I Introducción
En un trabajo previo llamado Otro y otro en los textos fundadores del siglo XIX, intenté abordar
el problema de la diferencia, pensada en términos lévinasianos, en los dos
textos clave de la primera mitad (larga) del período: el Facundo y las Bases. Más específicamente, tomé como punto
de partida la idea de que la historia política del siglo XIX en la Argentina
puede ser leída como la historia de cierto tipo de respuesta ante la
diferencia: la que produce una distinción excluyente en términos de otro/Otro.
La diferencia, en tanto tal, es
siempre radical; y en tanto radical, si no cedemos ante ella, ante el otro como
verdaderamente diferente, si no lo aceptamos en su radical Otredad, solo quedan
esas dos alternativas excluyentes: otro
(asimilable, devorable, apropiable) y Otro
(inasimilable, ininteligible y que puede -y amenaza con- apropiarse de mí).
Estas construcciones se instalan como mentalidad y no dejan ver ninguna otra
posibilidad de tramitar la diferencia.
La primera
versión de ese escrito giraba insistentemente en torno a la hipótesis caníbal.
Pero sucesivas lecturas y relecturas me convencieron de que esa hipótesis
resultaba ser demasiado abarcativa y literalmente
caníbal: se come todo lo que se le cruza y, como resultado, no ayuda a explicar
nada. Por eso intenté una definición de lo que quería decir más cercana a la
tramitación de la diferencia o, más drásticamente, con el gesto de incorporar
la diferencia, la otredad, a la mismidad. En este sentido, lo caníbal en
realidad es apropiación. Y sabemos
que uno de los pilares inconfundibles de la modernidad es la propiedad privada,
e incluso pública en términos de los Estados-nación modernos. La apropiación de
la diferencia o de lo diferente involucra, entre muchas otras cosas, la
anulación de dicha diferencia en términos reales y su incorporación a la
mismidad del propietario como propiedad en todo el sentido de la palabra: como
característica. Lo que era un otro en pie de igualdad, de paridad, se convierte
en rasgo, en nota, en elemento propio de la única entidad que queda en pie.
Ahora bien,
al confrontar esta hipótesis con las herramientas y con el enfoque de la
historia conceptual, para lo cual voy a tomar como punto de partida el texto de
Noemí Goldman “El concepto de traducción y la traducción de los
conceptos” (2021), se
hace necesaria otra reelaboración, otra reconsideración. En primer lugar, los
términos de la hipótesis deben ser considerados como conceptos y, en tanto
tales, como integrando redes conceptuales. Y en segundo lugar, hay que investigar
si la hipótesis misma es consistente con el movimiento de conceptos, términos y
procesos culturales de mediados del siglo XIX. Lo primero importa definir para
este trabajo los conceptos de apropiación y traducción. Lo segundo, en cambio, resulta
demasiado amplio en atención a la brevedad de este trabajo. Por ese motivo, me
voy a detener solamente en el Facundo
de Sarmiento y en algunos elementos de otro texto que, cinco años después,
viene a legitimar el discurso sarmientino, en especial el del Facundo, esto es, Recuerdos de provincia. De este modo, el trabajo no pretenderá
llegar a conclusiones de largo alcance, ni a resultados profundos. Se trata
solamente de un acercamiento a dos de sus textos clave, en un período acotado a
un lustro, y de ver si es posible establecer conexiones firmes con el trabajo
anterior que vengo desarrollando.
Desde ya, no
se trata de ver si Sarmiento personalmente, a título individual, etc.,
intentaba construir una carrera política con sus textos, o al menos no se trata
de eso principalmente. Tampoco se trata de la pura discusión teórica acerca del
concepto de diferencia, traducción o apropiación. Se trata de ver de qué
manera, en este campo y objeto acotados, el objeto textual llamado Facundo viabiliza los conceptos de
diferencia y de otredad, y cuál es su relación con los conceptos de traducción
y apropiación.
II – Diferencia,
apropiación y traducción.
En tanto cada
lengua es un sistema cerrado cuyos elementos se definen entre sí y por
oposiciones internas, toda traducción de una lengua a otra es una apropiación.
El salto de un sistema de signos a otro importa inevitablemente mutaciones de
significado. La mera traducción, aun considerada como si fuera mecánica,
objetiva y vacía de intencionalidades, da por resultado un nuevo conjunto de
significados y un nuevo sentido. Esto, sin considerar todavía las
intencionalidades y las operaciones de modificación deliberada de lo dicho en
el texto que se va a traducir. Frente a esa inconmensurabilidad de las lenguas,
los traductores encuentran la puerta abierta para resemantizar los conceptos y
recontextualizarlos deliberadamente. De aquí que todo concepto es político y
por lo tanto, o concomitantemente, es polisémico. Y esta multiplicidad
entrelazada de sentidos y significados se da en y por su circulación,
apropiación y traducción.
Dicho de otro
modo, el manejo de la propia materialidad de la palabra ya, de movida, impide
la “fidelidad”, la transparencia. Si no hay lenguajes transparentes, menos aun
puede haber transparencia o exactitud alguna en el salto de una lengua a otra.
Pero lo mismo ocurre en el segundo sentido que Ricoeur releva respecto de la
traducción: aquella que se da en la adaptación o migración de conceptos y
términos entre épocas (Ricoeur: 2005). En este sentido, bien podemos decir que
una lengua es opaca incluso para sí misma, no solo para todas las demás
lenguas, cuando se trata de contrastar un estadio pasado de esa lengua con su
estadio presente, o hacer valer para el presente un concepto determinado del
pasado. Porque ese concepto no se encontraba aislado, puro, abstraído de todo,
en ese pasado: integraba una red de significaciones. Y al “moverlo”, al sacarlo
de esa red, se lo descontextualiza, para luego inevitablemente
recontextualizarlo al insertarlo en una nueva enunciación, que no podría ser
inteligible si ese concepto no pasara a integrar otra red de significaciones,
distinta de la anterior. La circulación de los conceptos los resemantiza.
