La construcción
Ana Sofía Jemio, en varios de sus trabajos, toma los reglamentos internos militares de los sesentas y setentas como corpus de su investigación, y sobre esa base muestra cómo se ha ido construyendo la figura del enemigo interno. Según ella, en los sesenta se produce un cambio de enfoque respecto de lo que se conoce en terminología militar como hipótesis de conflicto. En el marco de la guerra fría, comenzaron a aparecer desde 1957 artículos en la Revista de la Escuela Superior de Guerra que fueron generando el abandono de la Doctrina de Defensa Nacional y el surgimiento de una nueva doctrina que, finalmente, terminó denominándose (aunque nunca apareció así explícitamente en los documentos militares) Doctrina de Seguridad Nacional (DSN). Esos artículos se apoyaban en la hipótesis de la guerra nuclear y en la de la amenaza global del comunismo internacional. Como es de suponer, la influencia fue en primer término norteamericana, pero en seguida también aparecieron textos referidos a lo que se denominaba guerra revolucionaria, cuya principal influencia fue de militares franceses. Hubo incluso viajes de militares argentinos a Francia para tomar cursos y visitas de militares franceses para darlos aquí.[1]
Esta
nueva doctrina tiene distintas fases en su confección, que Jemio estudia en
detalle. En un primer momento, se distinguió entre un enemigo insurreccional,
de carácter eminentemente local, y un enemigo “internacional”: el comunismo,
que amenazaba a todo el mundo “libre” occidental. El primer grupo, según la
DSN, solo buscaba obtener una mejora sustancial en sus condiciones de vida, por
medios ilegales; el segundo en cambio tenía por objetivo transformar
radicalmente el modo de vida occidental y cristiano. Pero siempre, en
cualquiera de los dos casos, el enemigo que las fuerzas armadas tenían que
enfrentar estaba ya en el interior, fronteras adentro: o bien estaba entre la
población infiltrado (según la segunda hipótesis, la del comunista militante,
etc.) o bien era parte de la población, según la primera hipótesis. Y, también
en cualquiera de los dos casos, solo ellos, los integrantes de las fuerzas
represivas, eran capaces, es decir, poseían el “saber” para distinguir al
subversivo del ciudadano común. Sin embargo desde 1975 los reglamentos
militares muestran una apropiación de estos conceptos y una significativa
unificación de ambas hipótesis y, más aun, una adaptación o metabolización
según propias necesidades (a las cuales volveré más adelante). Jemio lo señala
de este modo:
La mutación operada en la definición del enemigo interno
en los reglamentos de la década del setenta, que da lugar al llamado oponente
subversivo, es una creación propia de los militares argentinos en cuyas
definiciones puede rastrearse una fusión de ambos tipos de enemigos ya descritos.
Esta fusión […] no
es la mera suma de las partes sino que da como resultado algo nuevo.
Así
queda redirigida toda la atención, todos los recursos represivos (militares y
civiles), toda la capacidad de hacer la guerra, al interior de la propia
población y, mediante estos largos y cuidados reglamentos sucesivos, queda
autojustificada toda la represión y el terrorismo de Estado de esos años y los
posteriores. Pero además se trata de una apropiación de insumos completamente
localizada, por así decir:
En la concepción de la subversión, en cambio, la
ambigüedad del enemigo no radica tan solo en las “formas” en que actúa sino en
la definición misma de lo que el “enemigo es”. La definición de la figura de la
subversión involucra en ella a orientaciones político-ideológicas diversas y a
una noción de política ampliada que incluye aspectos del orden de la moral:
“implica la ‘acción de subvertir’, y esto es trastornar, revolver, destruir,
derribar (el orden), con sentido que hace más a lo moral” (Ejército
Argentino, 1977: IV, resaltado
en el original).
