombre y otro pueblo en un país europeo.
Santiago Moreno sintió como un dardo invisible en el pecho. No por lo dicho, sino por lo no dicho tras la palabra "europeo": España, asesinato masivo en nombre del oro, la Biblia y una reina; esa era la sustancia que a Moreno le oscurecía la sangre. Y la misma razón que a los veinte años le hizo acercarse a este indio solo y callado entre estudiantes blancos, tenaz para demostrar que él también podía ser culto, alcanzar un cristiano título universitario y hasta entender el francés, más adelante. Casi hasta la obsecuencia, Moreno lo defendía de las burlas, de los racismos afilados, y de su propio fantasma.
Salta, que juntó a estos dos hombres, los veía ahora caminar en direcciones opuestas: calle arriba, el inca; calle abajo, el español, con apenas un año de tiempo y una cita en una fortaleza.
Moreno, para pagarse el viaje, trabajó como traductor en una editorial de Buenos Aires durante ocho meses. En España no le fue nada fácil remontar la cuesta genética de su apellido y dar con los Moreno de Asturias. Caminó por fin la costa de Gijón, creyó ver la multitud de ojos que pueblan el mar cuando es de noche, lloró atávico, y quiso saber si podía sentirse español.
Blandiendo un puñal del siglo XVI, lo comprobó. Fue en casa de sus parientes. El puñal estaba sobre el hogar, demasiado a mano. No pudo ocultar esa breve tormenta sanguínea que a todo hombre lo conmueve al tomar un arma blanca. Lo pensó. Y también pensó: pero cuando se trata de un español que esgrime el puñal de sus padres, entonces se sienten palpitar los ojos, clavados en el brillo de la hoja. La mano grande, huesuda, parece hecha sólo para esta empuñadura. Oyó:
-Si lo quieres, es tuyo.
Mi mano. Pensar esto, ser capaz de hilvanar las palabras para pensarlo, equivale al final de mi búsqueda.
-Gracias. Tengo que volver a América en seguida. Tengo una deuda pendiente.
Moreno, afecto a los símbolos, estaba radiante con su regalo en el cinturón. Pasó los días del viaje de vuelta –o las noches diurnas, a veces: la ferocidad de las tres tormentas sucesivas que le tocaron le habían desordenado las horas, a él que siempre sufrió mareos y pesadillas- meditando y previendo el encuentro, las palabras, sagradas, secretamente rituales que iba a decirle a Uribe en Machu-Picchu: este puñal es para vos, hermano. Mi raza te lo entrega, mi raza te pide disculpas. Y algo que aún no sabía si sería capaz de decir: si te parece justo, usálo. Pero acordáte de que los dos somos argentinos, ahora.
La futura dicha de haber pagado una deuda histórica lo tenía ebrio de trascendencia. Sin embargo, algo como un dolor en la cabeza, no dolor sino más bien como un peso sobre la cabeza, lo fue molestando desde que llegó al pie de la cuesta. Hubo otra anomalía: el viejo tren a cremallera que facilitaba el acceso a la fortaleza había desaparecido. Creyendo haberse equivocado de sitio, empezó a subir a pie. Ya no podía perder más tiempo. Era el 16 de enero de 1981: arriba, Uribe lo esperaba con sus ancestros identificados, con su pasado despierto.
No contó con el ascenso, de extrema dificultad. Era noche cerrada cuando alcanzó las construcciones bajas. Gracias a la luna cercana, se dejó fascinar –jadeando todavía- por las perfecciones de la fortaleza. Buscó la plaza central. Gritó varias veces, no muchas: estaba solo. Ya sigiloso, se animó por las avenidas de piedra. Notó con asombro los techos y el agua corriendo incesante por las canaletas, regando los sembrados escalonados.
Los resplandores lunares de los objetos de oro, guiándolo como imanes, lo hicieron dar una vuelta completa a la fortaleza. Y hasta le pareció que también era de oro la fogata encendida en el centro exacto de la plaza. Detrás del fuego, el otro se puso de pie.
Cuando estuvieron uno a cada lado de la pira, el inca hizo un gesto indescifrable. Como lo tenía deseado, Moreno sacó el puñal, pero no dijo nada. Supac, a través del fuego, le hundió la lanza en el cuello.

