Pero es importante insistir en que aquello
que buscamos no está servido en las letras, y no tiene por qué estarlo, ni
tampoco tiene por qué ninguna de estas letras tener esta única lectura que le
estamos dando. Aunque sea un obviedad decirlo, conviene insistir en que toda la
polisemia, todo el conjunto de otras significaciones, siempre abiertas, de
estas letras sigue estando ahí, sigue dependiendo de las distintas recepciones
que tenga, y no es negado por las interpretaciones que estamos dando. Aquí
solamente estamos tomando lo que nos resulta significativo para visibilizar las
representaciones socialmente compartidas del período. No estamos fijando o
cerrando sentidos.
Con más razón entonces, conviene considerar
cómo los cuatro tópicos que estamos investigando: valor de la vida, violencia,
horizonte de cambio inminente, elitismo, estarán -los que estén- “atrapados” en
esta red de preguntas y respuestas que sí está en las canciones como central.
De modo que el análisis tiene que prestar atención a todo, y desbrozar,
desagregar de a poco lo que interesa.
Y ¿por qué estas canciones poseen
centralmente un esquema de preguntas y respuestas? Podrían narrar historias,
como “La chica de la boutique”, un tema exitosísimo de Heleno de los mismos
años. Pero en este tema y muchos otros similares del incipiente pop local no se
buscaba dar ideas (aunque estén presentes, como lo están en todos lados),
mientras que la música de rock o progresiva consistía, entre otras cosas, en
plantearse problemas y dar ideas. De hecho, mostrarse como pensantes era una
forma de distinguirse de la música en ese entonces denominada por nosotros (por
nuestra generación) “comercial”.
Un ejemplo de conflicto existencial/conflicto
social urbano con respuesta existencial es “A estos hombres tristes”, del
primer disco de Almendra:
Salva tu piel, la ciudad te llevó el verano.
Ponte color, que al morir los hombres son blancos
más blancos
que al volar sin volver,
sin volver, que al volar sin volver.
Tú tienes pies y tienes manos
pero no se ven.
Si tus pies hoy nacieron viento
déjalos correr.
Y si tus manos con las plantas,
déjalas crecer.
Vive de azul, porque azul
no tienes domingos […]
Cuánta ciudad, cuánta sed
y tú un hombre solo.
Ejemplo de pregunta por conflicto social
urbano y respuesta política/bucólica es “Violencia en el parque”, como vimos.
Pero también, más adelante en 1976 ya, Aquelarre deja de lado la respuesta
política y, para el conflicto existencial (que para los oyentes de sus trabajos
anteriores estaba identificado totalmente con el conflicto social) da una
respuesta directamente bucólica y ahora intimista en “Savia de los aromos”:
Junta piedras, llévalas a algún lugar natural
Sigue al río si es que está llegando al mar
Ella vivió tan sola, tan loca.
En el monte muéstrale su libertad de dolor
y en la siesta trata de escuchar su voz
Ella vivió tan sola, tan loca
Savia de los aromos
denle su ser, su mar
En cambio Spinetta a partir de 1975 y 1976 ya
está buscando de manera muy clara la respuesta mística, tanto para el conflicto
social como para el conflicto existencial, como en “Durazno sangrando”:
Temprano el durazno,
del árbol cayó.
Su piel era rosa,
dorado del sol.
Y al verse en la suerte
de todo frutal,
a orillas de un río
su fe lo hizo llegar.
Dicen que en este valle
los duraznos son de los duendes.
Pasó cierto tiempo
en el mismo lugar
hasta que un buen día
se puso a escuchar
una melodía muy triste del sur
que así le lloraba
desde su interior:
Quien canta es tu carozo,
pues tu cuerpo al fin
tiene un alma.
Y si tu ser estalla
será un corazón
el que sangre.
Y la canción que escuchas
tu cuerpo abrirá
con el alba.
La brisa de enero
a la orilla llegó
la noche del tiempo
sus horas cumplió.
Y al llegar el alba
el carozo cantó,
partiendo al durazno,
que al río cayó.
Y el durazno partido
ya sangrando está
bajo el agua.
Si tu ser estalla será un corazón el que sangre es una interesante declinación del tópico 1, el valor de la vida, aquí en
clave mística: sigue siendo la vida una ofrenda, algo a quemar en busca de un destino mejor, diferente, especial.
En clave amorosa, esta entrega de la vida
estaba mucho más sencillamente expresada por Edelmiro Molinari en el tema “Mestizo”,
que apareció también en Almendra, en 1970:
No te puedo hacer distancia
ni carne bajo mi piel,
dar vueltas sobre tu centro
o explotar con él.
Solo me queda
quebrar las viejas hojas secas
con mis pies,
bailando porque soy mestizo.
No puedo acercarme al sol
para pedirte,
porque él secará mi sangre
y eso no podrá ser
porque soy, porque soy mestizo.
Y tras un breve pero
desaforado solo de guitarra, toma una decisión violenta y sacrificial:
Voy al sol
y cuando esté seco
iré como polvo por el aire hasta vos,
porque soy mestizo, mestizo, mestizo.