En la misma dirección, al caracterizar el tipo de
sociedad que busca construir, se refiere a una nueva forma basada en una escala
de valores diferentes. De este modo, la figura del enemigo no tiene ya una
apoyatura en alguna corriente político-ideológica que se autorreconoce como tal
sino que se construye a partir de una concepción ampliada de la política que
crea al grupo a partir de su definición.
Con
estos insumos, los terroristas de Estado de los setenta confeccionaron un
subversivo ad hoc: todos, cualquiera, hasta quienes ni siquiera tuvieran idea
de qué estaba pasando, eran pasibles de ser considerados subversivos, quedaban
disponibles, y su aniquilación pendiente estaba ya de antemano justificada.
Aquí
conviene traer un elemento que se mueve de manera latente bajo toda esta
dinámica: la construcción del sí mismo a partir de la construcción del Otro. En
el nivel de la fundamentación, Jemio ve claramente lo mismo:
Lo característico en esta construcción de “objeto”, es
decir, en la construcción de la figura del enemigo interno, es que ésta se
construye en base a una indeterminación estructural, una ambigüedad
en su definición, que implica de modo inherente un enemigo opaco, que no se
reconoce a primera vista, que es necesario “reconocerlo”, buscarlo y
encontrarlo dentro de la población. En este sentido, la figura del enemigo se
convierte en una figura axial que articula
la “necesidad” de control sobre los cuerpos de los enemigos con la
“necesidad” de control sobre las poblaciones de modo no solo coactivo sino
también positivo. Este enemigo así construido, en tanto no tiene límites
definidos ni es reconocible a primera vista, construye también una posición de
sujeto: al profesional de la guerra como aquel sujeto portador de un saber que
lo hace capaz de detectar el peligro allí donde otros no lo ven y lo convierte
en la autoridad legítima para combatirlo.
Y en
el nivel descriptivo, nos señala:
Sin
embargo, las rupturas que se han detectado en los modos de construcción del enemigo entre ambos cuerpos
doctrinales [Está comparando los reglamentos de los sesenta con los de los
setenta] dan cuenta de que estos procesos
de internacionalización no consisten en la adopción pasiva de doctrinas
elaboradas por potencias extranjeras sino que suponen un proceso de
reformulación de esos saberes en función del contexto sociohistórico local y la
experiencia adquirida por las fuerzas armadas en la persecución y represión del
movimiento popular.
Esta
reformulación de saberes a la que se refiere Jemio está sin duda exigida por la
experiencia adquirida, pero además el modo como se realiza da cuenta de un
proceso de apropiación. Y este proceso está guiado por una mentalidad. Dicho de
otra manera: exactamente desde el límite exterior que se autoimpone el texto de
Jemio (el contexto sociohistórico) es que nosotros estamos desarrollando este
trabajo. Este trabajo intenta echar luz, precisamente, sobre ese contexto, no
como tal, como contexto, como límite exterior, sino como matriz.
En
este sentido, la hipótesis del enemigo interno viene a encastrarse, a montarse
e hilvanarse en un tejido social y político que ya practicaba sistemáticamente
la sustitución y la desaparición, vale decir, la aniquilación de la diferencia,
el borramiento del otro y del Otro.
Conviene
entonces aclarar en qué sentido hablamos aquí de otro y Otro: si el otro, el
diferente, es tratado como un otro (asimilable), esto implica hacerlo valer
como insumo en la construcción de Mismidad: alimento caníbal del Sujeto
idéntico a sí mismo. Ahora bien, si el otro es un Otro radical, en principio la
tarea es su aniquilación total, la cual bloquea la posibilidad de comérselo, de
metabolizar sus rasgos en términos de enriquecimiento propio; pero esto no
impide que al mismo tiempo se opere una construcción de Mismidad por oposición.
