martes, 17 de febrero de 2026

Si la lluvia llega hasta aquí

 De qué se trata


Hay un conjunto de representaciones socialmente compartidas que eran centrales en Argentina entre 1969 y 1976 y que a comienzos de los ochenta parecían haber invertido completamente su sentido o, por lo menos, haberlo alterado profundamente. En el medio tuvo lugar la dictadura más caníbal que hayamos conocido, que además no obraba improvisadamente sino según un plan sistemático. Pero sabemos, y hoy esto resulta más explícito aún, que ningún poder político puede obrar solo, sin estar vinculado íntimamente con procesos que no tienen lugar en las sedes visibles del poder sino en la trama sociocultural de la que ese poder proviene y sobre la que se ejerce, en un complejo movimiento de retroalimentación, que en este caso cubre dramáticamente la superficie de acción general que produjo los hechos visibles del período. Dicho más directamente, la dictadura militar nunca estuvo sola, y hasta hoy seguimos develando y revelando los innumerables grados de complicidad y responsabilidad civil que existieron y de qué modo coadyuvaron al éxito de esa alteración en las representaciones socialmente compartidas.

Las representaciones o tópicos del período que me interesa considerar aquí son las siguientes:

1. La vida no era vista como valiosa en sí misma. Al contrario, el sacrificio de la vida y el poner la vida en riesgo eran elementos que aportaban valor a una causa o metáfora a seguir.

2. La violencia era un elemento naturalizado y en ciertos contextos valorado positivamente.

3. Es casi omnipresente la creencia en que todo estaba por cambiar, ahí nomás, en el horizonte inmediato. Esta vivencia de crisis y cambio acelerado acompaña todo el tramo inicial del período.

4. Existía un marcado elitismo juvenilista, también completamente naturalizado.

En contraste, a comienzos de 1982 encontramos muy visiblemente lo siguiente:

1. La vida es un valor en sí mismo: conservarla es meritorio.

2. La violencia ya no es un elemento positivo, y su mención es incluso rechazada.

3. La idea de cambio, en sentido fuerte y movilizador, ha desaparecido completamente del horizonte de posibilidades. Incluso la salida democrática no es visualizada como un cambio, en el sentido que el término tenía en los setenta tempranos, sino solo como eso: como una salida.

4. El elitismo y el juvenilismo se han desagregado. El primero genera rechazo, mientras que el segundo se mantiene en pie como un valor.


Cómo voy a trabajar

El objetivo de este trabajo no es contar qué pasó en los setenta. Eso ya ha sido hecho, y copiosamente. Encuentro en cambio que puede tener algún valor para quienes leen tratar de entender qué se creía que estaba pasando en los primeros setenta, es decir, mientras el primer conjunto de tópicos o representaciones estuvo vivo. Porque esas creencias (o ese conjunto de representaciones compartidas socialmente) tuvieron efectos en la realidad. Y sobre todo porque cuando ahora miramos esos años en busca de respuestas tendemos a atribuir a los conceptos que estaban en juego entonces el mismo significado que hoy les damos. Y claramente no es el que tenían. Pero tampoco es el que los libros de texto de entonces nos puedan sugerir. Es preciso meterse, hasta donde sea posible, en aquella mentalidad y tratar de hacer emerger las ideas y creencias que entonces se tenían tal como se las tenían. Desde ya que hay interpretación de parte de quien investiga, como sabemos. Pero es posible acercarse a aquel estado de cosas incluso no solo a pesar de sino gracias a la interpretación que uno esté manejando, siempre que se respeten dos consignas metodológicas: a) No forzar los datos para que se adapten a nuestra interpretación o hipótesis; b) Estar dispuestos a aceptar lo que surja de la investigación, aunque no sea de nuestro agrado.

Es preciso señalar que en los setenta, entre muchas otras cosas, hubo una destrucción y construcción de hegemonías en pugna. Pero una hegemonía es tal solo si no se limita a ser una forma exitosa de ejercicio del poder sino un conjunto de prácticas sociales entrelazadas con una política exitosa y corresponsables de ese éxito. Estas prácticas deben necesariamente poseer un conjunto de representaciones socialmente compartidas, a tal punto que hayan sido retiradas de todo debate y sean aceptadas y manejadas como a priori, en el sentido que Foucault le daba a esta expresión. Sin estos a priori históricos, estas condiciones de posibilidad determinadas históricamente, no hay hegemonía posible. Así, un primer elemento a señalar es que en los setenta hubo, además y entrelazadamente con los enfrentamientos visibles, un enfrentamiento de representaciones compartidas y de mentalidades. Para poder poner esta hipótesis bajo análisis, hace falta rastrear qué pasaba y qué pasó luego, a lo largo de todos los setenta, con la sociedad civil, con nosotros, con ese colectivo sin identidad o de identidad difusa llamado la gente. La gente, el pueblo, la población, los habitantes, etc., no son interpelables en su conjunto (aunque los encuestólogos crean que sí). Hace falta rastrear, meterse de cabeza en el material sensible, es decir, en todas aquellas manifestaciones que, por su lateralidad, por su no centralidad y por su ductilidad, hayan sido capaces de hacer patentes esas representaciones socialmente compartidas y sus a priori. Y este material sensible tiene una riquísima emergencia en las letras del primer rock nacional, y en algunos testimonios directos de recitales en vivo.

En el choque entre representaciones compartidas (o no tan compartidas) habrá que considerar luego cuáles fueron los efectos de un concepto clave manejado por la dictadura: el de enemigo interno (del que nos ocupamos en el texto del mismo nombre, publicado en este mismo sitio).

 

Nota liminar

La preocupación central que inició esta investigación es del orden de la historia de las mentalidades, o de las representaciones socialmente compartidas, pero también es de índole personal. Se da el caso de que he vivido, un poco lateralmente por mi edad, el período que considero aquí. Cabe entonces señalar que considero válido recurrir a mi propia memoria y experiencia: soy un testigo/participante legítimo. Lo único necesario para hacer esto sin contaminar la investigación es seguir las dos consignas metodológicas que mencioné arriba; en este caso, se trata de tener el cuidado de no hipersubjetivizar mi testimonio, no mezclarlo con mis deseos, con lo que me gustaría que hubiera pasado, y limitarme a aquellos elementos de mi propia experiencia de los cuales me conste su carácter compartido generacionalmente, es decir, su valor intersubjetivo.

En 1977, es decir, cuando ya se estaba deshaciendo ese tejido social y cultural que solemos llamar simplemente los setenta, el sujeto adolescente que yo era decía, juvenilísticamente: los montos se jugaron (políticamente) y perdieron, y punto. Los admiro, pero ya pasó. Recuerdo el contexto: estaba tratando de levantarme a una mina mayor que yo (ella 22, yo 16), quien aseguraba haber militado en la JP y en Montoneros, y yo no sabía cómo estar a su altura. Pero el pensamiento era genuino. Y ese yo que no era solo yo sino los amigos y compañeros de mi generación no estaba prioritariamente atento a conceptos como: derechos humanos, vida, no violencia, democracia. No porque no se manejaran sino porque no ocupaban lugares centrales en las representaciones sociales compartidas.

Ahora bien, en 1982-83, un Damián que había olvidado profundamente esos motivos de sus 16 años manifestaba junto a los organismos de derechos humanos, exigiendo aparición con vida y castigo a los culpables. Recuerdo una de esas manifestaciones en particular por su profundo efecto simbólico: marchamos cada uno con un cartel colgado al pecho, donde aparecía la foto de un (y solo un) desaparecido, la fecha de su desaparición y su edad. Nada más. Entramos a la plaza del Congreso por Callao, dimos toda la vuelta al monumento central, subimos por sus escalinatas y bajamos por el lado opuesto. Mientras me tocó estar arriba, pude ver en panorámica todos los carteles, los treinta mil carteles. Vi claramente la duplicación: éramos suficientes como para que no quedara ni un cartel sin ser llevado por alguien. Éramos (más de) treinta mil. Durante el recorrido levantamos varias veces, todos al mismo tiempo, los treinta mil carteles por encima de nuestras cabezas. Vi, así, todas las fotos. Vi treinta mil brazos vivos sosteniendo treinta mil muertos sin sepultura, pero vi también (parafraseando violentamente al dictador Videla) treinta mil entes con entidad pero sin identidad que sostenían a treinta mil entes sin entidad pero con identidad: los nombres y apellidos, la foto, la fecha de desaparición eran los de los desaparecidos. Los NN éramos nosotros. Y no solo porque en cierto modo cediéramos nuestra identidad momentáneamente para que emergiera la de ellos –en seguida vuelvo sobre esto.