Igualmente, pero en clave política, Del
Guercio cantaba en el primer disco de Aquelarre, de 1972:
Traigan el cuerpo de carbón
que vamos a empezar
las cosas del revés
yo seré el animal, vos serás mi dueño
Encontramos así el primero de los tópicos que
necesitábamos, declinado según tres universos discursivos o simbólicos
diferentes. Y hay más sobre el tópico 1. Habíamos sugerido que la
vida no era vista como valiosa en sí misma, y más aun, que el sacrificio de la
vida o el poner la vida en riesgo eran elementos que aportaban valor a una
causa o metáfora a seguir. En esta dirección, estos autores celebran la vida en
clave, también, juvenil y juvenilista, es decir, la critican y desvalorizan si
no es suficientemente intensa:
Somos
seres humanos,
sin
saber lo que es hoy un ser humano…
Vida
y sangre sin ardor…
(Almendra, Color Humano)
Aquí sí hay un diálogo con un discurso
anterior. Si algo caracteriza a la actividad intelectual de los años sesenta es
cierta crítica a la mediocridad y monotonía de las clases medias. La fuente de
material sensible, en este caso, es la
enorme cantidad de novelas, cuentos y obras de teatro (las más emblemáticas: Nuestro fin de semana, de Tito Cossa, y la película La
fiaca, de Fernando Ayala, protagonizada por Norman Briski), cuyos argumentos consistían en mostrar una situación
cotidiana inicial, un evento que parecía venir a modificar esa situación, y un
final en que todo vuelve a ser exactamente como antes, excepto que los
personajes, en general, se sienten aun más aplastados por esa imposibilidad de
cambiar nada o de que nada cambie. Los setenta están en las antípodas, en este
sentido: es la década en la que absolutamente todos creían que absolutamente
todo estaba por cambiar de modo inmediato e inevitable.
Ahora bien, volviendo a los tópicos de los
primeros setenta, hay una especial intensidad en cuanto a la combinación de todos
ellos en la letra de “Camino difícil”, de Del Guercio para Almendra en 1970:

Esta noche se ve más atrás:
mis gritos, tus flores y la libertad.
¿No ves que el tiempo se quedó a vivir?
Compañero, toma mi fusil.
Ve, y abraza a tu general.
¿No ves que el tiempo se quedo a vivir?
Ven al campo, mírate crecer
mira el agua, ¿ves qué clara está?
¿No ves que el tiempo se quedó a vivir?
¿Qué es lo que se ve más atrás? La historia, que en política vale. Lo corrobora el
estribillo: ¿no ves que el tiempo se
quedó a vivir? como forma de expresar que hay un proceso deseado que está
teniendo lugar. Y ese proceso social, político, es armado. No solo eso: yo, el
narrador vanguardista, soy quien te da el arma: compañero, toma mi fusil, ve y abraza a tu general. Estoy tomando
la frase literalmente; no la estoy considerando metáfora porque creo que no lo
es. No encuentro de qué podría ser metáfora. Ahora bien, ir al campo a verse crecer es, nuevamente, encontrar la identidad
en lo natural, e identificar lo natural con la política revolucionaria, en este
juego de fusión, de amalgama del abanico de imágenes hippie y el conjunto de representaciones
políticas que iban adoptando los integrantes de esta generación.
Claro, respecto de algunos de ellos se sabe
por su testimonio de su adscripción al peronismo de izquierda de los setenta.
Más interesante es entonces el hecho de que también Spinetta, que no manifestó
en esos años adscripción política alguna, se viera necesitado de decir en 1975,
en vivo, en un programa de televisión,
lo siguiente:
“El tema que hicimos recién es ‘Lo que nos
ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo’ y ahora vamos a tocar
‘Jugo de Lúcuma’. Pero antes quería decir que este pequeño concierto se lo
dedicamos a todos los marginados y alienados del mundo. Porque cada día más se
comprueba que van a ser ellos los que van a regir la razón humana”.
Parte de la letra de ese famoso tema dice:
Hay un camino que nace de tu imagen,
al que es muy fácil llegar.
Solo es preciso el brillo de los ojos
para encontrar un alma.
Lo que no resisto
es la conciencia,
es la abuela que
regula el mundo.
La lucha contra una conciencia
moral represora, encarnada en una persona de mucha edad, no puede ser más
clara: es una lucha generacional, en plenos años de revolución sexual, además.
Porque esta letra, este tema, habla de una relación amorosa, y es en ese
contexto que se plantea la liberación respecto de una conciencia represora. Por
eso la asociación que hace el propio Spinetta es aun más atractiva como
material sensible: acaban de tocar el tema, y él siente que hay una asociación
directa con la lucha de los marginados y los alienados del mundo, y lo
manifiesta con la elocuencia exacerbada que siempre tuvo. Pero además, la
canción, leída en frío y hoy, notablemente no se refiere a nada de eso. Más
aun, Invisible no era un grupo que se caracterizara por tratar de plasmar en
clave de rock una posición política, ni tampoco se proponía llamar a la lucha
política, como sí lo hacía Aquelarre. Sin embargo -aquí vuelvo con toda
necesidad al testimonio personal-, todos mis compañeros de secundaria y yo
mismo interpretábamos esa canción como aludiendo a todos los poderes represores del mundo, y no solo en lo relativo a
la moral sexual. Y yo en particular al menos no tuve conocimiento de las
declaraciones de Spinetta en ese programa hasta hace un par de años, cuando buscaba
materiales en crudo para esta investigación, y me encontré con este registro de
audio.
