viernes, 20 de febrero de 2026

El castillo visto desde afuera


Los personajes de Kafka viven ya en el espacio de la muerte, dice Blanchot en El espacio literario: se alojan en una extensión que es apertura a la posibilidad de lo imposible. Y también señala que el suicida se lanza a la imposible posibilidad de morir la propia muerte en primera persona. La muerte obra. La obra obra. Ahora bien, cuando redirigimos esta reflexión blanchotiana a la producción del propio Kafka, encontramos inmediatamente que, si se alcanza la obra, pierden sus personajes ese sentido de exposición a la muerte, de habitar ese espacio de la muerte. La obra debe desobrarse para ser, dejar de ser como obra.

Quiero considerar en este trabajo cómo, en este sentido, El castillo es el texto en que Kafka encuentra, no encontrándolo, el modo de terminar sin terminar. El castillo logra, fracasando, un punto de tensión que, en cambio, se pierde lográndolo en El proceso y en La metamorfosis.

Blanchot despliega en sus muchas declinaciones la tensión que se da entre términos que se anulan: no es que se limita a exponer A y no-A, sino que intenta recorrer el espacio abismal entre A y no-A, sin que ese recorrido se resuma en una dialéctica cerrada. Es decir, no se trata de un ponerse de lo otro de sí que esté funcionalizado a una unidad superior, superadora, en la cual la diferencia -que se mostraba como radical, como inasimilable- esté absorbida, nuevamente negada y así integrada a modo de riqueza nueva de lo Mismo. Blanchot expone en cambio la tensión extrema entre opuestos; expone, sí, la dinámica de la otredad, pero -a diferencia de Hegel- no canibaliza la diferencia. No resuelve.

En este sentido, Blanchot trabaja dos articulaciones y a su vez la articulación entre ambas. La primera es la que se da entre la idea del suicidio y la imposibilidad de morir. Existe, claro, la posibilidad de darse muerte, como puro derecho y extrema libertad. Podemos pensar esta posibilidad como gesto, como acción; pero resulta más fecundo considerar esa extensión incalculable, inmedible, ese recorrido desde la apertura absoluta hasta la desaparición absoluta como lo propio de la esencia (y así, lo impropio de la existencia). Porque si, en el recorrido de este espacio, encontrara yo el punto donde poseer mi morir, si lograra, como dice Blanchot, ser conciencia de desaparecer y no conciencia que desaparece, si anexara completamente a mi conciencia la desaparición de ésta, sería entonces totalidad realizada (Blanchot: 1992a). Este es el rasgo soberbio de la idea del suicidio. Y el otro lado de lo mismo es la inversión radical que hace de ese instante una conversión inmediata de la posibilidad en imposibilidad (no es ya la posibilidad de la imposibilidad) de morir en primera persona, que sí es propio de la existencia.

Dicho de otro modo más sencillo, morir, en la misma medida en que es posible, no lo es: puedo tender hacia mi muerte, puedo llegar hasta su borde mismo, pero este borde está de este lado, entre las acciones vitales: inmediatamente, en el instante en que debiera concretarse mi muerte, estar realizada, el muerto es otro, esto es, al menos no soy yo. Yo es, moderna y occidentalísimamente considerado, un sujeto dueño de sus acciones y protagonista de ellas (y esto incluye la enorme actividad requerida para el suicidio, como señala Blanchot) y, precisamente, la muerte es la extrema pasividad, e igualmente la extrema indecisión y la extrema indecidibilidad; y está siempre del otro lado.

La segunda articulación es la que se da en la obra de arte, salvo que aquella inversión que es el final del recorrido del suicida es el principio de la actividad del artista. El gesto de soberanía del suicida sobre lo imposible se da también en el artista, en tanto se lanza en una dirección que desconoce y, sobre todo, a la que jamás va a llegar, pero que tiene el objetivo nítido de la obra de arte, un objeto esencial.

Y la articulación entre articulaciones se sugiere así: la condición de dominio sobre la muerte es, para Blanchot, definición de espíritu: si no hubiera muerte a la que anhelar dominar, no habría espíritu. Pero tampoco habría espíritu si la obra de arte no fuera el resto de un intento por coagular, corporeizar, esto es, expresar en forma finita y concreta, posible, lo imposible de lo infinito, del cual se nutre.