Es decir que, en principio, conviene considerar este tratamiento de las
víctimas del terrorismo de Estado como integrantes de un Otro radical -sin
embargo en seguida veremos que esta categorización se desborda, se borra y se
ve superada dramáticamente en los casos de apropiación de bebés nacidos en
cautiverio.[2]
Mujeres
combatientes embarazadas
En
el marco del plan sistemático de detención ilegal, tortura y desaparición
forzada de personas que, como sabemos, llevó adelante la última dictadura
cívico-militar existió otro plan sistemático establecido ad hoc, diseñado para
mantener con vida a las mujeres desaparecidas embarazadas y hacerlas parir en
cautiverio, con el objetivo de apropiarse de sus bebés.
Tras
la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y la reanudación
de los juicios por crímenes de lesa humanidad, se consiguió unificar las
distintas causas que se habían llevado adelante en torno a la apropiación de
menores y se demostró, así, que existió un plan sistemático. La sentencia de
2012 sostiene que los hechos juzgados son “delitos de lesa humanidad,
implementados mediante una práctica sistemática y generalizada de sustracción,
retención y ocultamiento de menores de edad, haciendo incierta, alterando o
suprimiendo su identidad, en ocasión del secuestro, cautiverio, desaparición o
muerte de sus madres en el marco de un plan general de aniquilación que se
desplegó sobre parte de la población civil con el argumento de combatir la
subversión, implementando métodos de terrorismo de Estado durante los años 1976
a 1983 de la última dictadura militar”.
Se condenó a seis acusados, y la mayor condena fue para Videla, quien
recibió 50 años de prisión.
Ahora
bien, tanto durante los juicios del ‘85 como durante los de la década del 2000,
los acusados habían mantenido con rigor y “obediencia debida” un pacto de
silencio bastante eficiente. Sin embargo, el jefe, el responsable de esa cadena
de mandos inquebrantable, rompió ese pacto precisamente cuando lo la acusación
de sustraer bebés cayó sobre él. Puesto en blanco sobre negro, si la pregunta
tajante, aunque nada judicial en su forma, hubiera sido: ¿por qué organizó
usted el robo de bebés y la sustitución de sus identidades? la respuesta
claramente estaría en su propio alegato, que esta vez sí quiso pronunciar, y en
esta frase transparente:
“Usaron
a sus hijos embrionarios como escudos humanos al momento de operar como
combatientes”.
Esta
descripción, este modo de percibir a estas mujeres combatientes embarazadas,
merece ser considerado en detalle, en tanto resulta claro que éste es el punto
neurálgico, el núcleo del dolor ideológico de quienes llevaron adelante el
terrorismo de Estado: mujeres combatientes es, para ellos, un oxímoron. Pero
combatientes embarazadas ya es un escándalo oximorónico. Resulta desde todo
punto de vista intolerable: allí está el Otro radical, inasimilable,
invencible.
Estamos
hablando de todas minas que murieron por parir y parieron para morir. Vivieron
un poco más que el resto de las personas detenidas-desaparecidas gracias a su
condición de recipientes de “hijos embrionarios” y fueron asesinadas puntualmente
cuando esa función finalizó. Pero no es solo eso: el sintagma hijos embrionarios es una verdadera
amalgama de significados. En primer lugar, Videla habla así, y no habla de
fetos o de embriones, para señalar la propiedad exterior de los cuerpos de las
mujeres con fines reproductivos. Pero al mismo tiempo, mientras tanto, a la
hora de interrogarlas bajo tortura, las trataron como seres racionales y
peligrosos, en tanto capaces de proveer información inteligible y valiosa. Eran
entonces entidades completas, integrantes de ese cuerpo (ahora en sentido
colectivo) del Otro enemigo, ese Otro radical. Y esto era justamente lo peor. Y
en este sentido, no matarlas durante el embarazo, cuidarlas hasta que parieran,
aprovechar el fruto de sus vientres, no tuvo otro objetivo que resignificarlas:
fue más necesario todavía que con los varones hacer este trabajo. Era mucho más
aberrante el hecho de que una mujer, sagrado templo de producción de machos
argentinos, hubiese portado armas (porque, independientemente de si las
detenidas-desaparecidas pertenecían efectivamente o no a algún grupo armado, la
concepción paranoica de estos grupos de tareas veía a todo el mundo como
subversivo en el sentido que señala Jemio) y se hubiese atrevido a ser parte
integrante del cuerpo radical del Otro.