Creo que el tópico 3, el clima
general de cambio inminente y drástico, es lo que aquí hay que traer a
colación. Tan fuerte era ese viento de cambio que no había quien no sintiera
que sería llevado por él; no había quien no creyera que estaba por producirse
inevitablemente. La frase de Spinetta es sensible a esa representación
socialmente compartida. Y este fragmento de otro tema de Invisible, pero de dos
años antes es muy sugerente:
Hijos, amigos, vengan,
suyo es
el fruto que olvidaron en el árbol
(miedo)
Lo que está y no se usa nos fulminará.
(“Elementales leches”, Invisible, 1974)
A riesgo de cometer un exceso
interpretativo, estos hijos, amigos,
que son convocados y que olvidaron un
fruto en el árbol (símbolo de la verdad y de lo progresivo) que les pertenece
no pueden ser, a mi juicio, sino los miembros de la generación joven, que es
convocada a tomar lo que es suyo, a hacer uso del presente y de lo que hay,
tanto en términos materiales como políticos y espirituales, porque son tiempos
de cambios drásticos, de vientos que arrasan con todo, tanto que lo que no usemos nos fulminará, una idea
tan vertiginosa como setentista.
El tópico 3, que podría resumirse
como todo está por cambiar, cuenta
con una considerable cadena de canciones:
De Almendra: “Toma el tren hacia
el sur”, “A estos hombres tristes”, “Mestizo”, “Hermano Perro”, “Camino difícil”,
“Rutas argentinas”; “Para ir”. De Aquelarre: “Yo seré el animal, tú serás mi
dueño”, “Movimiento”, “Cruzando la calle”, “Hermana vereda”, “Miren a este
imbécil”, “Parte del día”, “Brumas en la bruma”, “Milagro de pueblo”, “Violencia
en el parque”.
De Spinetta en Artaud: “Cantata de puentes amarillos”.
De Invisible: “Elementales leches”,
“La llave del mandala”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que
regula el mundo”, “Durazno sangrando”.
Ahora bien, a partir de los años
1975 y 1976 el envión de cambio visiblemente se detiene en los contenidos de
las letras de todos. Es decir que el momento en que el cambio se oculta en el
horizonte de posibilidades tiene un registro musical preciso. Es más, las
reflexiones son sombrías, a veces trágicas o desesperanzadas. En su último
disco, Siesta, de 1975, tras el cual
se exilian, los Aquelarre cantan:
“Árboles
caídos para siempre”
Una vez que estalló
La hermosa catedral
La gente se agitaba en las veredas
Y fue así que al pasar
Tarde ese dolor
Siguieron trabajando hacia la guerra
Entonces fueron muchos más
Los árboles caídos para siempre
Y en la piel del pasado
Se ha visto proyectar
El miedo en las esquinas de la tierra
[…]
Esta historia nos prolongará
Medio heridos medio tontos
A la espera, en el fuego
Y el ya citado “Savia de los aromos”:
Junta piedras, llévalas a
algún lugar natural
Sigue al río si es que está
llegando al mar
Ella vivió tan sola, tan
loca.
En el monte muéstrale su
libertad de dolor
y en la siesta trata de
escuchar su voz
Ella vivió tan sola, tan
loca
Savia de los aromos
denle su ser su mar
Sobre este tema conviene
hacer una inflexión: en su momento, esta y otras letras similares cayeron muy
mal en mi generación. El mismo narrador que nos había dicho pocos años antes: tu hermano se muere, mi hermano no podrá
esperar, el mismo que llamaba a tomar las armas, a juntarnos en la plaza, a
cederle el poder al pueblo (“Yo seré el animal, vos serás mi dueño”), ahora nos
decía que la guerra nos deja heridos y tontos y que arder en el fuego ya no tenía
un significado positivo. Y encima nos aconseja que juntemos piedras y nos
retiremos a la fuente de lo verdadero puro (lugar
natural) en soledad o en pareja. Aparentemente, esa voz querida y seguida no
se hacía cargo del cambio de códigos. Sin embargo, cuando estrenaron Siesta, Del Guercio introdujo la canción
“Pájaro de la locura” diciéndonos: “Este tema lo escribimos especialmente
pensando en ustedes”. El tema dice de manera transparente: “No camines en el
vacío, que nadie vendrá por vos; unos segundos estás aquí, y no los podés vivir”.
Yo lo leí como retirada, como encierro en lo individual o personal. Pero
probablemente ellos, más atentos y conscientes respecto de todo el contexto
político, estaban tratando de cuidarnos: nos aconsejaban, sabiendo que tenían
influencia sobre los más jóvenes, que nos guardáramos; ellos, mientras tanto,
iban a emigrar, tanto como para no ser chupados como para encontrar en esa
cerrazón un refugio contra la dictadura. Pero, al menos por mi parte, recién hice
esta posible segunda lectura ahora, bien entrado el siglo XXI, y cuando estoy
(y seguramente solo porque estoy)
escribiendo sobre aquel período. La anécdota no importa. Lo que sí importa es hurgar
en ella para extraer una cierta imagen de las representaciones en juego: muy
posiblemente yo también, a pesar de mi adolescer, haya estado subido a ese río
de cambio vertiginoso, sacrificio y violencia, y no podía escuchar o no me era
perceptible un mensaje de cuidado, de encierro y de prudencia. También quizás
por esto no acepté ni aceptamos el cambio de estilo y de contenidos en la
producción de Spinetta a partir del 77, y que en seguida quiero considerar.