Ahora bien, claramente, este gesto que él califica de viril tiene dificultades vinculadas con la necesidad, para Blanchot, de la desaparición de lo personal. En un pasaje (que conecta con La comunidad inconfesable) Blanchot ataca el individualismo sustancialista liberal:

 

No hay que permanecer en la eternidad perezosa de los ídolos, sino cambiar, desaparecer, para cooperar con la transformación universal: actuar sin nombre y no ser un puro nombre ocioso. Los sueños de supervivencia de los creadores no sólo parecen mezquinos sino culpables, y cualquier acción verdadera realizada anónimamente en el mundo y para la llegada del mundo parece afirmar sobre la muerte un triunfo más justo, más seguro, y al menos libre de la miserable nostalgia de no ser más uno mismo (1992b).

 

Es decir, no se trata de lo personal. Se trata de lo impersonal, entendido como común y comunitario. Se trata de dejar atrás el egocentrismo y el autobombo del sujeto moderno. Se trata de desaparecer sin tener que morir, pero haciendo morir el yo (el yo moderno, el individuo liberal), del cual dirá en La comunidad inconfesable que es equívoco.

Es en este sentido complejo que decíamos al comienzo que los personajes de Kafka viven ya en el espacio de la muerte: se alojan en ese recorrido de la apertura a la posibilidad de lo imposible. Sin embargo -sólo a esto quiero llegar aquí- los personajes kafkianos son, por decirlo así, caminantes desobrados que deambulan por una obra. Están ahí, inmersos en relatos, en cuentos, en novelas, pero sospechamos mientras los seguimos en su errancia asfixiante que no están en su lugar; y esto se vuelve exasperantemente palpable hacia el final de ciertos textos emblemáticos de Kafka, como “La metamorfosis”, El proceso, o el castillo.

Veamos como “termina” El proceso. El capítulo 10, el último, está formalmente destinado a funcionar como desenlace. Aquí, los dos “verdugos” (aunque el término no es apropiado porque el Señor K inquiere quiénes son y no le responden: precisamente, se trata de que no sean del todo funcionales a una justicia que no es justicia) están llevando agarrado de los brazos a K: caminaba –dice el narrador- entre ellos muy tieso; los tres formaban una especie de bloque, del que no se hubiera podido destruir a uno de ellos sin destruir a los otros. Conformaban una cohesión que casi no se puede obtener en general sino con la materia muerta.

Tenemos una consustanciación total con un sistema indescifrable, arbitrario y mortal. Sin embargo, al final, mientras K está siendo apuñalado, ve desde el piso que alguien se asoma a una ventana y esa sola aparición arrastra la novela hacia un final en toda la regla:

 

¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Un alma buena? ¿Alguien que tomaba parte en su desdicha, alguien que quería ayudarlo? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Había todavía un recurso? Existían objeciones que no se habían planteado todavía. Ciertamente, las había. La lógica, al parecer inquebrantable, no resiste a un hombre que quiere vivir. ¿Dónde estaba el juez que no había visto nunca? ¿Dónde estaba la alta corte a la cual nunca había llegado? -y muere diciendo- ¡Como un perro! Y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.

 

Es decir, llevado el texto hacia un final, que se supone formalmente necesario, no puede sino dejar de ser kafkiano. La lógica, el bloque indestructible de los ejecutores y la víctima, encuentra una grieta novelesca, y una explicación dialéctica casi estándar: si el protagonista quisiera vivir, esa lógica sería vencida, ese bloque se partiría, y al menos la lógica narrativa nos daría un personaje que lucha por su vida, o situaciones dramáticas estándar equivalentes. El lector encuentra una indeseable explicación racional para todo lo que acaba de leer: el protagonista pasa por todo lo que pasa porque no quiere vivir.

Sin embargo, estos párrafos finales son finales, y son párrafos, por culpa del final, si se me permite la expresión; por el atravesar la barrera inatravesable: son resolución de obra; y en tanto el texto es obra, no es ya espacio literario. Es muerte, y así, se desliza subrepticiamente por fuera de la escritura kafkiana, dejándonos en general casi siempre desconcertados, y siempre desilusionados, por ese final a puñaladas que da un número finito y contable a las páginas de un libro determinado y nombrable, incluido en la dialéctica de las cosas.