sábado, 27 de junio de 2015

El mundo era inhóspito

Gracias por la ginebra. Mire, usted, por el tono tenso y discontinuo que le siento, seguro que es una persona joven; un chico, bah. Y hace bien en hablar conmigo, ya va a ver por qué. Está tomando nota, ¿no? Oigo el raspar de una lapicera. Y le digo más: el papel que está usando no es para escribir, es para dibujar. Yo no vivo con nadie. La gente es una cosa que se acaba. Un día, usted está convencido de que lo tiene todo -digo, ese invento que llaman la compañía de los amigos- y de pronto, zas: se fueron, no están, se aburrieron; concretamente: cambiaron. ¿Usted lo conoce al viejo Parménides? No me haga hablar, qué viejo hijo de puta. Fíjese que lo conocí a su edad, y porque le llevé el apunte, terminé así. Yo le voy a contar todo, pero pídame otra ginebrita, ¿quiere?

Soy pintor. Tenía un taller en la calle Constitución. Constitución y Boedo, ¿conoce? Toda una casa para mí y mis bártulos. De mañana trabajaba en el piso de arriba, porque la luz llegaba a todos los rincones. De noche, en la planta baja. Hasta ahí yo era un pintor como cualquiera, vale decir que entre lo que soñaba y lo que pintaba había cien kilómetros de distancia. Con la diferencia de que yo me daba cuenta y me lo repetía todo el tiempo. Por eso llegó la noche en que me cansé. Me paré delante del bastidor y dije -le repito palabra por palabra- lo siguiente: si consigo poner el alma estricta de la verdad en el eje dinámico de la tela y, sólo en el lugar opuesto, puedo hacer visible el silencio ése que me viene cuando termino de trabajar y ya no se oyen ruidos afuera, en la calle, tengo el cuadro perfecto.

Decirle eso a una tela en blanco es provocar un duelo a muerte. No me entiende, no. Bueno: imagínese encerrado en un nido de ametralladoras, rodeado de tropas enemigas absoluta¬mente invisibles, imposibles de pintar. En esas condiciones, un franco¬tirador resuelto -no a morir como un héroe estúpido, sino a ganarle a lo irremediable- empieza a disparar en todas direcciones. Como guiado por un ángel oscuro. Y tranquilo, como un ciego que corre bajo la lluvia y se ríe como loco, ya del otro lado del peligro -exacto: trascendido. Así me tiene que imaginar. Cada palabra más alta que la anterior, atacando la tela a pinceladas crudas, difundiéndome sobre la tela como sobre una mujer infinita, insaciable. Pero entonces me di cuenta de las ratas de afuera, de que iban a entrar a devorar lo único verdadero que yo había conseguido. Tuve que apurarme mucho. Era cuestión de segundos, segundos de distracción, porque el hombre es una cosa que se acaba; pero no hablo de la muerte, hablo de la distracción. Basta de telas, dije. No alcanza con detener lo mejor de cada minuto del mundo en un cuadro. Empecé por atacar la pared de la ventana. La cubrí -tiene razón, la trascendí- de valles envueltos en la bruma y alerces bajo la lluvia. Me tuve que reír de felicidad. Y tenía motivos, o no. Miré el techo y dije: bueno, dejá de encarcelar el espacio y volvéte noche tormentosa a punto de limpiar el mundo. Y en seguida tronó, regido por mi pincel, mi mano, que eran una misma cosa; eran -preste atención- una vara recargada de divinidad, que lo paralizó de nubes púrpura y del color del granito. Basta de brevedad, también dicté. Y ya estaba más tranquilo, porque me sentía obvio de poder: era Dios estragando mi mundo, encastillándolo para mí. Aquietándolo. Porque lo que me pasaba, a mí que era pintor, era que todo lo que se me movía se me perdía para siempre. Y ustedes -anote esto- ustedes, las ratas de la calle, se han hecho el hábito de perder la vida todos los días. Y ni cuenta que se dan. ¿Conoce aquello de que ningún hombre se baña dos veces en el mismo río? El otro viejo, Heráclito, lo decía. Si usted es capaz de pintar ese río en un instante extremo, entonces puede bañarse todas las veces que quiera. Pero ni se entusiasme. Se paga caro. Oiga: después del techo, seguí con las ventanas. Les dije: ventanas falsas que se iluminan de día y se oscurecen mientras duermo, sean campos de trigo maduro y soles blancos.
Cuando terminé la planta alta, bajé y construí la otra parte. Al final, conseguí rodearme de todo: un parque que tenía una calesita cargada de risas silenciosas; un bosque tenebroso; mujeres bailando sobre las puertas.