Sin embargo, un poco antes, en el último disco de Invisible, El jardín de los presentes, de 1976, Spinetta ya parece haber
pasado del otro lado de esta aceleración setentista; parece haber ya vuelto,
mientras todos todavía iban, cuando canta:
Una palabra,
dame una palabra
Solo una palabra.
dame suave brisa,
brisa de la playa.
Dame una palabra
Doscientos años:
¿de qué sirvió
haber cruzado a nado la mar?
Una palabra,
solo una palabra...
dame la brisa,
dame toda brisa...
suave junco,
junco de la orilla...
Empieza a ser visible que no
solamente podemos identificar estos tres tópicos en las letras del primer rock:
cambio, sacrificio y violencia, sino que existe una decisiva vinculación
interna entre los tres. El cambio drástico involucra violencia, pero no como la
entendemos ahora. Y si de violencia se trata, el sacrificio es la acción
violenta y necesaria que trae el cambio, al mismo tiempo que el estado de
cambio total importa violencia y naturaliza el sacrificio.
En términos vivenciales, lo que
se percibía era una urgencia. Una urgencia política y existencial. Aquelarre,
en Candiles, su tercer disco,
comienza con el tema “Cruzando la calle”, que expresa muy bien este clima:
La ventana tiene un aspecto muy normal,
pero cada día sentimos que se agita más.
Cruzando la calle, cruzando la puerta de tu hogar,
tu hermano se muere, mi hermano no podrá esperar.
[…]
América vibra, mi mente quiere libertad,
la muerte te ronda, la muerte nos quiere ganar.
La ventana que parece muy normal,
esto es, que no muestra del otro lado, del lado público, ningún conflicto
social violento, remite a ese estado de cosas remanente al que hacíamos alusión:
el de la invencible y aplastante chatura de la vida de la clase media durante
la década anterior.
Ahora bien, este remanente
expresado por esta ventana que parece muy normal tenía su peso todavía: para
producir el cambio había que agitar la
ventana cada día más, romper las paredes de la pequeñoburguesía. Y la
urgencia para hacerlo es política y existencial a la vez: tu hermano, mi
hermano, o sea, el otro, se muere ya. Y esta transformación es de
alcance americano, o sea, latinoamericano.
Las últimas dos líneas de la
canción son muy pertinentes para lo que estamos considerando aquí: la muerte te ronda, la muerte nos quiere
ganar. Podemos suponer que están pensando solamente en preservar la vida, o
incluso se puede objetar que estas líneas contradicen el tópico 1. Pero estamos
en el año 1973, de modo que más bien conviene considerarlo exactamente al
revés: la muerte de la primera línea es la que la opresión política amenaza con
producir, o está produciendo; la muerte de la segunda línea es metáfora de la
quietud, de la inacción frente al poder, y está en línea con la metáfora de la
primera línea: muerte que me gana = ventana quieta, y con otras metáforas
similares de los tres primeros discos de Aquelarre (en “Movimiento”, un tema
del primer disco, González Neira cantaba: “Un amigo [luego, un hermano] quiere
llevar / el paso lento y la mano atrás”). Y frente a ambas muertes, justamente
en tanto son muertes, solo cabe una respuesta eficaz: el sacrificio inmediato.
Ahora bien, ciertos conceptos son
más difíciles de ver en su lugar: en su momento. Hay algunas situaciones a las
que varias canciones aluden que hoy consideraríamos violencia, y evidentemente
en esos años no eran escuchadas de ese modo. Por ejemplo, “Me gusta ese tajo” y
“Nena boba”, dos temas de Pescado Rabioso.
Me
gusta ese tajo que ayer conocí
Ya
me calienta, la quiero invitar a dormir
Con
sus lindas piernas ella me hace pensar
Que
debo destruir la mierda de esta ciudad
Me
gusta ese tajo que ayer conocí
Ya
me calienta, la quiero invitar a dormir
Hay para nosotros, hoy, violencia en designar
a una mujer por su vagina y con una palabra que a su vez remite a un acto
violento: tajo. Hay también violencia
directa en la frase: destruir la mierda
de esta ciudad. Pero mis propias vivencias de época me recuerdan que esta
canción era muy apreciada incluso por las mujeres en esos años; y, sobre todo, que
la agresividad era decodificada como sinceridad: y eso era vivido como
necesario frente a un mundo de eufemismos en torno a la sexualidad, tanto en
los medios de comunicación como en el trato social en general.
Por otro lado, resulta inevitable señalar,
nuevamente, cómo se parte de una situación de atracción sexual para deducir
inmediatamente de ahí una acción social-política. Las piernas de ella invitan a
destruir lo negativo de la ciudad capital de un país. Solamente un estado de
cosas acelerado y una creencia generalizada en el cambio inminente puede llevar
a escribir esas líneas.