Yo era consciente de estar en el lugar correcto, porque ese lugar me daba la ocasión de compartir una representación social exorcizante, purificadora. Ahora bien, el sujeto que yo era entonces (y que es ahora uno de los objetos de esta investigación) no estaba allí por culpa o remordimiento; no creía -todavía- haber tenido nada que ver con la desaparición forzada de personas; seguía creyendo que todo había sido obra exclusiva de los militares. Sí sabía de la complicidad civil de los sectores poderosos, de ciertos políticos, de ciertos medios, etc., pero nada sabía acerca de los infinitos grados de responsabilidad civil que fueron necesarios para que ocurriera lo que ocurrió. Ahora bien, ese sujeto sí puede dar testimonio de la oscura conciencia que tenía de que esos carteles lo representaban también a él -a mí-. Es decir que él también había desaparecido o mejor, que su identidad había desaparecido. Este es un elemento generacional. Hablamos de subjetividades socialmente construidas: peor aun, en este caso, social y políticamente desubjetivizadas.

 

Cómo la lluvia llegó hasta aquí

Las letras del primer rock poseían una característica especial que las convertía en material altamente sensible: el simple hecho de que sus autores no tenían predecesores “internos”, por así decir: no tenían un canon en el cual inscribirse o ante el cual rebelarse. Ni siquiera tenían que rechazar (o copiar) alguna forma estancada de escribir letras anterior a ellos. Spinetta, principalmente, solo tuvo una “influencia”: escuchó -según su propio relato- que Los Gatos cantaban rock en castellano y dijo: ¡ah, entonces se puede! Pero nada en las letras de Spinetta recuerda las de Nebbia. Esta característica se ve mejor si comparamos con Charly: Charly García ya escribía mirando a los fundadores. Fue, según sus propias palabras, fan de Pescado Rabioso, y sostiene que Spinetta hizo hecho posible el español para el rock, un tipo de música que aparentemente solo podía cantarse en inglés. Así, aquellas primeras letras carecían de patrones de estilo fuertes que bloquearan la emergencia de elementos sensibles al estado de cosas. Voy a tomar aquí un grupo de estas primeras letras (y algunos aspectos musicales) de Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio y, en mucha menor medida, Edelmiro Molinari, y me voy a limitar al período de los primeros setenta.

La frase completa que aparece en el título de este trabajo es Si la lluvia llega hasta aquí, voy a limitarme a vivir, y pertenece a “Canción para los días de la vida”, del álbum A 18 minutos del sol, que Spinetta estrena en 1977. Por sí sola quizás la frase no parece expresar nada que tenga que ver con un proceso de violento cambio político, cultural y del conjunto de representaciones sociales compartidas que parecía estar teniendo lugar en esa década. La palabra clave aquí es parece. Vamos a ver, recorriendo estas producciones, qué emerge y qué queda invisibilizado. Para hacer esto es preciso conectar de manera coherente los elementos metafóricos y los usos discursivos de Spinetta, Del Guercio y Molinari desde 1969 hasta ese año de 1977, y conectar de manera no solo coherente sino verosímil dichos elementos con las representaciones sociales compartidas a las que aludían o que les servían de condiciones de posibilidad.

Otro elemento que hay que pensar sobre este recorte: si bien se trata de un período brevísimo de tiempo, la productividad de estos músicos en estos ocho años fue prodigiosa, y al mismo tiempo las transformaciones del país fueron aterradoras. En 1977 ya los Aquelarre se exilian en España, y Spinetta, en su disco A 18 minutos del sol, de ese mismo año, lleva a su máxima expresión un intimismo y una cerrazón ya iniciados en El jardín de los presentes.


La política entra y sale del rock con más facilidad que de otras prácticas artísticas. Es posible que esto ocurra porque, al menos en el período que consideramos aquí, la práctica política no prestaba particular atención al rock como un territorio fértil, o también porque parte de los protagonistas de esta corriente artística no vivían en general lo político como algo esencial a su actividad. Para darnos una idea nítida de este rasgo basta pensar en el concierto por Malvinas, que tuvo lugar durante la guerra, y a partir del cual esta ambigua relación entre rock y política cambiaría para siempre.

Ahora bien, por esa misma característica, cuando de todos modos encontramos en el rock de esos primeros setenta ecos fuertes de lo que ocurre en el contexto sociopolítico, más significativos se vuelven esos ecos. Esto es material sensible.

Pero además, independientemente de su grado de politicidad, las bandas de rock constituyeron propiamente, e incluso en el sentido que se le daba en la época al término, vanguardias. Pensemos que en esa década no se hablaba tanto de rock sino de música progresiva, aunque este término no fuera del todo compartido por los propios músicos. ¿En qué sentido (actual) eran vanguardias, dado que tampoco aceptaban el término de “intelectuales” (aunque lo fueran en muchos casos)? Centralmente, tuvieron una enorme capacidad para formar opinión, es decir, contribuyeron a la generación de mentalidades al mismo tiempo que emergían de ellas.

Vuelvo a ponerme aquí como testigo: a los dieciséis años, los contenidos políticos expresados en las letras de rock e incluso en ciertos usos musicales de Spinetta y del Guercio funcionaban como dictum, como guías para la acción y para el procesamiento de lo que ocurría y de lo que nos pasaba. Eran claves interpretativas de todo lo que se viviera. Esta era una manera de vivir compartida por mi generación, esto es, mis compañeros de la escuela secundaria, los amigos de los clubes, la gente de los recitales, los que me acercaban estos materiales y a quienes yo se los acercaba. El testimonio no es el mío, como Damián Grimozzi, sino el de un miembro de esa generación que poblaba los Luna Park o el teatro Astral; la generación siguiente a la de la llamada “juventud maravillosa”; la generación que luego sería conocida como la de Malvinas; la generación a la cual tanto Spinetta como del Guercio le hablaban cuando utilizaban, con tanta frecuencia, como puede verse en los siguientes fragmentos, la 2ª persona del singular para escribir sus letras:

 

Muchacha, ojos de papel, ¿a dónde vas?

Quédate hasta el alba. (Almendra I: Spinetta)

 

Salva tu piel, la ciudad te llevó el verano. 

Ponte color, que al morir los hombres son blancos (Almendra I: Spinetta)

 

Deja tu miedo atrás.

Alguien te sonreirá…

(Pescado Rabioso, Desatormentándonos: Spinetta)

 

Nena boba, no sabes bailar 

nena boba, no sabes amar… 

(Pescado Rabioso II: Spinetta)

 

Cuida bien al niño, 

cuida bien su mente… 

(Artaud, Spinetta)

 

Habla conmigo, 

viejo perro blanco… 

(Invisible: Spinetta)

 

Toma parte del día

ya tu sueño se ha muerto

(Aquelarre, Brumas en la bruma, Del Guercio)

 

No camines en el vacío, que nadie vendrá por ti

(Aquelarre, Siesta, Del Guercio)

 

Junta piedras, llévalas a algún lugar natural

(Aquelarre, Siesta, Del Guercio)

 

Todas estas frases eran tomadas por nosotros como indicaciones, e incluso como mandatos. Los integrantes de esa generación nos dijimos mutuamente: el rock es bueno. El Flaco dice tal cosa, Emilio canta tal otra, etc. Esas letras eran efectivamente claves interpretativas de la realidad entera que nos rodeaba y que vivíamos, y este hecho, independientemente de si los protagonistas músicos lo hubieran aceptado o no, o si eran o no conscientes de estar “bajando línea”, como decimos hoy, hace de ese grupo de músicos progresivos una vanguardia, y hace de estas primeras letras un buen material sensible para buscar representaciones sociales compartidas.