Por su parte, la muerte de Gregorio Samsa no es el final del cuento que protagoniza. “La metamorfosis” no termina con la muerte de la “cucaracha”, muy por el contrario, termina con una reflexión redondamente burguesa de los padres de Grete y Gregorio:

 

El señor y la señora Samsa se dieron cuenta casi a la vez de que su hija, pese a que con tantas preocupaciones había perdido el color en los últimos tiempos, se había desarrollado y convertido en una linda joven llena de vida. Sin palabras, entendiéndose con la mirada, se dijeron uno a otro que iba siendo hora de encontrarle un buen marido. Y cuando, al llegar al final del trayecto, se levantó Grete e irguió sus formas juveniles, pareció corroborar los nuevos proyectos y las sanas intenciones de sus padres.

 

Así termina “La metamorfosis”. Uno no puede dejar de preguntarse: la metamorfosis de quién. Muerto Gregorio, la vida puede continuar su curso burgués y positivo. El estado de alteración extrema que significaba la metamorfosis de Gregorio ha terminado y, hasta cierto punto, se ha revelado como la contracara impresentable (oportunamente barrida por la sirvienta) de la metamorfosis de Grete de niña a mujer, que ocurre en paralelo. Un final. Otro final. Un final de la suspensión y de la alteración de las cosas, por lo tanto una inclusión progresiva y progresista de la diferencia radical en un proceso dialéctico caníbal, que incluye dicha diferencia anulándola, anecdotizándola, reduciéndola a momento del despliegue, destinado a enriquecer la unidad esencial.

Ahora bien, en El castillo la cosa se pone más kafkiana, si se me permite. La novela no termina, sino que avanza, por decirlo de algún modo y deja de hacerlo así:

 

La habitación de la casita de Gerstäcker estaba sólo mortecinamente iluminada por el fuego de la chimenea y una candela que esparcían su luz sobre alguien profundamente hundido en un canapé, inclinado bajo las protuberantes y retorcidas vigas, y leyendo un libro. Era la madre de Gerstäcker. La anciana extendió una mano temblorosa hacia K y le hizo sentar junto a ella, hablaba con gran dificultad, era difícil entenderla, pero dijo

 

En el sentido en que venimos considerándolo, que desde ya es independiente de los motivos biográficos o circunstancias de producción del autor, la obra de Kafka es tal que, si se alcanza como obra, pierde su sentido de exposición a la muerte; debe desobrarse para ser, lo cual implica dejar de ser como obra. Coherentemente, ahora, El castillo no termina. Se interrumpe en un verbo transitivo: dijo (y no es posible tampoco aquí poner esa última palabra en cursiva o entre comillas, o agregarle unos puntos suspensivos, que Kafka no puso, porque todos ellos son recursos de dar el fin, y se trata de no darlo), y esa oración transitiva trunca abre la obra al Otro en el mismo gesto en que impersonaliza al autor. Una obra que no termina equivale a un autor que renuncia a ser autor, que desaparece con las palabras faltantes de su texto, abierto a la comunidad de los mortales.

Porque si hay una preocupación central en el pensamiento blanchotiano, podría formularse así: ¿qué ocurre con esta posibilidad que está siempre empeñada de una manera u otra en su imposibilidad? (Blanchot: 1999). En esta cita, se trata de la comunidad, de la posibilidad del comunismo, pero encierra de manera más general la necesidad imperiosa de hacer visible la ilusión de lo sustancial totalizante: la obra hipostasía el espíritu del artista; el “éxito” del suicida hipostasía el dominio de lo imposible; un comunismo que coagulara como sujeto colectivo destruiría su propio principio comunitario; un novela de Kafka que termina, en el momento en que termina (o porque termina) deja de ser kafkiana. De ahí que el éxito de El castillo resulte de su fracaso, y el fracaso de El proceso o “La metamorfosis” consista en haber terminado, es decir, haber cerrado como textos, como obra, haber tenido éxito en el sentido convencional de un proceso de escritura estándar que se cierra sobre sí mismo.

 

Nota: la primera versión de este artículo se publicó en 2015 en Academia.edu: https://www.academia.edu/42974681/El_castillo_visto_desde_afuera


Bibliografía

Blanchot, M. 1992a. El espacio literario, trad. V. Palant y J. Jinkis, Barcelona, Ediciones Paidós, 1992, p. 90.

___1992b., p. 86.

___1999. La comunidad inconfesable, trad. I. Herrera, Madrid, Arena Libros, 1999, p. 13.