Bastante distinto es el análisis que podemos
hacer de “Nena boba”:
Nena boba,
no sabes bailar.
Nena boba,
no sabes amar.
Yo te chisto,
te quiero seguir,
y vos me respondés:
"Esto no es para mí"
Entonces quiero
cortarme las venas, sí.
Tal vez tomaste
demasiado mucho sol
en la arena.
Yo te entrego mi rosa más negra
Pero nena boba
era verde turquesa.
Yo ya no quiero
perderme en abismos.
Al fin y al cabo con las bobas
siempre pasa lo mismo.
Subite a mi tren,
nena boba.
Aquí se trata lisa y llanamente de machismo.
Mi registro personal e intersubjetivo es que se justificaba este tema en base a
que se refería a las chetas: tomaste
demasiado sol en la arena, color verde
turquesa, el no saber amar como
sinónimo de no estar liberada sexualmente, todos elementos que remitían a un
grupo social supuestamente en las antípodas del nuestro (los rockeros). Pero
todos estos elementos caen cuando se sigue la letra con más atención: yo te chisto, te quiero seguir, ella lo
rechaza y el narrador, en realidad por el hecho de ser rechazado, la está
tratando de nena boba. Finalmente, le
ofrece subirse a su tren, para la
época, una neta alusión sexual; pero esta invitación, o más bien exigencia, dirigida
a alguien despreciable por su pertenencia social, no es coherente con el
desprecio anterior, salvo que se interprete como amenaza de violencia sexual.
Es una canción que, hoy por hoy, calificaríamos como conteniendo violencia de
género. La pregunta, en este contexto, es qué significaba en esos años. Ya
sabemos que si transplantamos significados de una época a otra no vemos lo que
pasaba. Era también violencia, sin duda; pero la violencia, en los términos en
que era entendida, estaba legitimada. Conviene entonces seguir investigando qué
quería decir violencia.
El tema de Aquelarre “Miren a este imbécil”,
que abría el lado B de ese mismo álbum, Candiles,
describe una situación de violencia social o política:
Miren a este imbécil:
cómo se sacrifica
creyendo que estoy muerto.
Corre el bosque,
corre al río,
para verme sufrir.
¿De qué
vereda vienes?
Creo que no te encuentro
presiento los caminos
pero hay caras que se cierran
a querer compartir
Miren a este imbécil
como se justifica
el miedo que me tiene
mata hermanos
en la casa
donde debe vivir
El tema es del ’73: ya había
ocurrido la masacre de Ezeiza, y es muy verosímil pensar que este imbécil que mata hermanos donde debe vivir no sea otro que un integrante de la
derecha armada del peronismo. En todo caso, es la contrafigura de quienes
luchan por compartir en la casa donde deben vivir. Y el estar muerto de la primera estrofa está
en la misma clave que la muerte de “Cruzando la calle”: puede ser leído y fue
leído por nosotros con toda claridad como un estado de incapacidad de respuesta
social y política.
Sin embargo, el elemento de época
más rico, a mi juicio, que podemos considerar para tratar de pensar la
violencia en contexto es un registro
de audio existente de un concierto que dio Spinetta, donde estrenó varios temas
de su disco Artaud, el 23 y el 27 de
octubre de 1973 en el teatro Astral.
El primero de estos conciertos fue muy confuso y agresivo de parte del público
y de parte del propio Spinetta, y es por eso mismo el más interesante de los
dos, y el que transcribí para este trabajo. Lo que sigue son los fragmentos que
más interesan para lo que tenemos que considerar:
Spinetta - …es para ese público que me quiere (alguien grita algo) y que no
siempre es el público que dice tonterías en los recitales (aplausos) que hicimos esto [se refiere a unos
materiales en video sobre Artaud que había presentado antes de tocar]. Ahora, esto no significa que ustedes tengan
que hacer algo equivalente por mí. Creo que ustedes hacen mucho más por mí que
lo que yo hago por ustedes. Y de ahí resulta todo.
[Canta “Me gusta ese
tajo”, y es muy aplaudido. Luego comienza otro tema y los comentarios, gritos y
risas de la gente le impiden seguir. Entonces, interrumpe y dice:].
Spinetta - Este es un público muy efusivo. Quién sabe
si, por darles más, no debería haber traído a Karadagian y su troupe.
[Alguien grita]
Spinetta - ¡Qué
bocina! Si cantás blues, podés llegar a Chicago [pausa]. No sé si esto [en
referencia a lo que está tocando] les
gusta. Si no, no me interesa.
Público – ¡Cortála! ¡Cortála!
Spinetta - Sí, yo la corto en seguida: cuando termina
el recital, paro. No es que yo esté en contra de lo que ustedes dicen, sino que
no suena claro desde allá. Si por lo menos, dijeran: “Luis, andá a la mierda…”
Público – Luis, cortála.
Spinetta – No, no la voy a cortar. La voy a cortar
cuando me vaya [Siguen gritándole cosas ininteligibles en el audio.] En cualquier momento tienen que tirar algo,
eh. Estoy esperando eso. [Pone voz de vieja, quizás de “abuela que regula
el mundo”, y hace el siguiente chiste:] ¿Y
así es como los jóvenes hippies se divierten? [risas y aplausos] El tema que acabo de tocar se llama “Ella
flota por mí”, y es de David Lebón y de Spinetta.