Eso fue la primera semana, cuando descubrí que nada era cierto hasta que mis manos lo permanecieran para siempre. Miré lo hecho y vi que era bueno. Ya pasó el peligro, pensé. No tengo más miedo. El séptimo día, descansé. Me acomodé y dije: que nada venga, que nada se vaya. El mundo era inhóspito: ahora es cómodo y estricto. Caminando por los campos, mirando las casas, las otras puertas, que no se abren si están cerra¬das, ni se me cierran de golpe si las decidí abiertas, pensé: esta otra humanidad es feliz. Si alguien cantó de amor un día, va a seguir cantando siempre, la misma nota, la mejor; si un hombre pudo ser valiente una noche y morir por una idea, no termina de caer; goza para siempre de su mejor momento. Si una mujer de gestos mágicos vivió alguna vez con un pintor, no se fue, no se cansó, carajo, sino que lo está mirando desnuda desde la primera puerta.

Pero no hubo caso. El hombre se diferencia de los demás animales en que es el único que se distrae. Es eso. En el pueblo que fundé al fondo del pasillo, olvidé una puerta entornada, en la tercera casa. De ahí salió la sombra. O mejor dicho, la negrura. Se asomó apenas lo que dura un parpadeo, lo que dura un final de todo. Miró el cielo nublado, miró al hombre que canta, el camino de piedras.

No me costó decidir lo que tenía que hacer. Busqué mi pincel absoluto y cerré esa puerta. Después la lucha fue atroz. Todos los días una sombra nueva -la misma- se me aparecía detrás de una ventana, abría una puerta, jugaba con los chicos de la calesita y no me tenía ningún miedo.

Clausuré toda abertura posible; tapié las calles, levanté cortinas negras; pero ya no servía, porque iba ennegreciendo mi mundo. No me di cuenta hasta el final de que todo lo que hacía era colaborar con el enemigo. Me fue cercando y, en una corrida, perdí el pincel.

De golpe estuve ante la puerta de calle. Y todavía estaba ella, pero me duró poco el alivio de verla. En seguida descubrí que no estaba mirándome, como yo lo había dispuesto. Miraba, en cambio, algo detrás de mí: algo que se acercaba.

Entonces hice lo que no hubiera hecho ni en sueños: aferré el picaporte y abrí la puerta. En algún otro lugar, sin ningún apuro, me llevé las manos a la cara y me arranqué los ojos.

(Buenos Aires, 1983)

miércoles, 24 de junio de 2015

La casa del verano

No hables: nos quedamos acá. Es de noche y no hay otra mañana, pero estamos juntos, acostados juntos. Y está bien así. No hables: llamáme. No digas nada. Pero mi nombre, continuamente. Ahora está todo en orden. Tu pelo negro se extiende sobre mi pecho y me abriga. Descansemos, Laura: el trayecto es fatal, secretamente limpio y fatal, y duele tanto frío ahora. Vas a decir que estamos viejos y que no amamos lo suficiente, pero no, sos más precisa. Decís: la casa iba a ser blanca y con ventanas verdes. Iba a dar el sol todo el día y en invierno hubiéramos conocido la tibieza de la tarde y las reuniones alrededor del fuego. Primero, no llegaste a tiempo. Después, no llegaste.
Vos sabés que el tiempo para mí es casi intransitable, Laura. Cada año yo perdía un año y algunos días buscando una casa con ventanas verdes. No me creés.
Sí, te creo. Pero yo soy tu mujer y te esperé. Y ahora tengo frío.
Tenés frío, Laura, pero no hay nada que hacer. No amamos lo suficiente. Ahora tenés derecho a reírte así de mi nombre, de que mi nombre quiera decir "hombre del pueblo" y yo no haya sido más que –lo estás diciendo vos-: ratón de librería, hippie a destiempo, borracho sin guitarra. No te perdono; tengo frío. Entendámonos ahora, mi antiguo compañero, porque ya vienen a terminar con nosotros.
Laura, tonta, no terminan con nosotros, eso ya está hecho. Ya sé, te miro y veo tus ojos azules y huelo la tierra húmeda y te huelo, pero mañana.
Ya lo sé, no me lo digas. Lo sé, pero no lo digas. Somos viejos, y eso es lo que pasa. A mí me alcanza con eso. Dame la mano y callémonos. Todavía no te dije que te amo. Cantáme.
Y vos, Laura, empezás a cantar, acostada a mi lado, la vieja canción judía de cuando los judíos estaban en España, de cuando hacíamos el amor y en el corazón de la noche tu piel era la casa del verano:
A la una yo nací
A las dos me engrandecí
A las tres tenía amante
Y a las cuatro me casí.