Ahora hay que recuperar los tópicos relevados al comienzo y ver si se verifican o al menos si hay indicios en las letras que los confirmen, y a partir de lo que encuentre avanzaré en el análisis. Los reitero:

1. La vida no era vista como valiosa en sí misma. Al contrario, el sacrificio de la vida y el poner la vida en riesgo eran elementos que aportaban valor a una causa o metáfora a seguir.

2. La violencia era un elemento naturalizado y a veces hasta valorado positivamente.

3. Es casi omnipresente la creencia en que todo estaba por cambiar en el horizonte inmediato. Esta vivencia de crisis y cambio acelerado acompaña todo el tramo inicial del período.

4. Existía un marcado elitismo juvenilista, completamente naturalizado.

 

Con algunas frases sueltas de algunas canciones no es difícil señalar la presencia de estos tópicos. Lo difícil es desagregarlos en aquellas canciones más emblemáticas y complejas. Además ocurre algo que, no por obvio, es menos importante: uno sale a buscar en un corpus de canciones, escritas a partir de múltiples intereses y universos discursivos, unos tópicos, es decir, unos argumentos sintetizados y condensados en el nivel de los conceptos, que, naturalmente, no van a estar dichos en las letras, ahí, transparentemente y a disposición de una investigación que uno mismo ha diseñado. Muy por el contrario, aquello que uno busca, si es que está, mayormente estará entreverado, mezclado y hasta fusionado con otros tópicos que, en principio, no son del interés de la investigación pero que, si se quiere dar cierto grado de inteligibilidad a la búsqueda, deberán también ser tenidos en cuenta.

En ese sentido, es importante mostrar que esta vanguardia rockera de los primeros setenta confeccionó una trama híbrida de metáforas, imágenes y usos lingüísticos muy particular y que no se ha vuelto a repetir. Esa misma hibridez les permitió, a cada uno según sus búsquedas, ir encontrando respuestas. Dicho más claramente: ciertos problemas o preguntas que emergían como tema de determinadas canciones eran planteados con las herramientas discursivas de un universo y encontraban su respuesta expresada con herramientas de otro de los universos que componían esa trama híbrida. Por ejemplo:


“Credulidad” (1973, Pescado Rabioso, Spinetta)


Las uvas viejas de un amor 
en el placar
son esas cosas que te están amortajando. 
Haciendo esta salvedad, 
tu mente ya estará progresando. 
Pero vas donde sonrisas te dan 

esos encapuchados de un mundo viejo.  
No, ¿no ves que nada te dan? 
Credulidad
Credulidad 
Lo peculiar de nuestro gran calabozo 
es esta especie de terror por el bosque.
La risa, nena, no podrá surgir
a menos que te subas al árbol. 
Bien, el árbol es la verdad.
Descansa por tu cuerpo, cierra ya los ojos. 
Hoy tus uvas vas a tirar 
Credulidad.

 

La canción plantea de entrada una situación de desgracia amorosa que continúa produciendo tristeza o melancolía. Su mero reconocimiento es un progreso. Pero la persona interpelada, la chica a la que Spinetta le podría haber dedicado esta canción o bien nosotros mismos como oyentes, no hemos entendido ese progreso, porque vamos donde en vez de la risa franca y abierta, libre, de la juventud vanguardista, nos encontramos con la sonrisa hipócrita (encapuchados) de la sociedad de los mayores, o de las viejas ideas. El tópico juvenilista es muy claro, pero la salida del problema que esto plantea es aquí, en este universo híbrido o de fuentes múltiples, el bosque y el árbol. En muchísimas letras, tanto de Spinetta como de Del Guercio, aparecen el bosque y el árbol como metáforas de la verdad natural. Esto es, lo opuesto al cemento urbano. La metáfora está en clave bucólica y proviene del universo que llamamos hoy hippie: la reivindicación de la naturaleza versus la ciudad como fuente de problemas y como problema en sí. Pero más allá de su proveniencia de origen, ya era un elemento significante para ellos, desde su propio universo creativo. El tema “Amor de Aire”, de Molinari, del segundo disco de Almendra, lo expresa de manera nítida:

 

Ella ha venido del campo.

Ella ha venido a visitar la ciudad.[…]

Caminaba lentamente entre sus cejas;

Caminaba con miedo de caer mal.

Su rostro venció al cemento.

Los patos se alegran al verla regresar

Acompañada.

 

Volviendo ahora a “Credulidad”, tenemos una canción que empieza en clave de tango y termina en clave de rock rústico. Plantea una pregunta existencial y genera una respuesta bucólica.

Pero más claro aun es este cruce de universos de sentido y de herramientas discursivas en el tema “Violencia en el parque”, compuesto por Aquelarre en 1974:

 

Violencia en el parque de la ciudad

terror en las rutas hay

ya se convierten tus manos en fuego, mañana

Que cálidas aguas te arrollarán

desde el grito natural

cuando despiertes

si es que realmente te llaman

Y en este parque se conocen tus pies

cielos de bruma hechos

sanarán en tus labios

Y en este parque se conocen tus pies

cielos de bruma hechos

sanarán en tus labios

Quien te puede, quien te puede parar

cuando el ave sopla luz de libertad

todos juntos están en el parque

cantando canciones del cielo final

 

De entrada la violencia parece estar siendo condenada, pero no se trata de cualquier violencia y, además, el significado de violencia en los setenta (nuestro segundo tópico en discusión) no es el que hoy creemos. Esta violencia es la proveniente del aparato del Estado: violencia en el parque de la ciudad y terror en las rutas. El parque y las rutas remiten a lo público, a lo común, y el par ciudad/rutas tiene la capacidad de remitir al viejo tópico ciudad/campo, que en términos modernos son la totalidad de lo que hay como país: ahí es que hay violencia represiva del Estado. Ante esto (con una pluma menos dúctil, menos sutil que la de Spinetta, hay que decirlo) Del Guercio contrapone directamente esta imagen: ya se convierten tus manos en fuego, que en el lenguaje que vienen trayendo desde Almendra no es sino, ahora, el uso de la violencia como defensa ante la otra violencia. Convertirse en fuego es, de paso, una marca del primer tópico: arder es dar la vida, quemarse en aras de una causa, en este caso, social y política.

Sin embargo, el símbolo de este movimiento social está tomado, nuevamente, del universo hippie: cálidas aguas te arrollarán desde el grito natural. Lo natural está misteriosamente identificado con la causa de la transformación social que intenta desarrollar en esos años la izquierda peronista, a la cual Del Guercio adscribía públicamente. Y los elementos que componen esta suerte de política natural son nacionales: (sigue la interpelación en 2ª persona) en este parque (donde hay violencia de las fuerzas represivas) se conocen tus pies, es decir, no sos ajeno a lo que ocurre: te incumbe. Es más, esos cielos hechos de bruma sanarán en tus labios, es decir, tenés que tomar la palabra: intervenir, pensar y hablar, jugarte. Y la libertad debe ser entendida como positiva, aquí: es la libertad revolucionaria. Finalmente, adverbios como ya, mañana, y el tiempo futuro que gobierna la canción, y que hay que entender como futuro inmediato, son marcas de la presencia de ese horizonte de cambio, nuestro tópico 3.

Como vemos en estos dos ejemplos, los tópicos están, pero fusionados y entremezclados con otros, mucho más visibles; están tamizados y expresados a través de, a pesar de, y junto a, otros elementos que corresponden claramente a esos universos discursivos mezclados de los cuales Spinetta y Del Guercio toman todo su arsenal. En busca de aclarar entonces el análisis, propongo el siguiente mapa provisorio de esa trama, en la forma de tipos de preguntas y tipos de respuestas:










Todas las combinaciones tuvieron lugar y, de hecho, hay ejemplos de todas.