En
tercer lugar, la expresión “usaron a sus hijos embrionarios como escudos
humanos al momento de operar como combatientes”, dicha luego de negar
redondamente que haya habido plan sistemático alguno y ser desmentido por todos
los testimonios y todas las pruebas, expresa que no puede haber mayor horror,
mayor irregularidad. La existencia de un plan sistemático se debió a la
necesidad de poner orden en la zona de mayor desorden: en la zona de mayor
afección de la mentalidad compartida. Evidentemente, la protección de las
mujeres como reproductoras es el núcleo de “nuestra tradicional forma de vida”,
esa que en ese mismo alegato vuelve a invocar Videla como razón y causa de todo
su proceder.
Ahora
bien, ¿es una Otra? Es muy tentador escribirlo de ese modo. Pero no es posible:
dentro del marco de representaciones compartidas por estos sujetos, la mujer no
puede ser un igual, ni como aliada ni como enemiga. El Otro es varón. Y ese
varón ha fallado: ha permitido la existencia de mujeres combatientes, y no las
ha cuidado como corresponde a todo varón cristiano al permitirles combatir, y
encima hacerlo embarazadas. El desorden de las representaciones es total. Estas
mujeres combatientes embarazadas son la anomalía, la falla más doliente a
subsanar: son la grieta a sellar. Son la razón final de ser del terrorismo de
Estado y de todo el accionar de las fuerzas armadas y sus cómplices civiles.
Veámoslo
más en detalle. Siempre desde la concepción que explícitamente manifiestan
defender, y a cuyo frente se han autodesignado, una mujer no es dueña de su
cuerpo: no lo es antes de estar embarazada, y muchísimo menos estándolo, en
cuyo caso es su deber social y de género (ellos dicen “sexual”) tener ese bebé:
su cuerpo pertenece al afuera. Aquí se comprende mejor esa rara idea de “escudos
humanos”. ¿Cómo es que un embarazo incipiente puede servir de escudo, o sea, de
defensa en un combate? Solo si ese embarazo no es de ella (el Otro radical)
sino mío (el Mismo radical) y es sagrado para mí, que soy como varón-sujeto el
dueño y por tanto responsable de ese “hijo embrionario” y, lógicamente
entonces, no puedo disparar. De lo contrario, hubiera funcionado por igual para
la combatiente y para su embarazo la aniquilación total. Insisto una vez más en
llamar la atención sobre la expresión que usa Videla: “hijos embrionarios”. No
habla de fetos: “la vida del feto”, “un embarazo es una vida”, todos tópicos
bien conocidos en el largo y doloroso debate por la despenalización del aborto,
en el cual la posición de la Iglesia y los grupos que la rodean, entre ellos el
ejército, es bien conocida. No. Videla va más allá y directamente habla de
hijos embrionarios. Y esto es así porque desde su mirada lo imperdonable fue
usar sus hijos -esto es: los hijos de ellos, de los varones-señores-dueños de
facto del país- como escudos humanos -humanos ellos, los hijos, no ellas, las
madres-. Esto fue razón más que suficiente para intervenir -intervenir ellos,
los que saben distinguir lo normal de lo subversivo-, y salvar esas propiedades
humanas, y castigar y desaparecer luego a semejantes encarnaciones del mal.
Pero, aunque para ellos no haya sido posible ver una Otra sino siempre un Otro
radical, habrá un correlato en otras Otras: las Madres y las Abuelas, las
cuales ya no serán domeñables por el terrorismo de Estado.
