sábado, 24 de abril de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
hay paredes
hay
paredes bajo la lluvia de la mañana
paredes a la intemperie
paredes nuestras bocas
cercanas al cielo ojos
fijos en la guerra que se pierde
hay
insomnios de hotel viejo
paredes alcoholes del atardecer
breteles negros
luto
lunar de las viajeras
presas en manos delicadas y fatales
hay
soles abiertos del abismo voces
amorosas gritan en mi barrio paredes
y hay
paredes blanquísimas a la vuelta
de mi calle:
sellan auxilios y deniegan albergues
paredes en las paredes
roban todas las horas aquellas
de aire que nos queda
y lo cuidan para él
apropiador de los ríos de sudor reseco
que arrastran la argentina desierta
paredes bajo la lluvia de la mañana
paredes a la intemperie
paredes nuestras bocas
cercanas al cielo ojos
fijos en la guerra que se pierde
hay
insomnios de hotel viejo
paredes alcoholes del atardecer
breteles negros
luto
lunar de las viajeras
presas en manos delicadas y fatales
hay
soles abiertos del abismo voces
amorosas gritan en mi barrio paredes
y hay
paredes blanquísimas a la vuelta
de mi calle:
sellan auxilios y deniegan albergues
paredes en las paredes
roban todas las horas aquellas
de aire que nos queda
y lo cuidan para él
apropiador de los ríos de sudor reseco
que arrastran la argentina desierta
miércoles, 24 de febrero de 2010
Se vistió para que lloviera
Se vistió para que lloviera. Buscó un sillón y se sentó a fumar. Se tocaba la cara con cuidado decidiendo que la edad era una segunda piel debajo de la primera, que peleaba por atravesarla. Al final, no soy más que un cuerpo que se extingue y lucha por disimularlo. Se rió: lo ya antiguo era la juventud; en cambio lo nuevo, como el musgo oscuro que crece envolviendo las rocas, era la edad. Pensar vejez no estaba en sus cálculos. Era una frase para decir. El patio estaba reseco, sucio, como aplastado por el aire viejo de todos los veranos en el patio. Antes de descubrir que atrincherado ahí en el silencio iba a morirse, tenía tiempo de pasar otro invierno y anidar aquel sol chiquito pero inquieto que pudiera hacerse mañana de fiesta. Nunca había funcionado, pero por lo menos se sabía la rutina de memoria, y siempre le dijeron que había que insistir. Porque hubo voces de aliento. Pero hubo una espalda inalcanzable.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Pero ahora
Puede que venga la paz
Puede que el vórtice se distienda en radios inteligibles
y las sogas
sombrías que tensan cada músculo se quemen
al sol prendido de la mañana
Puede ser hoy que la sed vegetal se despierte
y madere la tierra
Puede que la voz de cuerpo abierto
se desate y nos reúna en destierros de correo y
canciones giratorias de verano
Puede ser ahora. Pero ahora el cuerpo pesa
como una delicada herramienta
de articulaciones ominosas
Y conoce su vértigo de fuegos eclécticos
de tormenta privada
de viaje
de descansos
y sabe aletear en el vacío
numeroso de los conciertos
Puede que el vórtice se distienda en radios inteligibles
y las sogas
sombrías que tensan cada músculo se quemen
al sol prendido de la mañana
Puede ser hoy que la sed vegetal se despierte
y madere la tierra
Puede que la voz de cuerpo abierto
se desate y nos reúna en destierros de correo y
canciones giratorias de verano
Puede ser ahora. Pero ahora el cuerpo pesa
como una delicada herramienta
de articulaciones ominosas
Y conoce su vértigo de fuegos eclécticos
de tormenta privada
de viaje
de descansos
y sabe aletear en el vacío
numeroso de los conciertos
sábado, 9 de enero de 2010
el umbral
El otro cuenta con la infinita paciencia de quien no ve otra cosa que su propia demanda, formal e informal, y no reconoce otra cosa que su propia propiedad privada de primera persona del reputísimo singular: yo. Golpeó el otro hasta que le abrí (yo). Se apoyó en el marco de la puerta (mía) secándose el sudor suyo y sonriendo(se-me) como quien (se) merece la mejor cerveza fría che, cómo que no, claro, y dijo: tenés diez pesos. No. Bueno, no importa, querido, dame setecientos y te perdono todo. Todo qué. Todos los años y las horas, Virginia, el viaje afuera que nunca, el hijo desconocido, la perra y el pasillo de aquel hospital. Todos estos años derramando la poca vida que (me) queda en las rajaduras esas del pasado (nuestro): todo en el umbral.
El otro no va a forzar nada, claro, para qué: para eso estoy (yo), que me demoré acá, y ahora es demasiado tarde; (yo) que no supe hacer otra cosa diseñar(me) un plan de espera de: su demanda. Pero la forma de su demanda. El vacío a baldazos de su demanda.