Pero es importante insistir en que aquello que buscamos no está servido en las letras, y no tiene por qué estarlo, ni tampoco tiene por qué ninguna de estas letras tener esta única lectura que le estamos dando. Aunque sea un obviedad decirlo, conviene insistir en que toda la polisemia, todo el conjunto de otras significaciones, siempre abiertas, de estas letras sigue estando ahí, sigue dependiendo de las distintas recepciones que tenga, y no es negado por las interpretaciones que estamos dando. Aquí solamente estamos tomando lo que nos resulta significativo para visibilizar las representaciones socialmente compartidas del período. No estamos fijando o cerrando sentidos.

Con más razón entonces, conviene considerar cómo los cuatro tópicos que estamos investigando: valor de la vida, violencia, horizonte de cambio inminente, elitismo, estarán -los que estén- “atrapados” en esta red de preguntas y respuestas que sí está en las canciones como central. De modo que el análisis tiene que prestar atención a todo, y desbrozar, desagregar de a poco lo que interesa.

Y ¿por qué estas canciones poseen centralmente un esquema de preguntas y respuestas? Podrían narrar historias, como “La chica de la boutique”, un tema exitosísimo de Heleno de los mismos años. Pero en este tema y muchos otros similares del incipiente pop local no se buscaba dar ideas (aunque estén presentes, como lo están en todos lados), mientras que la música de rock o progresiva consistía, entre otras cosas, en plantearse problemas y dar ideas. De hecho, mostrarse como pensantes era una forma de distinguirse de la música en ese entonces denominada por nosotros (por nuestra generación) “comercial”.

Un ejemplo de conflicto existencial/conflicto social urbano con respuesta existencial es “A estos hombres tristes”, del primer disco de Almendra:

 

Salva tu piel, la ciudad te llevó el verano. 

Ponte color, que al morir los hombres son blancos

más blancos

que al volar sin volver, 

sin volver, que al volar sin volver. 

Tú tienes pies y tienes manos

pero no se ven. 

Si tus pies hoy nacieron viento

déjalos correr.

Y si tus manos con las plantas, 

déjalas crecer. 

Vive de azul, porque azul

no tienes domingos […]

Cuánta ciudad, cuánta sed

y tú un hombre solo. 

 

Ejemplo de pregunta por conflicto social urbano y respuesta política/bucólica es “Violencia en el parque”, como vimos. Pero también, más adelante en 1976 ya, Aquelarre deja de lado la respuesta política y, para el conflicto existencial (que para los oyentes de sus trabajos anteriores estaba identificado totalmente con el conflicto social) da una respuesta directamente bucólica y ahora intimista en “Savia de los aromos”:

 

Junta piedras, llévalas a algún lugar natural 

Sigue al río si es que está llegando al mar 

Ella vivió tan sola, tan loca. 

En el monte muéstrale su libertad de dolor 

y en la siesta trata de escuchar su voz 

Ella vivió tan sola, tan loca 

Savia de los aromos 

denle su ser, su mar

 

En cambio Spinetta a partir de 1975 y 1976 ya está buscando de manera muy clara la respuesta mística, tanto para el conflicto social como para el conflicto existencial, como en “Durazno sangrando”:

 

Temprano el durazno,

del árbol cayó.

Su piel era rosa, 

dorado del sol. 

Y al verse en la suerte 

de todo frutal,

a orillas de un río 

su fe lo hizo llegar. 

Dicen que en este valle 

los duraznos son de los duendes. 

Pasó cierto tiempo

en el mismo lugar

hasta que un buen día 

se puso a escuchar

una melodía muy triste del sur 

que así le lloraba

desde su interior: 

Quien canta es tu carozo,

pues tu cuerpo al fin

tiene un alma.

Y si tu ser estalla  

será un corazón

el que sangre.

Y la canción que escuchas 

tu cuerpo abrirá

con el alba.

La brisa de enero 

a la orilla llegó

la noche del tiempo 

sus horas cumplió. 

Y al llegar el alba 

el carozo cantó, 

partiendo al durazno, 

que al río cayó.

Y el durazno partido 

ya sangrando está

bajo el agua.

 

Si tu ser estalla será un corazón el que sangre es una interesante declinación del tópico 1, el valor de la vida, aquí en clave mística: sigue siendo la vida una ofrenda, algo a quemar en busca de un destino mejor, diferente, especial.

En clave amorosa, esta entrega de la vida estaba mucho más sencillamente expresada por Edelmiro Molinari en el tema “Mestizo”, que apareció también en Almendra, en 1970:

 

No te puedo hacer distancia

ni carne bajo mi piel, 

dar vueltas sobre tu centro

o explotar con él. 

Solo me queda

quebrar las viejas hojas secas

con mis pies, 

bailando porque soy mestizo. 

No puedo acercarme al sol

para pedirte, 

porque él secará mi sangre

y eso no podrá ser

porque soy, porque soy mestizo.

 

Y tras un breve pero desaforado solo de guitarra, toma una decisión violenta y sacrificial:

 

Voy al sol

y cuando esté seco

iré como polvo por el aire hasta vos, 

porque soy mestizo, mestizo, mestizo.

 

Igualmente, pero en clave política, Del Guercio cantaba en el primer disco de Aquelarre, de 1972:

 

Traigan el cuerpo de carbón

que vamos a empezar

las cosas del revés

yo seré el animal, vos serás mi dueño

 

Encontramos así el primero de los tópicos que necesitábamos, declinado según tres universos discursivos o simbólicos diferentes. Y hay más sobre el tópico 1. Habíamos sugerido que la vida no era vista como valiosa en sí misma, y más aun, que el sacrificio de la vida o el poner la vida en riesgo eran elementos que aportaban valor a una causa o metáfora a seguir. En esta dirección, estos autores celebran la vida en clave, también, juvenil y juvenilista, es decir, la critican y desvalorizan si no es suficientemente intensa:

 

Somos seres humanos,

sin saber lo que es hoy un ser humano…

Vida y sangre sin ardor…

(Almendra, Color Humano)

 

Aquí sí hay un diálogo con un discurso anterior. Si algo caracteriza a la actividad intelectual de los años sesenta es cierta crítica a la mediocridad y monotonía de las clases medias. La fuente de material sensible, en este caso, es la enorme cantidad de novelas, cuentos y obras de teatro (las más emblemáticas: Nuestro fin de semana, de Tito Cossa, y la película La fiaca, de Fernando Ayala, protagonizada por Norman Briski), cuyos argumentos consistían en mostrar una situación cotidiana inicial, un evento que parecía venir a modificar esa situación, y un final en que todo vuelve a ser exactamente como antes, excepto que los personajes, en general, se sienten aun más aplastados por esa imposibilidad de cambiar nada o de que nada cambie. Los setenta están en las antípodas, en este sentido: es la década en la que absolutamente todos creían que absolutamente todo estaba por cambiar de modo inmediato e inevitable.

Ahora bien, volviendo a los tópicos de los primeros setenta, hay una especial intensidad en cuanto a la combinación de todos ellos en la letra de “Camino difícil”, de Del Guercio para Almendra en 1970:

http://www.rock.com.ar/img/blanco.gif

Esta noche se ve más atrás:

mis gritos, tus flores y la libertad. 

¿No ves que el tiempo se quedó a vivir? 

Compañero, toma mi fusil.

Ve, y abraza a tu general.

¿No ves que el tiempo se quedo a vivir? 

Ven al campo, mírate crecer

mira el agua, ¿ves qué clara está?

¿No ves que el tiempo se quedó a vivir?

 

¿Qué es lo que se ve más atrás? La historia, que en política vale. Lo corrobora el estribillo: ¿no ves que el tiempo se quedó a vivir? como forma de expresar que hay un proceso deseado que está teniendo lugar. Y ese proceso social, político, es armado. No solo eso: yo, el narrador vanguardista, soy quien te da el arma: compañero, toma mi fusil, ve y abraza a tu general. Estoy tomando la frase literalmente; no la estoy considerando metáfora porque creo que no lo es. No encuentro de qué podría ser metáfora. Ahora bien, ir al campo a verse crecer es, nuevamente, encontrar la identidad en lo natural, e identificar lo natural con la política revolucionaria, en este juego de fusión, de amalgama del abanico de imágenes hippie y el conjunto de representaciones políticas que iban adoptando los integrantes de esta generación.