Sin
embargo, sigue sin quedar claro en este análisis el tipo de otredad de que se
trata en torno a la apropiación y sustitución de identidades de los bebés
nacidos en cautiverio.
Al
igual que las generaciones fundadoras, que no dudaron en sustituir todo un
conjunto de etnias por otras traídas del continente civilizador, los
terroristas de Estado no dudaron en cuanto a la sustitución de identidad
biológica respecto de los bebés nacidos en cautiverio. Eran suyos desde el
momento en que sus madres los usaron como “escudos humanos”. Ellos los salvaron
de las garras del “terrorismo apátrida”. Sin embargo, lo llamativo es que
sabían que estaban cometiendo un delito: si no, no se explica la necesidad,
como venimos apuntando, de ocultarlo todo, de disimular, de tapar. Incluso
durante el juicio de 2012 siguieron negando -por boca de sus representantes
legales, claro- que hubiera habido un plan sistemático o que hubiese habido
apropiación y sustitución. Todo lo cual, como ya sugerí, queda desmentido por
el propio alegato final de Videla: si no había ocurrido nada de lo señalado por
la parte acusadora, si no hubo sustracción de menores de 10 años (así es la
figura penal), etc., ¿a qué viene ese alegato tan frondoso en
autojustificaciones?
Es
evidente que este juicio ha tocado una zona completamente ingobernable de la
mentalidad de los terroristas de Estado de la última dictadura. Y esta zona
puede hacerse un poco más inteligible si asociamos más íntimamente los dos tópicos
de que nos hemos ocupado: enemigo interno y mujeres combatientes embarazadas.
Nada más interno para la estructura burguesa androcéntrica que la
mujer-madre-esposa. Su lugar es dentro de la casa, dentro de la cama, dentro de
la cocina, y dentro de su vientre se anidan los machos del futuro y las hembras
paridoras de machos del futuro de la patria. A su vez, el concepto de enemigo
interno significó para las fuerzas armadas la venia para atacar a sus
semejantes, a sus iguales, a sus compatriotas. Ya vimos que el concepto de
enemigo interno, de la mano de los naturalizados golpes militares, sirvió como
pieza clave para la organización ideológica de la Doctrina de Seguridad
Nacional. Habilitada la noción de un enemigo interno, todos pasamos a ser
candidatos; una vez que la mirada del ejército dio un giro de 180 grados, desde
las fronteras exteriores al interior del país, todos pasamos a ser sospechosos
y sospechados, como bien describe Jemio. No se trató, en este sentido de ningún
error o exceso el hecho de secuestrar personas cuyos vínculos con
organizaciones armadas fuera extremadamente débil; al contrario:
En ningún caso la concepción del enemigo se reduce a las
expresiones armadas de los movimientos populares. Por el contrario, existe un
énfasis en señalar que esa reducción constituye un factor que lleva al fracaso
de las operaciones.
Ahora
bien, cuando los cuerpos vivos, concretos y materiales de este enemigo interno
en una sala de torturas o en un campo de detención patentizaron una y otra vez
una enemiga interna y, encima, al menos en unos quinientos casos conocidos,
embarazada, estallaron todas las categorías de estos terroristas de Estado. Fue
como si les invadieran la cama, donde esperaban sumisas (en sus
representaciones, claro) sus mujeres; como si aquel templo del patriarcado, el
cuerpo femenino, que debían proteger como su máximo bien, hubiese sido violado.
Un insulto de grado máximo a sus concepciones.
Y si
los terroristas de Estado efectivamente trataron a su enemigo interno como un
Otro radical, ¿cómo es que entró en su campo de opciones diseñar un plan
sistemático para no aniquilar a los hijos de ese Otro radical? El Otro radical,
al que como tal había que aniquilar por completo sin dejar rastros, de pronto
venía con un pan bajo el brazo: una anomalía insalvable. La lógica sustitutiva
desaparicionista hubiera dictado que los hijos de los y las subversivas debían
ser aniquilados también. Pero no: no ocurrió eso, sino que por el contrario se
estableció un plan sistemático de aniquilación
simbólica: se los tomó, se los robó, y se les cambió el estado civil (se
suprimió su estado civil, según la expresión jurídica). Dicho más nítidamente, se
conservó su entidad y se sustituyó su identidad.