Alguien del público - ¿Quién es Spinetta, loco?
Spinetta – Eso estoy tratando de averiguarlo. El día
que lo sepa no voy a tener ningún problema más, ni siquiera de dinero. Ahora
voy a cantar una canción que quiero mucho. Quiero que presten mucha atención a
la letra; y que los tontos, que no son ninguno de ustedes…[larga pausa, en que nadie dice nada],
los tontos que piensan que un mensaje debe paralizarse en el momento en que se
dice, y no debe producir cierta y determinada fusión en la energía que lo puede
reproducir, lo puede aceptar…
Alguien – [estás diciendo] Cualquier cosa.
Spinetta - Exactamente: los tontos que piensan
cualquier cosa...
Otro, desde el fondo - ¡Andá a la concha de tu madre!
Spinetta – Exactamente. Ese tipo de violencia es la
que yo quiero que se geste en ustedes. Por supuesto, en algunos adquiere
unas características de brutalidad, y en otros de dulzura y de madurez [mucha gente aplaude]. Aquellos
que pretendieron codificar un lenguaje y dejarlo siempre en un mismo lugar, y
por lo tanto pusieron ahí una especie de nombre, de código, es el momento de
que escuchen esta letra y comprendan lo que quiere decir. [Siguen
gritándole agresiones y él comienza con mucho énfasis y agresividad a cantar “A
estos hombres tristes”. Toda la canción está cantada con agresividad. Termina y
sigue hablándole al público:] Todo lo
que está sucediendo, hasta el momento, me parece genial porque no hay ningún
tipo de represión entre el público y yo y entre yo y el público. Eso es
evidente.
Alguien del público - Te amo.
Spinetta - Yo también. Me alegro de que nos amemos…Pero
no mucho porque después del amor existe una especie de abigarramiento. Ahora,
si es amor puro, continúa in eternum [Sic].
Alguien del público [con fastidio] - Che, Luis…
Spinetta [no hace caso] – Voy a decir un par de cosas. Al que le
guste bien, y al que no, que se vaya. Quiero hacer una diferencia que me viene
rondando en el bocho desde que empecé a escribir música. Nosotros, me refiero a
los grupos de rock and roll, entre los cuales me incluyo a pesar de tener esta
pequeña sesión solista con ustedes, nunca pudimos, por lo menos los músicos
auténticos, eliminar el folclore de nuestra música. Aparte, haberlo intentado
hubiese resultado en un desmembramiento, o una pelota de ruido. No porque el
folclore no tenga violencia, o no tenga ruido de la tierra. Sino
porque, justamente, el folclore es eso que puede crecer en uno y uno lo puede
descubrir en cualquier momento de su vida, esté en la velocidad en que esté. Y
eso es lo importante. Yo quería hacer las siguientes diferencias entre lo que
se considera folclore como la música de los indígenas propiamente dichos, una
música que no tiene autores ni compositores sino que es anónima. Luego está la
música folclórica, que es todo lo que podemos reproducir nosotros en base a esa
música indígena. Y después está la proyección folclórica, que es una especie de
mezcla de música folclórica con todos los aditamentos de la música
internacional -que es internacional para los que pueden distinguir todavía
naciones, en vez de continentes o masas de tierra contadas-. Justamente desde
hace un tiempo hay cierta música de proyección folclórica cuyos intérpretes
quieren hacerla funcionar como una música nueva, es más, como una música de
salvación; o sea, pretenden edificar un nuevo lenguaje a partir de la
proyección folclórica, haciendo una ensalada rusa entre lo que es el folclore
nativo, la música folclórica, y después agregándole guitarrita eléctrica,
distorsionador.
Yo, personalmente, la virtud de ser salvadora se la
atribuyo al folclore de los indígenas; al folclore que carece de autores
y que está en la tierra. A lo demás, lo considero música folclórica y, al
margen de que me guste o no me guste, no me parece que sea de liberación, salvo
en muy pocos casos. Justamente, voy a hacer una zamba. Y ojo que yo la compuse
a los trece años. Y no me interesa que se burlen de esta zamba. [Toca “Barro tal vez”] [El
subrayado es mío].
Por supuesto el audio continúa. Pero
hasta aquí hay para señalar muy ricos elementos. En primer lugar, el término violencia es utilizado por Spinetta como
un término de uso corriente y cotidiano. Pero además, sobre todo si se escucha
el audio, se percibe (a pesar de la mala calidad de la grabación) que el clima
de agresiones mutuas, entre el público y él y entre los integrantes del público
entre sí, es también vivido como normal o, en términos de hoy, como
naturalizado.
En segundo lugar, Spinetta usa
dos veces el término violencia, y lo
hace en público, de modo que sabe que será entendido -quiero decir, no es un
uso idioléctico que esté performativizando (aunque esto no era rara en él) sino
un uso socialmente aceptado y compartido-. En ambos usos, el sentido que le da
podría definirse como energía extrema o energía pura. Hay violencia en un solo
tipo de folclore: el de los indígenas, el anónimo: “violencia de la tierra”. Es
más, esa violencia es, directamente, salvadora
y liberadora. Podríamos traducir a términos actuales esto como: energía
inapelable de la tierra. Y también hay (el tono irónico que él está utilizando
no invalida esta lectura) una violencia que él quiere gestar en su público como una energía de comunicación, de
circulación también extrema, pero que puede conducir a dulzura y madurez por un lado y, por el otro, a brutalidad. Aquí, el tópico impugnado es
claramente la brutalidad, y no la violencia.