Claro, respecto de algunos de ellos se sabe por su testimonio de su adscripción al peronismo de izquierda de los setenta. Más interesante es entonces el hecho de que también Spinetta, que no manifestó en esos años adscripción política alguna, se viera necesitado de decir en 1975, en vivo, en un programa de televisión,[1] lo siguiente:

 

“El tema que hicimos recién es ‘Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo’ y ahora vamos a tocar ‘Jugo de Lúcuma’. Pero antes quería decir que este pequeño concierto se lo dedicamos a todos los marginados y alienados del mundo. Porque cada día más se comprueba que van a ser ellos los que van a regir la razón humana”.


Parte de la letra de ese famoso tema dice:


Hay un camino que nace de tu imagen, 

al que es muy fácil llegar.

Solo es preciso el brillo de los ojos 

para encontrar un alma.

Lo que no resisto 

es la conciencia, 

es la abuela que 

regula el mundo. 

 

La lucha contra una conciencia moral represora, encarnada en una persona de mucha edad, no puede ser más clara: es una lucha generacional, en plenos años de revolución sexual, además. Porque esta letra, este tema, habla de una relación amorosa, y es en ese contexto que se plantea la liberación respecto de una conciencia represora. Por eso la asociación que hace el propio Spinetta es aun más atractiva como material sensible: acaban de tocar el tema, y él siente que hay una asociación directa con la lucha de los marginados y los alienados del mundo, y lo manifiesta con la elocuencia exacerbada que siempre tuvo. Pero además, la canción, leída en frío y hoy, notablemente no se refiere a nada de eso. Más aun, Invisible no era un grupo que se caracterizara por tratar de plasmar en clave de rock una posición política, ni tampoco se proponía llamar a la lucha política, como sí lo hacía Aquelarre. Sin embargo -aquí vuelvo con toda necesidad al testimonio personal-, todos mis compañeros de secundaria y yo mismo interpretábamos esa canción como aludiendo a todos los poderes represores del mundo, y no solo en lo relativo a la moral sexual. Y yo en particular al menos no tuve conocimiento de las declaraciones de Spinetta en ese programa hasta hace un par de años, cuando buscaba materiales en crudo para esta investigación, y me encontré con este registro de audio.

Creo que el tópico 3, el clima general de cambio inminente y drástico, es lo que aquí hay que traer a colación. Tan fuerte era ese viento de cambio que no había quien no sintiera que sería llevado por él; no había quien no creyera que estaba por producirse inevitablemente. La frase de Spinetta es sensible a esa representación socialmente compartida. Y este fragmento de otro tema de Invisible, pero de dos años antes es muy sugerente:

 

Hijos, amigos, vengan,

suyo es el fruto que olvidaron en el árbol 

(miedo)

Lo que está y no se usa nos fulminará. 

(“Elementales leches”, Invisible, 1974)

 

A riesgo de cometer un exceso interpretativo, estos hijos, amigos, que son convocados y que olvidaron un fruto en el árbol (símbolo de la verdad y de lo progresivo) que les pertenece no pueden ser, a mi juicio, sino los miembros de la generación joven, que es convocada a tomar lo que es suyo, a hacer uso del presente y de lo que hay, tanto en términos materiales como políticos y espirituales, porque son tiempos de cambios drásticos, de vientos que arrasan con todo, tanto que lo que no usemos nos fulminará, una idea tan vertiginosa como setentista.

El tópico 3, que podría resumirse como todo está por cambiar, cuenta con una considerable cadena de canciones:

De Almendra: “Toma el tren hacia el sur”, “A estos hombres tristes”, “Mestizo”, “Hermano Perro”, “Camino difícil”, “Rutas argentinas”; “Para ir”. De Aquelarre: “Yo seré el animal, tú serás mi dueño”, “Movimiento”, “Cruzando la calle”, “Hermana vereda”, “Miren a este imbécil”, “Parte del día”, “Brumas en la bruma”, “Milagro de pueblo”, “Violencia en el parque”.

De Spinetta en Artaud: “Cantata de puentes amarillos”.

De Invisible: “Elementales leches”, “La llave del mandala”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, “Durazno sangrando”.

 

Ahora bien, a partir de los años 1975 y 1976 el envión de cambio visiblemente se detiene en los contenidos de las letras de todos. Es decir que el momento en que el cambio se oculta en el horizonte de posibilidades tiene un registro musical preciso. Es más, las reflexiones son sombrías, a veces trágicas o desesperanzadas. En su último disco, Siesta, de 1975, tras el cual se exilian, los Aquelarre cantan:

“Árboles caídos para siempre”

Una vez que estalló

La hermosa catedral

La gente se agitaba en las veredas

Y fue así que al pasar

Tarde ese dolor

Siguieron trabajando hacia la guerra

Entonces fueron muchos más

Los árboles caídos para siempre

Y en la piel del pasado

Se ha visto proyectar

El miedo en las esquinas de la tierra

[…]

Esta historia nos prolongará

Medio heridos medio tontos

A la espera, en el fuego

 

Y el ya citado “Savia de los aromos”:

 

Junta piedras, llévalas a algún lugar natural

Sigue al río si es que está llegando al mar

Ella vivió tan sola, tan loca. 

En el monte muéstrale su libertad de dolor 

y en la siesta trata de escuchar su voz 

Ella vivió tan sola, tan loca 

Savia de los aromos 

denle su ser su mar

 

Sobre este tema conviene hacer una inflexión: en su momento, esta y otras letras similares cayeron muy mal en mi generación. El mismo narrador que nos había dicho pocos años antes: tu hermano se muere, mi hermano no podrá esperar, el mismo que llamaba a tomar las armas, a juntarnos en la plaza, a cederle el poder al pueblo (“Yo seré el animal, vos serás mi dueño”), ahora nos decía que la guerra nos deja heridos y tontos y que arder en el fuego ya no tenía un significado positivo. Y encima nos aconseja que juntemos piedras y nos retiremos a la fuente de lo verdadero puro (lugar natural) en soledad o en pareja. Aparentemente, esa voz querida y seguida no se hacía cargo del cambio de códigos. Sin embargo, cuando estrenaron Siesta, Del Guercio introdujo la canción “Pájaro de la locura” diciéndonos: “Este tema lo escribimos especialmente pensando en ustedes”. El tema dice de manera transparente: “No camines en el vacío, que nadie vendrá por vos; unos segundos estás aquí, y no los podés vivir”. Yo lo leí como retirada, como encierro en lo individual o personal. Pero probablemente ellos, más atentos y conscientes respecto de todo el contexto político, estaban tratando de cuidarnos: nos aconsejaban, sabiendo que tenían influencia sobre los más jóvenes, que nos guardáramos; ellos, mientras tanto, iban a emigrar, tanto como para no ser chupados como para encontrar en esa cerrazón un refugio contra la dictadura. Pero, al menos por mi parte, recién hice esta posible segunda lectura ahora, bien entrado el siglo XXI, y cuando estoy (y seguramente solo porque estoy) escribiendo sobre aquel período. La anécdota no importa. Lo que sí importa es hurgar en ella para extraer una cierta imagen de las representaciones en juego: muy posiblemente yo también, a pesar de mi adolescer, haya estado subido a ese río de cambio vertiginoso, sacrificio y violencia, y no podía escuchar o no me era perceptible un mensaje de cuidado, de encierro y de prudencia. También quizás por esto no acepté ni aceptamos el cambio de estilo y de contenidos en la producción de Spinetta a partir del 77, y que en seguida quiero considerar.

Sin embargo, un poco antes, en el último disco de Invisible, El jardín de los presentes, de 1976, Spinetta ya parece haber pasado del otro lado de esta aceleración setentista; parece haber ya vuelto, mientras todos todavía iban, cuando canta:

 

Una palabra, 

dame una palabra 

Solo una palabra. 

dame suave brisa, 

brisa de la playa. 

Dame una palabra 

Doscientos años:

¿de qué sirvió 

haber cruzado a nado la mar? 

Una palabra, 

solo una palabra... 

dame la brisa, 

dame toda brisa... 

suave junco, 

junco de la orilla... 