Resulta
muy difícil de concebir cómo es que, por ejemplo en el caso en que los
apropiadores fueron los mismos integrantes, militares o civiles, del terrorismo
de Estado, pudieron mirar a esos chicos y chicas a los ojos como hijos
“propios”. Es preciso considerar cómo es que supusieron que, con solo fraguar
papeles falsos y, por supuesto, hacer desaparecer del mapa a los padres, podía
alcanzar para tener los hijos que ellos no podían tener. La situación, claro,
fue un poco diferente en muchos otros casos en que la Iglesia ofició de sombría
intermediaria y entregó los bebés apropiados a padres que no sabían su origen. Pero
podrían (y deberían) haber preguntado y podrían y deben haberlo sospechado.
Conviene
señalar, aunque sea obvio en el fondo, que existía la firme convicción de que
era posible una aniquilación simbólica de la identidad, en tanto no existía en
aquellos años algo como las pruebas de ADN y el índice de abuelidad. Estamos,
en este análisis, situados en una época en que la mera sustitución de papeles
se creyó suficiente para operar completamente (o para completar) esa
aniquilación de la identidad de los bebés apropiados.
Aquella
diferencia ontológica que encontrábamos en Otro y otro, aquí, a la vuelta de la
historia, encuentra una horrorosa clase de declinación en el modo en que se
llevó a cabo el plan sistemático de apropiación de bebés nacidos en cautiverio:
el Otro fue aniquilado, en términos de una (entonces creída como) definitiva
sustitución de identidades biológicas, y al mismo tiempo un otro (los bebés en
sí mismos, sus cuerpos, su entidad) fue asimilado: esos bebés fueron
incorporados como hijos “propios”, es decir, apropiados, metabolizados como
insumos recién nacidos. La condición de hijo apropiado, como luego pudimos ir
sabiendo a partir de los testimonios de los nietos recuperados, fue un producto
del borramiento de toda distinción incluso en la negación de la otredad: tanto
no sos, que sos lo que yo quiero, tanto sos mío, que tu entidad está disponible
(como estuvo la de todos en tanto eventuales subversivos) para dibujar, con
papeles estatales, sobre tu cuerpo la identidad que esta pura Mismidad decide,
sin rebordes.
El
desborde siempre se ha llevado bien con el barroco y con el gótico. Y el motivo
central de lo gótico es el del doble. Una mirada paranoica y sustituyente que
se redirige hacia adentro, unas fuerzas armadas que apuntan sus armas a la
población civil de su propio país, acepta o más bien pide a gritos ser
considerada como una figura gótica: puede plegarse sobre sí misma y atacarse a
sí misma porque está desdoblada, alienada de sí. El aislamiento histórico de
las fuerzas armadas respecto de la sociedad civil y el aislamiento también histórico
de la sociedad civil respecto del Estado, esta especie de esquizofrenia
política, fueron terreno feraz para sobrepasar los límites caníbales. Y, casi
sobrepasando los márgenes de la absoluta obviedad, puede decirse: esa mirada
que construyó un enemigo interno con materiales sociales propios era ella misma
y en primer lugar el enemigo interno.
* *
*
Damián Jorge Grimozzi
[1] Nombres de algunos jóvenes oficiales que leían esos
artículos y tomaban esos cursos: Videla, Bignone.
[2] Un desarrollo pormenorizado
de estas categorías se encuentra en nuestro texto Otro y otro en los textos fundadores del siglo XIX en Argentina: https://finzonaurbanizada.blogspot.com/2026/02/otro-y-otro-en-los-textos-fundadores.html