Ahora bien, volviendo al modo
como planteamos el tópico de la violencia al principio, si bien no tiene una
carga negativa, su valor positivo depende de cómo se vehiculice. La violencia es
solo un estado de cosas límite: y cotidiano. Una emergencia brusca, valiosa si
se vehiculiza adecuadamente (pensemos en el sentido político que tiene esta
lectura), o perjudicial si se vehiculiza mal. En último caso, está claro que la
violencia era omnipresente en la primera mitad de los setenta, no solo la
física y la política sino la conceptual: era energía extrema. Y era, también,
parte del motor del cambio, de la salvación y de la liberación.
El tópico 4 del elitismo
juvenilista es típico de las vanguardias (aunque no todas). Spinetta compuso
algunas muy lindas canciones en que se percibe una fuerte empatía respecto de
sujetos desgraciados: “Perdonado (niño condenado)”, “Irregular”, “El anillo del
capitán Beto”, son notables ejemplos y todos son de Invisible. Sin embargo, hay
tres o cuatro canciones, pocas pero muy importantes en su producción, donde el
narrador marca su necesidad de alejarse de las masas, de su mediocridad, de su
oscuridad.
En primer lugar, en sus momentos
de mayor desánimo, los de Pescado Rabioso, que de paso son los momentos de
mayor violencia en sus letras, Spinetta dice:
…los caballos del día
sudan de golpe frente a mí
temblando de carreras […]
Sombras inútiles del parque.
Los que llamaba no aparecieron.
Todo gigante termina exhausto
de que lo observen los de afuera […]
¿Cómo hacer que este valle de huecos
no suba más por mí?
Todo gigante muere cansado
de que lo observen (y luego: de
devorar) a los de abajo.
(1973, “Cristálida”,
Pescado Rabioso)
Quiénes son los caballos del día, que sudan
delante del narrador: la gente de la calle, los trabajadores, los transeúntes;
más precisamente aun: la masa urbana (esa que aterraba y fascinaba a los
teóricos y poetas de fines del siglo XIX). ¿A qué viene ese doble registro de
las penas de todos los gigantes? Inevitablemente, en un país donde el
igualitarismo como creencia pone a todos, en el imaginario, en el mismo nivel,
gigantes solo son los que momentáneamente, por razones de mérito o suerte u
otras razones diversas, se encuentran en una posición de poder: por ejemplo,
los artistas; por ejemplo, él mismo. En mi lectura, sumamente arriesgada, lo
sé, Spinetta se siente y desea sentirse lejos de la media humana que lo rodea,
de la cual en realidad es uno más porque él también participa del igualitarismo
como creencia. Spinetta siente esa distancia desde los escenarios: desde allí,
él es un gigante que termina exhausto de ser observado, y finalmente (Pescado
Rabioso: el grupo donde Spinetta se permite dar rienda suelta a toda su
agresividad) termina exhausto de devorarlos. Es más: primero, esa masa urbana,
ese público, es de afuera; y
finalmente, gracias al éxito, es de abajo.
Y es condenada. Esto no le impedirá, dos años después, invocar frente a las
cámaras de televisión a “los marginados y alienados del mundo”, como vimos.
Aquí conviene dirigir los cañones hacia uno mismo: el que puso los tópicos fui
yo, como narrador de este texto. Hay que pensar entonces cómo es posible
conjugar elitismo con revolución, pero hay que pensarlo en los términos de la
época. En seguida vuelvo sobre esto.
Hasta aquí y por el momento, soy consciente,
esta lectura parece muy, pero muy forzada. Avancemos un poco más: ni bien se
disuelve Pescado Rabioso, Spinetta da ese concierto al que hicimos alusión, el
estreno de Artaud, y compone “Cantata
de puentes amarillos”, donde dice:
Con esta sangre alrededor
no sé qué puedo yo mirar.
La sangre ríe idiota
como esta canción.
¿Y ante quién?
Ensucien sus manos como siempre
relojes se pudren en sus mentes […]
Vi tantos monos, nidos,
platos de café,
platos de café.
Frente a la lucha política violenta, armada,
este narrador no ve sino sangre alrededor
que no le deja opciones. Es más, esa sangre derramada ríe idiota, y su propia canción también, pero esta lectura es
válida ante cierto tipo de multitudes signadas por la rutina urbana: la de los
relojes, la de los cafés. Esa multitud incluso, está animalizada: caballos del día un año antes, y ahora monos. Y el joven poeta está solo en
medio de todos ellos, e incomprendido en su búsqueda de la iluminación. Creo
posible esta lectura porque es aplicable a la obra de Antonin Artaud mismo,
sobre todo en su condena a la sociedad mediocre en su totalidad y su defensa
del artista iluminado, como lo hace en Van
Gogh, el suicidado por la sociedad, libro que Spinetta leía mientras
componía esta canción, como lo atestiguan el título mismo y otras frases: Aquellas sombras del camino azul ¿dónde
están? Yo las comparo con cipreses que vi solo en sueños. Artaud se refiere
repetidamente a los cipreses de los cuadros de Van Gogh, así como a los puentes
amarillos.