(Buenos Aires, 1983)

jueves, 18 de junio de 2015

Judith

Judith es la que corre a abrir la puerta, porque fueron dos timbrazos largos y uno corto. Y eso que Susana, la hermana de Judith, la había dejado quedarse toda la tarde en el cuarto con ella y Carlos Diego, y Carlos Diego le enseñó a poner el disco en el tocadiscos nuevo -para nuestra futura casa, había dicho Carlos Diego mirando a Susana- y a apoyar la púa con todo cuidado porque son de záfiro, le dijo a Judith, y también, que gira a treinta y tres revoluciones por minuto pero que a él estos Beatles le parecen sinceramente unos atorrantes. Y Susana, entonces, le dijo que él era un antiguo, pero después se tuvo que callar, roja como un tomate, porque Judith preguntó que por qué gritan tanto si al principio estaban tan tranquilos, y ahí nomás aprovechó Carlos Diego para decir que viste, hasta tu hermana de diez años se da cuenta y que si quisieran, podrían hacer aceptable música melódica, pero no, ellos, claro: ellos se tienen que hacer los rockeros. Así que Judith, en cuanto sonó el timbre salió corriendo del cuarto y los dejó pelearse tranquilos; aparte, dos largos y uno corto clavado que era Yoyo. Porque en el verano, cuando Susana andaba con Yoyo, era mucho mejor que ahora. Estaban en Mar del Plata, era enero y nadie sabía cómo, pero él se había aparecido de improviso: estaba en el bulevar, apoyado contra un auto antiguo y cuando Susana lo vio, en seguida se le colgó del cuello y Judith vino corriendo y le preguntó por la guitarra. Entonces, Yoyo hizo un gesto como de prestidigitador con una mano, mientras metía la otra por la ventanilla del coche y sacaba la guitarra. Y el padre y la madre de Judith se habían quedado parados en la escalinata que daba al bulevar, mirando sin decir nada. Pero después, en el hotel, que cómo habrá hecho este malviviente para llegar hasta acá, que cómo, no le viste las caras a los muchachones que iban con él en ese carromato, y que salir de noche con ése, ni soñando, querida: mañana mismo nos mudamos a otra playa. Pero Yoyo y los muchachones tenían el coche, un Chevrolet 36 original pieza por pieza, decía Poco, el que siempre iba manejando. Así que a partir de ahí, las dos -porque Judith no quería perderse ni una escapada, aparte a Susana le venía bien de pantalla- se iban juntas a comprar barquillos, o a las duchas, o incluso al mar: era cosa de meterse por donde había más gente y perderse en la multitud hacia la izquierda o hacia la derecha para salir en seguida y correr al bulevar a donde estuviera el Chevrolet. Pero eso duró hasta el día que conocieron a Carlos Diego. Se había acercado a la sombrilla de ellos con otro señor que, en realidad, fue el único que habló, dijo: "cómo le va, Péres, qué dice la familia, le presento a mi hijo Carlos Diego", y el padre de Judith, que se había levantado en seguida de la reposera, se llevó la mano al cuello como buscándose algo que ajustar y cuando se dio cuenta que estaba en malla, se rió y le dio la mano y se ocupó de presentarle a toda la familia. A partir de ese día fue muy difícil encontrar huecos para acercarse al Chevrolet, porque este Carlos Diego, con su papá pegado y otros dos señores que nunca usaban malla, se aparecían todas las tardes y Susana tenía que ir con Carlos Diego a caminar por la orilla para conocerse un poco mejor. Después, al volver a Buenos Aires, como dos cuadras antes de llegar a casa, Judith descubrió el Chevrolet estacionado cerca de una esquina y se lo señaló a Susana; pero Susana le bajó la mano de un golpe y le hizo que no con la cabeza. Así que ahora, lo mejor que podía pasar era que volviera Yoyo. Judith se arrimó a la puerta y preguntó quién es, esperando que Yoyo se acordara de la consigna. "Yuyu, sono Yoyo", contestó la voz del otro lado de la puerta y Judith abrió en seguida. Pero Yoyo entró como una bala preguntando que dónde están esa puta y ese pituco de mierda y enfiló para el cuarto. A la altura del living, el padre de Judith lo paró en seco: pendejo atorrante, fuera de mi casa. Susana y Carlos Diego salieron del cuarto y cuando Susana lo vio a Yoyo, Judith pensó ahora se van a arreglar, pero Carlos Diego se metió: qué esperás para echarlo de acá, qué te le quedás mirando. Ahí todo el mundo empezó a gritar: que quién sos vos para darme órdenes, y quién va a ser, hijo de milicos, tenía que ser, vení para acá, basta que acá en mi casa no permito la violencia, usted déjeme a mí, suegro, que yo sé cómo hay que actuar con éstos, Judith, vení, vamos a la cocina que esta no es conversación para tu edad. Y la madre de Judith se la llevó a la cocina y se quedaron ahí sentadas en silencio, tratando de escuchar lo que decían en el living. Pero al rato, la madre de Judith no aguantó más y salió de la cocina gritando: toda una vida educándola. Judith abrió la heladera sin pensar en nada y sacó el tarro de dulce de leche. Antes, oyó que sonaba otra vez el timbre y por un momento todos se callaron. Pero entonces, más gritos y un ruido como de bolsa de papas que se cae al suelo, y ahí, Judith corrió al patio para mirar por la puerta de vidrio que comunicaba con el living. Después, la madre de Judith se puso a explicarle a Judith que nada de lo que había pasado tenía importancia y que Susana no se había ido, que estaba en lo de una amiga y que no, que esos dos señores que viste eran enfermeros y se lo estaban llevando a Yoyo al hospital, porque se descompuso de repente, pero que ella, Judith, no tenía que hablar de eso con nadie, ni en el colegio, ni en ninguna parte. Pero la madre de Judith también estaba llorando y se pegaba cachetazos en la cara para sacudirse las lágrimas. "A lo mejor esta noche misma ya está de vuelta", dijo de golpe y se fue a encerrar en su dormitorio.