 

Empieza a ser visible que no solamente podemos identificar estos tres tópicos en las letras del primer rock: cambio, sacrificio y violencia, sino que existe una decisiva vinculación interna entre los tres. El cambio drástico involucra violencia, pero no como la entendemos ahora. Y si de violencia se trata, el sacrificio es la acción violenta y necesaria que trae el cambio, al mismo tiempo que el estado de cambio total importa violencia y naturaliza el sacrificio.

En términos vivenciales, lo que se percibía era una urgencia. Una urgencia política y existencial. Aquelarre, en Candiles, su tercer disco, comienza con el tema “Cruzando la calle”, que expresa muy bien este clima:

 

La ventana tiene un aspecto muy normal,

pero cada día sentimos que se agita más.

Cruzando la calle, cruzando la puerta de tu hogar,

tu hermano se muere, mi hermano no podrá esperar.

[…]

América vibra, mi mente quiere libertad,

la muerte te ronda, la muerte nos quiere ganar.

 

La ventana que parece muy normal, esto es, que no muestra del otro lado, del lado público, ningún conflicto social violento, remite a ese estado de cosas remanente al que hacíamos alusión: el de la invencible y aplastante chatura de la vida de la clase media durante la década anterior.

Ahora bien, este remanente expresado por esta ventana que parece muy normal tenía su peso todavía: para producir el cambio había que agitar la ventana cada día más, romper las paredes de la pequeñoburguesía. Y la urgencia para hacerlo es política y existencial a la vez: tu hermano, mi hermano, o sea, el otro, se muere ya. Y esta transformación es de alcance americano, o sea, latinoamericano.

Las últimas dos líneas de la canción son muy pertinentes para lo que estamos considerando aquí: la muerte te ronda, la muerte nos quiere ganar. Podemos suponer que están pensando solamente en preservar la vida, o incluso se puede objetar que estas líneas contradicen el tópico 1. Pero estamos en el año 1973, de modo que más bien conviene considerarlo exactamente al revés: la muerte de la primera línea es la que la opresión política amenaza con producir, o está produciendo; la muerte de la segunda línea es metáfora de la quietud, de la inacción frente al poder, y está en línea con la metáfora de la primera línea: muerte que me gana = ventana quieta, y con otras metáforas similares de los tres primeros discos de Aquelarre (en “Movimiento”, un tema del primer disco, González Neira cantaba: “Un amigo [luego, un hermano] quiere llevar / el paso lento y la mano atrás”). Y frente a ambas muertes, justamente en tanto son muertes, solo cabe una respuesta eficaz: el sacrificio inmediato.

Ahora bien, ciertos conceptos son más difíciles de ver en su lugar: en su momento. Hay algunas situaciones a las que varias canciones aluden que hoy consideraríamos violencia, y evidentemente en esos años no eran escuchadas de ese modo. Por ejemplo, “Me gusta ese tajo” y “Nena boba”, dos temas de Pescado Rabioso.

 

Me gusta ese tajo que ayer conocí

Ya me calienta, la quiero invitar a dormir

Con sus lindas piernas ella me hace pensar

Que debo destruir la mierda de esta ciudad

Me gusta ese tajo que ayer conocí

Ya me calienta, la quiero invitar a dormir

 

Hay para nosotros, hoy, violencia en designar a una mujer por su vagina y con una palabra que a su vez remite a un acto violento: tajo. Hay también violencia directa en la frase: destruir la mierda de esta ciudad. Pero mis propias vivencias de época me recuerdan que esta canción era muy apreciada incluso por las mujeres en esos años; y, sobre todo, que la agresividad era decodificada como sinceridad: y eso era vivido como necesario frente a un mundo de eufemismos en torno a la sexualidad, tanto en los medios de comunicación como en el trato social en general.

Por otro lado, resulta inevitable señalar, nuevamente, cómo se parte de una situación de atracción sexual para deducir inmediatamente de ahí una acción social-política. Las piernas de ella invitan a destruir lo negativo de la ciudad capital de un país. Solamente un estado de cosas acelerado y una creencia generalizada en el cambio inminente puede llevar a escribir esas líneas.

Bastante distinto es el análisis que podemos hacer de “Nena boba”:

 

Nena boba,

no sabes bailar. 

Nena boba,

no sabes amar. 

Yo te chisto, 

te quiero seguir, 

y vos me respondés: 

"Esto no es para mí"

Entonces quiero 

cortarme las venas, sí. 

Tal vez tomaste 

demasiado mucho sol 

en la arena.

Yo te entrego mi rosa más negra 

Pero nena boba 

era verde turquesa. 

Yo ya no quiero 

perderme en abismos. 

Al fin y al cabo con las bobas

siempre pasa lo mismo. 

Subite a mi tren, 

nena boba.

 

Aquí se trata lisa y llanamente de machismo. Mi registro personal e intersubjetivo es que se justificaba este tema en base a que se refería a las chetas: tomaste demasiado sol en la arena, color verde turquesa, el no saber amar como sinónimo de no estar liberada sexualmente, todos elementos que remitían a un grupo social supuestamente en las antípodas del nuestro (los rockeros). Pero todos estos elementos caen cuando se sigue la letra con más atención: yo te chisto, te quiero seguir, ella lo rechaza y el narrador, en realidad por el hecho de ser rechazado, la está tratando de nena boba. Finalmente, le ofrece subirse a su tren, para la época, una neta alusión sexual; pero esta invitación, o más bien exigencia, dirigida a alguien despreciable por su pertenencia social, no es coherente con el desprecio anterior, salvo que se interprete como amenaza de violencia sexual. Es una canción que, hoy por hoy, calificaríamos como conteniendo violencia de género. La pregunta, en este contexto, es qué significaba en esos años. Ya sabemos que si transplantamos significados de una época a otra no vemos lo que pasaba. Era también violencia, sin duda; pero la violencia, en los términos en que era entendida, estaba legitimada. Conviene entonces seguir investigando qué quería decir violencia.

El tema de Aquelarre “Miren a este imbécil”, que abría el lado B de ese mismo álbum, Candiles, describe una situación de violencia social o política:

 

Miren a este imbécil: 

cómo se sacrifica

creyendo que estoy muerto. 

Corre el bosque,

corre al río,

para verme sufrir. 

¿De qué vereda vienes? 

Creo que no te encuentro 

presiento los caminos 

pero hay caras que se cierran 

a querer compartir

Miren a este imbécil 

como se justifica 

el miedo que me tiene 

mata hermanos

en la casa

donde debe vivir

 

El tema es del ’73: ya había ocurrido la masacre de Ezeiza, y es muy verosímil pensar que este imbécil que mata hermanos donde debe vivir no sea otro que un integrante de la derecha armada del peronismo. En todo caso, es la contrafigura de quienes luchan por compartir en la casa donde deben vivir. Y el estar muerto de la primera estrofa está en la misma clave que la muerte de “Cruzando la calle”: puede ser leído y fue leído por nosotros con toda claridad como un estado de incapacidad de respuesta social y política.

Sin embargo, el elemento de época más rico, a mi juicio, que podemos considerar para tratar de pensar la violencia en contexto es un registro de audio existente de un concierto que dio Spinetta, donde estrenó varios temas de su disco Artaud, el 23 y el 27 de octubre de 1973 en el teatro Astral.[2] El primero de estos conciertos fue muy confuso y agresivo de parte del público y de parte del propio Spinetta, y es por eso mismo el más interesante de los dos, y el que transcribí para este trabajo. Lo que sigue son los fragmentos que más interesan para lo que tenemos que considerar:

 

Spinetta - …es para ese público que me quiere (alguien grita algo) y que no siempre es el público que dice tonterías en los recitales (aplausos) que hicimos esto [se refiere a unos materiales en video sobre Artaud que había presentado antes de tocar]. Ahora, esto no significa que ustedes tengan que hacer algo equivalente por mí. Creo que ustedes hacen mucho más por mí que lo que yo hago por ustedes. Y de ahí resulta todo.

[Canta “Me gusta ese tajo”, y es muy aplaudido. Luego comienza otro tema y los comentarios, gritos y risas de la gente le impiden seguir. Entonces, interrumpe y dice:].