El rey bobo se ríe. Ta por tener un berrinche. Che. En el umbral. Pobre. Voy a morir (yo), un poco más, a ver si lo salvo (a él): todos estos años. Llevaron, de afuera y de adentro, a este umbral singular, obsceno de tan singular e insignificante, che, cómo que no: te perdono, ésta.
La gente pasa por la vereda.
Che.
El otro no va a forzar nada, claro, para qué: para eso estoy (yo), que me demoré acá, y ahora es demasiado tarde; (yo) que no supe hacer otra cosa diseñar(me) un plan de espera de: su demanda. Pero la forma de su demanda. El vacío a baldazos de su demanda.
El rey bobo se ríe. Ta por tener un berrinche. Che. En el umbral. Pobre. Voy a morir (yo), un poco más, a ver si lo salvo (a él): todos estos años. Llevaron, de afuera y de adentro, a este umbral singular, obsceno de tan singular e insignificante, che, cómo que no: te perdono, ésta.
La gente pasa por la vereda.
Che.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Resistencia
Desaparecer no es morir: es no estar
y estar en cualquier parte.
La silla de un muerto es ocupada por un vivo:
la silla de un desaparecido no la ocupa nadie.
El cuerpo de un muerto se pudre, abona la tierra, cierra un capítulo e inicia otro.
El cuerpo de un desaparecido conserva, invisible, los espacios que tenía entre los vivos: reclama ser visto, exige ser muerto, ser vivo, ser alguien, ser algo.
Y es alguien: alguien perfecto. Nosotros potenciamos su vida, lo ensalzamos, olvidamos sus torpezas, sus depresiones, sus insensibilidades. Es alguien reconstruido, independientemente de sí mismo.
Pero los desaparecidos ya no quieren ser perfectos; quieren, por ejemplo, si se llegó al término de morir, poder tener una voz muerta porque ya dijo todo; unos ojos apagados porque ya vieron lo último que tenían que ver y que hayan sido vistos por última y definitiva vez; un corazón detenido cuando corresponde, un estómago y un hígado bien gastados, un sexo muerto después de haber dado toda la vida que podía, piernas muertas de todos los saltos de la vida vivida, pies muertos de todos los pasos, sangre seca de todo el amor y toda la calma.
Los desaparecidos habitan un territorio inaccesible para nosotros, dentro de nuestro territorio. Un espacio sin espacio entre los espacios.
Treinta mil futuros cuelgan inertes entre nosotros.
Treinta mil nosotros debajo de nosotros.
y estar en cualquier parte.
La silla de un muerto es ocupada por un vivo:
la silla de un desaparecido no la ocupa nadie.
El cuerpo de un muerto se pudre, abona la tierra, cierra un capítulo e inicia otro.
El cuerpo de un desaparecido conserva, invisible, los espacios que tenía entre los vivos: reclama ser visto, exige ser muerto, ser vivo, ser alguien, ser algo.
Y es alguien: alguien perfecto. Nosotros potenciamos su vida, lo ensalzamos, olvidamos sus torpezas, sus depresiones, sus insensibilidades. Es alguien reconstruido, independientemente de sí mismo.
Pero los desaparecidos ya no quieren ser perfectos; quieren, por ejemplo, si se llegó al término de morir, poder tener una voz muerta porque ya dijo todo; unos ojos apagados porque ya vieron lo último que tenían que ver y que hayan sido vistos por última y definitiva vez; un corazón detenido cuando corresponde, un estómago y un hígado bien gastados, un sexo muerto después de haber dado toda la vida que podía, piernas muertas de todos los saltos de la vida vivida, pies muertos de todos los pasos, sangre seca de todo el amor y toda la calma.
Los desaparecidos habitan un territorio inaccesible para nosotros, dentro de nuestro territorio. Un espacio sin espacio entre los espacios.
Treinta mil futuros cuelgan inertes entre nosotros.
Treinta mil nosotros debajo de nosotros.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Nada en realidad
No era tener que recurrir a aquello que está exhaustivamente lejos de la alegría, vale decir, al optimismo. Era otra cosa: algo como el calor de la piel en su lugar. La felicidad inadvertida que se arrima a las mesas de los cafés, alguna tarde de febrero: poco a tiempo, pero dispuesta a confirmar que se ha vivido bien. Que todo lo perdido, lo quebrado, lo cruel, lo aburrido de los días lentos iguales a los días, todo lo llevado a la cama con un nudo en la garganta para despertarse gritando, toda tu puta vida, dibuja de golpe una rigurosa acrobacia y se organiza. Pero no es que se organiza; más bien, la respuesta ya está ahí, organizada en el vientito ése que entra por la ventana. Y uno está tomando una cerveza con un amigo, y ninguno lo nota. Y no hay nada, en realidad: únicamente, la piel en su lugar. Y el corazón a salvo en la casa de la piel.
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