(Buenos Aires, 1993)
Habíamos visto cómo la música reunía sobre el mar los otros mundos del mar. Dábamos vuelta el designio de un dios enemigo leyendo toda la noche en la playa hasta el amanecer. Vivíamos despiertos, como los asesinos. Éramos jóvenes. Y el cielo era azul.

sábado, 24 de agosto de 2013

Jueves 30

Fui a su casa y él me recibió con cariño: yo iba a registrar y a saquear. La casa: enorme, vacía, oscura, ahora abandonada en su mayor parte: ahí supimos vivir juntos. Quiero llevarme mis cosas: lo que haya. Sé que algunas hay. Sé que no tengo derecho. Sé que no me queda nada. Sé que me queda poco. Asecho mi oportunidad desde la impotencia. Camino con él por el salón enorme: en la pared cuelga un cuadro tapado por una cortina negra. No es bueno pero lo quise mucho. Es mío. Se entrevé la misma paleta blanca, negra y roja. No sé cómo robármelo. En la terraza, él sube la escalerita vertical que lleva al cuarto extra, el alto, el cálido. Allí fue donde más tiempo compartimos: dice. Imagino con deseo que hay todavía cosas mías: adentro. Se larga a llover. No puedo registrar y saquear. De vuelta en el salón, dice que va a ir a comprar algo: para que cenemos. Yo subiré al cuartito a registrar y saquear. Pero se arrepiente: llueve mucho ya, a cuarenta y cinco grados caen con violencia las gotas iluminadas como lanzas. Andá igual, que ya está aflojando: le digo. Que no: me dice. Me caigo muerto en un sillón negro y viejo. Le hablo del Hotel al que ya no puedo volver, donde también hay cosas mías que he perdido o que estoy perdiendo. Actúo que lloro y, además, lloro. Pienso que con él se puede, que siempre se pudo. Y que mucho no me importa: además. Entonces, hablo. Digo tonterías, como que no queda nada, que todo se va perdiendo: etc. Él se acerca, me palmea y me acaricia la espalda: me consuela, cree. Yo no: al mismo tiempo y en el mismo grado en que la desolación crece por dentro y me asfixia, crece y se infla por fuera mi histérica teatralidad. Y no lloro más. Cuando me despierto, estoy solo hecho un ovillo en el sillón. La casa está vacía: y saqueada.