Spinetta - Este es un público muy efusivo. Quién sabe si, por darles más, no debería haber traído a Karadagian y su troupe.

[Alguien grita]

Spinetta -  ¡Qué bocina! Si cantás blues, podés llegar a Chicago [pausa]. No sé si esto [en referencia a lo que está tocando] les gusta. Si no, no me interesa.

Público – ¡Cortála! ¡Cortála!

Spinetta - Sí, yo la corto en seguida: cuando termina el recital, paro. No es que yo esté en contra de lo que ustedes dicen, sino que no suena claro desde allá. Si por lo menos, dijeran: “Luis, andá a la mierda…”

Público – Luis, cortála.

Spinetta – No, no la voy a cortar. La voy a cortar cuando me vaya [Siguen gritándole cosas ininteligibles en el audio.] En cualquier momento tienen que tirar algo, eh. Estoy esperando eso. [Pone voz de vieja, quizás de “abuela que regula el mundo”, y hace el siguiente chiste:] ¿Y así es como los jóvenes hippies se divierten? [risas y aplausos] El tema que acabo de tocar se llama “Ella flota por mí”, y es de David Lebón y de Spinetta.

Alguien del público - ¿Quién es Spinetta, loco?

Spinetta – Eso estoy tratando de averiguarlo. El día que lo sepa no voy a tener ningún problema más, ni siquiera de dinero. Ahora voy a cantar una canción que quiero mucho. Quiero que presten mucha atención a la letra; y que los tontos, que no son ninguno de ustedes…[larga pausa, en que nadie dice nada], los tontos que piensan que un mensaje debe paralizarse en el momento en que se dice, y no debe producir cierta y determinada fusión en la energía que lo puede reproducir, lo puede aceptar…

Alguien – [estás diciendo] Cualquier cosa.

Spinetta - Exactamente: los tontos que piensan cualquier cosa...

Otro, desde el fondo - ¡Andá a la concha de tu madre!

Spinetta – Exactamente. Ese tipo de violencia es la que yo quiero que se geste en ustedes. Por supuesto, en algunos adquiere unas características de brutalidad, y en otros de dulzura y de madurez [mucha gente aplaude]. Aquellos que pretendieron codificar un lenguaje y dejarlo siempre en un mismo lugar, y por lo tanto pusieron ahí una especie de nombre, de código, es el momento de que escuchen esta letra y comprendan lo que quiere decir. [Siguen gritándole agresiones y él comienza con mucho énfasis y agresividad a cantar “A estos hombres tristes”. Toda la canción está cantada con agresividad. Termina y sigue hablándole al público:] Todo lo que está sucediendo, hasta el momento, me parece genial porque no hay ningún tipo de represión entre el público y yo y entre yo y el público. Eso es evidente.

Alguien del público - Te amo.

Spinetta - Yo también. Me alegro de que nos amemos…Pero no mucho porque después del amor existe una especie de abigarramiento. Ahora, si es amor puro, continúa in eternum [Sic].

Alguien del público [con fastidio] - Che, Luis…

Spinetta [no hace caso] – Voy a decir un par de cosas. Al que le guste bien, y al que no, que se vaya. Quiero hacer una diferencia que me viene rondando en el bocho desde que empecé a escribir música. Nosotros, me refiero a los grupos de rock and roll, entre los cuales me incluyo a pesar de tener esta pequeña sesión solista con ustedes, nunca pudimos, por lo menos los músicos auténticos, eliminar el folclore de nuestra música. Aparte, haberlo intentado hubiese resultado en un desmembramiento, o una pelota de ruido. No porque el folclore no tenga violencia, o no tenga ruido de la tierra. Sino porque, justamente, el folclore es eso que puede crecer en uno y uno lo puede descubrir en cualquier momento de su vida, esté en la velocidad en que esté. Y eso es lo importante. Yo quería hacer las siguientes diferencias entre lo que se considera folclore como la música de los indígenas propiamente dichos, una música que no tiene autores ni compositores sino que es anónima. Luego está la música folclórica, que es todo lo que podemos reproducir nosotros en base a esa música indígena. Y después está la proyección folclórica, que es una especie de mezcla de música folclórica con todos los aditamentos de la música internacional -que es internacional para los que pueden distinguir todavía naciones, en vez de continentes o masas de tierra contadas-. Justamente desde hace un tiempo hay cierta música de proyección folclórica cuyos intérpretes quieren hacerla funcionar como una música nueva, es más, como una música de salvación; o sea, pretenden edificar un nuevo lenguaje a partir de la proyección folclórica, haciendo una ensalada rusa entre lo que es el folclore nativo, la música folclórica, y después agregándole guitarrita eléctrica, distorsionador.

Yo, personalmente, la virtud de ser salvadora se la atribuyo al folclore de los indígenas; al folclore que carece de autores y que está en la tierra. A lo demás, lo considero música folclórica y, al margen de que me guste o no me guste, no me parece que sea de liberación, salvo en muy pocos casos. Justamente, voy a hacer una zamba. Y ojo que yo la compuse a los trece años. Y no me interesa que se burlen de esta zamba. [Toca “Barro tal vez”] [El subrayado es mío].

 

Por supuesto el audio continúa. Pero hasta aquí hay para señalar muy ricos elementos. En primer lugar, el término violencia es utilizado por Spinetta como un término de uso corriente y cotidiano. Pero además, sobre todo si se escucha el audio, se percibe (a pesar de la mala calidad de la grabación) que el clima de agresiones mutuas, entre el público y él y entre los integrantes del público entre sí, es también vivido como normal o, en términos de hoy, como naturalizado.

En segundo lugar, Spinetta usa dos veces el término violencia, y lo hace en público, de modo que sabe que será entendido -quiero decir, no es un uso idioléctico que esté performativizando (aunque esto no era rara en él) sino un uso socialmente aceptado y compartido-. En ambos usos, el sentido que le da podría definirse como energía extrema o energía pura. Hay violencia en un solo tipo de folclore: el de los indígenas, el anónimo: “violencia de la tierra”. Es más, esa violencia es, directamente, salvadora y liberadora. Podríamos traducir a términos actuales esto como: energía inapelable de la tierra. Y también hay (el tono irónico que él está utilizando no invalida esta lectura) una violencia que él quiere gestar en su público como una energía de comunicación, de circulación también extrema, pero que puede conducir a dulzura y madurez por un lado y, por el otro, a brutalidad. Aquí, el tópico impugnado es claramente la brutalidad, y no la violencia.

Ahora bien, volviendo al modo como planteamos el tópico de la violencia al principio, si bien no tiene una carga negativa, su valor positivo depende de cómo se vehiculice. La violencia es solo un estado de cosas límite: y cotidiano. Una emergencia brusca, valiosa si se vehiculiza adecuadamente (pensemos en el sentido político que tiene esta lectura), o perjudicial si se vehiculiza mal. En último caso, está claro que la violencia era omnipresente en la primera mitad de los setenta, no solo la física y la política sino la conceptual: era energía extrema. Y era, también, parte del motor del cambio, de la salvación y de la liberación.


El tópico 4 del elitismo juvenilista es típico de las vanguardias (aunque no todas). Spinetta compuso algunas muy lindas canciones en que se percibe una fuerte empatía respecto de sujetos desgraciados: “Perdonado (niño condenado)”, “Irregular”, “El anillo del capitán Beto”, son notables ejemplos y todos son de Invisible. Sin embargo, hay tres o cuatro canciones, pocas pero muy importantes en su producción, donde el narrador marca su necesidad de alejarse de las masas, de su mediocridad, de su oscuridad.

En primer lugar, en sus momentos de mayor desánimo, los de Pescado Rabioso, que de paso son los momentos de mayor violencia en sus letras, Spinetta dice:

 

…los caballos del día

sudan de golpe frente a mí 

temblando de carreras […]

Sombras inútiles del parque. 

Los que llamaba no aparecieron. 

Todo gigante termina exhausto

de que lo observen los de afuera […]

¿Cómo hacer que este valle de huecos 

no suba más por mí?

Todo gigante muere cansado

de que lo observen (y luego: de devorar) a los de abajo.

