En la Fundación Vivian Trías, de Montevideo, se realizaron este año tres encuentros en torno al Bicentenario del Congreso Anfictiónico de
Panamá. En el tercero, que fue este viernes 18 de septiembre, mi amiga Beti Jaureguizar se mandó una exposición súper
atractiva que ligaba, con total coherencia, la lucha antiimperialista y americanista
con lo que ella denomina feminismos comunitarios, muy diferentes de los que hoy dominan, cuya
clave, como bien sostiene Beti, es constituirse en un nuevo Gran Otro. La mirada lacaniana viene a aportar, de este modo, herramientas para pensar la lógica de
la dominación. Pero sobre todo, además del concepto de Gran Otro, me interesó
el de la lógica del no-todo, y sobre esto iniciamos una conversación luego con
Beti que llevó a lo que sigue.
Sabemos que Lacan leía a Hegel; me pregunto entonces cuál es la conexión entre esa idea lacaniana de una totalidad que excluye, ya que en Hegel, y con cierta coherencia, la totalidad debe incluir la diferencia para ser totalidad. Si uno tiene ganas de mirar con ojos benévolos al alemán, esa diferencia, que es también lo particular, lo material, lo finito, está integrada como momento necesario pero no suficiente de la totalidad, lo infinito, ese todo. Es, con ojos súper benévolos, una gran solución al dualismo cartesiano, y a todos los dualismos materia-espíritu, idea-cosa, inmanencia-trascendencia, etc., etc., que tantos estragos han hecho en la historia.
Si en cambio lo miramos
con ojos crítico-maléficos, la maquinaria de la dialéctica lleva a devaluar esa
diferencia. Es decir, si bien debe tener un lugar porque, si no, hay
contradicción (un todo que no incluye lo particular no es tal todo), a la vez
queda reabsorbida. Lo finito es ideal,
dice Hegel al comienzo de la famosa “Nota sobre el idealismo”, de la Ciencia de la lógica. No es ni puede ser una diferencia radical,
que grite por sí misma.
Pero ocurre algo muy distinto, y acá voy de lleno a lo que Beti sostuvo este viernes en su exposición: el no-todo, esa red de resistencia frente al Gran Otro (que se ve a sí mismo como totalidad), se hace firme precisamente en el fragmento, en lo finito, en lo pequeño, en lo contingente. Ya conocemos el discurso del poder que busca homogeneizar, eliminar toda resistencia, verticalizar, etc. Lo que no se ve de entrada tan claramente es cómo ese poder hace para representarse a sí mismo como un todo o una totalidad, y basar al mismo tiempo su eficacia en la eliminación, en la destrucción de todo lo que no puede dominar.
Creo que justamente acá está la clave: una cosa es dominar para explotar al inferior y obtener riqueza, poder, etc. Otra cosa es borrar al otro, desaparecerlo. No hay una sola forma de ejercer el poder: pero en todas quien está abajo pierde. O bien queda integrado en un lugar de explotación y subordinación, pero vive, o bien es eliminado. Y toda la diferencia entre una posibilidad y la otra pasa, creo, si entendí bien a Beti, por la resistencia. Por un lado, están y estuvieron las mujeres que se quedan en casa, atienden a sus maridos, les crían los hijos y obedecen: esas se salvan y viven. Entre paréntesis, mucho más que los hombres, claro: en la dialéctica del patriarcado, hay un contrato (no deseado, pero firme y atávico) en el cual ambos géneros dominantes obtienen un lugar. El lugar de poder de los varones es el del poder visible. Se sabe todo el daño que pueden hacer y cuánto pueden hacer valer ese lugar como privilegio. Lo que se ha venido colocando en la sombra es el costo altísimo que tiene ese lugar de poder visible (hay que morir en la guerra, morir en los trabajos insalubres, hay que permanecer constantemente produciendo porque “the man provides”, hay que permanecer siempre firmes y valientes porque los hombres no lloran ni se achican ni tienen miedo, etc.). Por otro lado, están las mujeres y con ellas el conjunto muy diverso de los desposeídos en general, como bien señalaba Beti el viernes, que, también desde la sombra al principio, arman redes, tejen: usan las cicatrices, no solo como testimonio de opresión sino como emblema de resistencia y señal de identidad. Estas y estos son los que el poder, el todo excluyente, intentará eliminar, borrar del mapa, desaparecer.
Claro, desde el punto de vista casi completamente abstracto de un
poder que se ve a sí mismo como un todo homogéneo, estas redes y sus
integrantes ya están afuera desde el principio. Son resto, desborde, anomalía:
cáncer del todo cerrado en sí mismo. Pero, mal que les pese, están adentro: y
al Gran Otro se lo vence desde adentro. Empezando por las cabezas de cada uno de
los que no somos más que otros dentro del Otro.