Luego de estos ascensos verbales a la torre
de marfil de los poetas elegidos, viene la intensa y empática etapa de
Invisible, donde en cambio Spinetta compone las canciones que señalábamos. Pero
en 1977 y en la canción que da título a este trabajo, vuelve a decir:
Tengo que aprender a volar
entre tanta gente de pie […]
Tengo que aprender a ser luz
entre tanta gente de atrás.
Volar y ser luz tienen un sentido místico en
Spinetta. Pero esto no es óbice para que no deje de tratarse de la búsqueda de un
destino individual e individualista. Dadas las citas anteriores, esta multitud de pie y esta gente de atrás evidentemente es, insistimos, la masa urbana de la
cual nítidamente el narrador cree que debe tomar una sana y sanadora distancia.
Esta actitud no es una constante en Spinetta.
En años posteriores, más allá del período que nos interesa en este trabajo,
volverá a componer muchos temas sobre otros, sobre gente común, sobre
personajes de la calle, sobre marginados, etc. Sin embargo, en los tres años
que siguen, 1977-1980, Spinetta, si bien nunca deja de dar conciertos, graba
mucho menos (cuando había estado haciéndolo sin parar desde Almendra). Y esos
son los años más oscuros y más estables del período dictatorial. Son los años
en que el cambio de hegemonía cristaliza.
En este punto, si de buscar material sensible
se trata, hay un aspecto que casi hemos considerado hasta ahora: la música. Independientemente
de los muchos cambios estilísticos que hubo entre 1969 y 1977, es perfectamente
aceptable afirmar que tanto Pescado Rabioso como Invisible y Aquelarre
produjeron una música fuerte, enérgica, optimista; estaban en la búsqueda del
más violento (uso el término con el
registro de los años setenta) power
que bebían del rock inglés y de ellos mismos, unos de otros. Pero,
llamativamente, en A 18 minutos del sol,
de 1977, la música de Spinetta se torna lavada, como con sordina, completamente
desapasionada. Vuelvo aquí al testimonio personal acerca de la desilusión que
sentimos los que éramos más jóvenes que él: nadie podía explicarse por qué se
había “apagado” Spinetta. Lo atribuimos, juvenilísticamente, a que se había
casado y ahora tenía un hijo. Evidentemente, eso no es condición necesaria, ni tampoco
suficiente, para cambiar completamente de estética. Un amigo mío de aquella
época se lo encontró un día por la calle y, espontáneo como él era, le preguntó
quejándose: “Flaco, ¿vas a seguir haciendo este tipo de música?” A lo que
Spinetta contestó: “Sí, cada vez más, cada vez más”. Pero la producción languideció.
Fue como si la ominosa consigna oficial El
silencio es salud, que empezaba a envolverlo todo, también hubiese tocado
su música y su poesía.
La lluvia había llegado hasta él, y él optó
por algo que contradecía completamente los códigos de los siete años
anteriores: se limitó a vivir. Es interesante, de todos modos, la conciencia
que tenía de la situación. El fragmento completo dice:
Si la lluvia llega hasta aquí
voy a limitarme a vivir
mojaré mis alas,
como el árbol o el ángel
o quizás muera de pena
Tengo mucho tiempo por hoy
los relojes harán que cante
También es posible morir si uno solo se
limita a vivir: morir de pena.
Si se acepta la línea de lectura que presenté
hasta aquí, podemos leer a modo de síntesis:
Mojar (a propósito) las alas es detener el vuelo místico, la
entrega de la vida (no dejar caer el carozo del durazno en el agua); es hacer
cesar el proceso de cambio y limitarse a aquello que se había condenado: solo vivir, como si vivir fuera, ahora ya sí,
un valor en sí mismo. Es más, aquellos relojes
que se pudrían en esas mentes burguesas o simplemente urbanas,
mediocres, masivas, ahora son los que marcarán la vida del narrador. Si antes
cantaba contra los relojes, ahora cantará solo si los relojes hacen que cante.
Y finalmente, los otros universos discursivos
de este período también frenan su viento de cambio e interrumpen su ir más allá
de la vida (volar, pero también, antes, arder), porque él, el narrador, es él
mismo quien mojará sus alas, y lo hará como,
o sea, equivalentemente a, el árbol (mefáfora hippie bucólica para
la verdad) o el ángel (metáfora
mística para lo espiritual que guía).
Es durante los tres años que siguen a esta
canción que se clausuran estos universos discursivos y musicales tan prolíficos
(los Aquelarre por su parte ya están en España, y el grupo se disolverá allá),
pero también son los años en que, retomando una de las reflexiones iniciales,
desaparece la identidad de mi generación, o quizás deja de estar siendo
socialmente construida y en su lugar se expande el silencio, el borramiento y
el no-sentido: el deambular de las entidades sin identidad que en dos años más
serán llevadas a morir a unas islas hasta entonces solo escolares.
Damián Jorge
Grimozzi
(2026)