 

(1973, “Cristálida”, Pescado Rabioso)

 

Quiénes son los caballos del día, que sudan delante del narrador: la gente de la calle, los trabajadores, los transeúntes; más precisamente aun: la masa urbana (esa que aterraba y fascinaba a los teóricos y poetas de fines del siglo XIX). ¿A qué viene ese doble registro de las penas de todos los gigantes? Inevitablemente, en un país donde el igualitarismo como creencia pone a todos, en el imaginario, en el mismo nivel, gigantes solo son los que momentáneamente, por razones de mérito o suerte u otras razones diversas, se encuentran en una posición de poder: por ejemplo, los artistas; por ejemplo, él mismo. En mi lectura, sumamente arriesgada, lo sé, Spinetta se siente y desea sentirse lejos de la media humana que lo rodea, de la cual en realidad es uno más porque él también participa del igualitarismo como creencia. Spinetta siente esa distancia desde los escenarios: desde allí, él es un gigante que termina exhausto de ser observado, y finalmente (Pescado Rabioso: el grupo donde Spinetta se permite dar rienda suelta a toda su agresividad) termina exhausto de devorarlos. Es más: primero, esa masa urbana, ese público, es de afuera; y finalmente, gracias al éxito, es de abajo. Y es condenada. Esto no le impedirá, dos años después, invocar frente a las cámaras de televisión a “los marginados y alienados del mundo”, como vimos. Aquí conviene dirigir los cañones hacia uno mismo: el que puso los tópicos fui yo, como narrador de este texto. Hay que pensar entonces cómo es posible conjugar elitismo con revolución, pero hay que pensarlo en los términos de la época. En seguida vuelvo sobre esto.

Hasta aquí y por el momento, soy consciente, esta lectura parece muy, pero muy forzada. Avancemos un poco más: ni bien se disuelve Pescado Rabioso, Spinetta da ese concierto al que hicimos alusión, el estreno de Artaud, y compone “Cantata de puentes amarillos”, donde dice:

 

Con esta sangre alrededor

no sé qué puedo yo mirar.

La sangre ríe idiota

como esta canción.

¿Y ante quién?

Ensucien sus manos como siempre

relojes se pudren en sus mentes […]

Vi tantos monos, nidos, 

platos de café, 

platos de café.

 

Frente a la lucha política violenta, armada, este narrador no ve sino sangre alrededor que no le deja opciones. Es más, esa sangre derramada ríe idiota, y su propia canción también, pero esta lectura es válida ante cierto tipo de multitudes signadas por la rutina urbana: la de los relojes, la de los cafés. Esa multitud incluso, está animalizada: caballos del día un año antes, y ahora monos. Y el joven poeta está solo en medio de todos ellos, e incomprendido en su búsqueda de la iluminación. Creo posible esta lectura porque es aplicable a la obra de Antonin Artaud mismo, sobre todo en su condena a la sociedad mediocre en su totalidad y su defensa del artista iluminado, como lo hace en Van Gogh, el suicidado por la sociedad, libro que Spinetta leía mientras componía esta canción, como lo atestiguan el título mismo y otras frases: Aquellas sombras del camino azul ¿dónde están? Yo las comparo con cipreses que vi solo en sueños. Artaud se refiere repetidamente a los cipreses de los cuadros de Van Gogh, así como a los puentes amarillos.

Luego de estos ascensos verbales a la torre de marfil de los poetas elegidos, viene la intensa y empática etapa de Invisible, donde en cambio Spinetta compone las canciones que señalábamos. Pero en 1977 y en la canción que da título a este trabajo, vuelve a decir:


Tengo que aprender a volar

entre tanta gente de pie […]

Tengo que aprender a ser luz

entre tanta gente de atrás.


Volar y ser luz tienen un sentido místico en Spinetta. Pero esto no es óbice para que no deje de tratarse de la búsqueda de un destino individual e individualista. Dadas las citas anteriores, esta multitud de pie y esta gente de atrás evidentemente es, insistimos, la masa urbana de la cual nítidamente el narrador cree que debe tomar una sana y sanadora distancia.

Esta actitud no es una constante en Spinetta. En años posteriores, más allá del período que nos interesa en este trabajo, volverá a componer muchos temas sobre otros, sobre gente común, sobre personajes de la calle, sobre marginados, etc. Sin embargo, en los tres años que siguen, 1977-1980, Spinetta, si bien nunca deja de dar conciertos, graba mucho menos (cuando había estado haciéndolo sin parar desde Almendra). Y esos son los años más oscuros y más estables del período dictatorial. Son los años en que el cambio de hegemonía cristaliza.

En este punto, si de buscar material sensible se trata, hay un aspecto que casi hemos considerado hasta ahora: la música. Independientemente de los muchos cambios estilísticos que hubo entre 1969 y 1977, es perfectamente aceptable afirmar que tanto Pescado Rabioso como Invisible y Aquelarre produjeron una música fuerte, enérgica, optimista; estaban en la búsqueda del más violento (uso el término con el registro de los años setenta) power que bebían del rock inglés y de ellos mismos, unos de otros. Pero, llamativamente, en A 18 minutos del sol, de 1977, la música de Spinetta se torna lavada, como con sordina, completamente desapasionada. Vuelvo aquí al testimonio personal acerca de la desilusión que sentimos los que éramos más jóvenes que él: nadie podía explicarse por qué se había “apagado” Spinetta. Lo atribuimos, juvenilísticamente, a que se había casado y ahora tenía un hijo. Evidentemente, eso no es condición necesaria, ni tampoco suficiente, para cambiar completamente de estética. Un amigo mío de aquella época se lo encontró un día por la calle y, espontáneo como él era, le preguntó quejándose: “Flaco, ¿vas a seguir haciendo este tipo de música?” A lo que Spinetta contestó: “Sí, cada vez más, cada vez más”. Pero la producción languideció. Fue como si la ominosa consigna oficial El silencio es salud, que empezaba a envolverlo todo, también hubiese tocado su música y su poesía.

La lluvia había llegado hasta él, y él optó por algo que contradecía completamente los códigos de los siete años anteriores: se limitó a vivir. Es interesante, de todos modos, la conciencia que tenía de la situación. El fragmento completo dice:

 

Si la lluvia llega hasta aquí

voy a limitarme a vivir

mojaré mis alas,

como el árbol o el ángel

o quizás muera de pena

Tengo mucho tiempo por hoy

los relojes harán que cante

 

También es posible morir si uno solo se limita a vivir: morir de pena.

Si se acepta la línea de lectura que presenté hasta aquí, podemos leer a modo de síntesis:

Mojar (a propósito) las alas es detener el vuelo místico, la entrega de la vida (no dejar caer el carozo del durazno en el agua); es hacer cesar el proceso de cambio y limitarse a aquello que se había condenado: solo vivir, como si vivir fuera, ahora ya sí, un valor en sí mismo. Es más, aquellos relojes que se pudrían en esas mentes burguesas o simplemente urbanas, mediocres, masivas, ahora son los que marcarán la vida del narrador. Si antes cantaba contra los relojes, ahora cantará solo si los relojes hacen que cante.

Y finalmente, los otros universos discursivos de este período también frenan su viento de cambio e interrumpen su ir más allá de la vida (volar, pero también, antes, arder), porque él, el narrador, es él mismo quien mojará sus alas, y lo hará como, o sea, equivalentemente a, el árbol (mefáfora hippie bucólica para la verdad) o el ángel (metáfora mística para lo espiritual que guía).

Es durante los tres años que siguen a esta canción que se clausuran estos universos discursivos y musicales tan prolíficos (los Aquelarre por su parte ya están en España, y el grupo se disolverá allá), pero también son los años en que, retomando una de las reflexiones iniciales, desaparece la identidad de mi generación, o quizás deja de estar siendo socialmente construida y en su lugar se expande el silencio, el borramiento y el no-sentido: el deambular de las entidades sin identidad que en dos años más serán llevadas a morir a unas islas hasta entonces solo escolares.

 

Damián Jorge Grimozzi

(2026)

 

[1]  1975, Rock en Teleonce. Archivo personal del autor.

 [2] Archivo personal del autor.