Además, hay
que considerar cómo establecer las condiciones de posibilidad de toda
traducción de un concepto (entre lenguas o entre épocas) sin el a priori de que el movimiento (la
traducción) implique una “desviación” respecto de aquello traducido, sino más
bien al contrario, considerando que ya integraba un territorio en disputa desde
su lugar de origen.[1]
En cambio sí conviene considerar para qué actores sí se trata de desviaciones,
y en qué sentido puede pensarse que quieren hacer valer el lugar de origen de
tal o cual concepto como tal, es decir, como fuente de legitimidad.
Y finalmente,
en busca de integrar la mirada de mi anterior trabajo con la de éste, quisiera
considerar un tercer tipo de traducción, además de la interlingüística y la
interepocal. Silvia Molloy, en “Sarmiento, lector de sí mismo en Recuerdos de
provincia”, propone considerar como este tercer tipo de traducción
la de la lengua de los otros a la lengua del yo (Molloy: 1988). Más aun, este
yo no es el yo psicológico de la persona Domingo Faustino Sarmiento, sino el
narrador de los textos firmados con ese nombre. De hecho, el artículo concluye,
con mucha elegancia y elocuencia: “A mi progenie me sucedo yo: al yo sucede el
texto.”
En este
sentido, Molloy señala, tras referir un pasaje en que Sarmiento cuenta cómo
gustaba de quedarse quieto leyendo y cómo la gente a su alrededor lo miraba y
juzgaba, que él buscaba ser mirado como lector.
Creo que va
más allá: Sarmiento no quería ser mirado sino admirado. Más precisamente aun:
lo que busca es construirse como diferente frente a sus iguales. Todo el
trabajo del primer Sarmiento, el que podemos situar entre el Facundo y Recuerdos, se puede cifrar en este sintagma: extrañarse de lo
igual. Mismizarse frente a la
Otredad. Diferenciarse hacia arriba. Y toda su reconstrucción de textos
previos, llamativamente vacíos o débiles, relatos que no son sino orales,
paráfrasis o invenciones, toda su reletrización (el término es de Molloy) de
San Juan no busca situar su discurso como legitimado en un discurso anterior:
busca vaciar de sentidos previos e inmanejables un pasado que quiere moldear
según sus necesidades de construcción de discurso propio. En otras palabras, y
en términos de traducción, Sarmiento descontextualiza términos y conceptos
(términos que remiten claramente a conceptos y conceptos que carecen de
términos pero daban sentido a los relatos previos), tomados con deliberación de
ese pasado sanjuanino, para recontextualizarlos y resemantizarlos como
construyendo su propio personaje conceptual, su propia figura de narrador, es
decir, el Sarmiento que cuenta quién es Sarmiento.
Esta
operación, como veremos, viene también del Facundo.
No olvidemos que Recuerdos de provincia
está escrito cinco años después y, hay que señalarlo, después del éxito rotundo
del Facundo. El discurso “futuro”
hacia el que va dirigida la construcción de un pasado en Recuerdos es el Facundo y
lo que el Facundo significa como
construcción de Sarmiento en tanto figura pública y política.
Así, este
tercer tipo de traducción que Molloy considera como la de la lengua de los
otros a la lengua del yo, implica una apropiación de la otredad a la mismidad
o, dicho de otro modo un modo de tramitación de la diferencia que reduce
(traduce) los Otros radicales a otros apropiables.
III – La
traducciones de la diferencia en el Facundo y en Recuerdos de provincia
Una primera pregunta que podemos formularnos frente al Facundo es por qué Facundo Quiroga,
prolijamente definido y descripto como un monstruo sin control, como el mal
hecho por instinto (a diferencia de Rosas, que “hace el mal con cálculo”), es
progresivamente “rescatado” de la sima en que ha sido hundido por el mismo
narrador, para ser convertido en un héroe trágico de carácter ejemplar. De
hecho es invocado por el narrador al comienzo del texto como aquél que puede
“revelar el secreto” por el cual Rosas está en el poder y la Argentina no se ha
modernizado. Por qué, dicho de otro modo, no se habla de Rosas directamente, y
sí de un caudillo ya muerto diez años antes. Y es que el Facundo, incluso su escritura bajo el género de la biografía, como
Sarmiento aclara en Recuerdos, puede
ser entendido como una forma de apropiación simbólica de la diferencia; una forma
altamente elaborada, cuyo fin es la incorporación, la asimilación de la otredad
a una mismidad y, al mismo tiempo, la confrontación con una Otredad
irreductible. Pero además, en términos de historia conceptual, todo el texto
puede ser comprendido como una traducción de la diferencia: una reducción, una
adaptación, una mismización, una incorporación. Veamos cómo comienza el texto:
Bajo el título de “Advertencia del autor” y tras
disculparse solo retóricamente por los errores o “inexactitudes” que el texto
contiene y prometer –también solo retóricamente- corregirlas en un futuro, leemos:
On ne tue point les idées.
Fortoul
A los hombres se degüella, a las ideas no.
A fines del año 1840, salía yo de mi patria,
desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes
recibidos el día anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y
mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria que
en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón estas
palabras:
On ne tue point les idées.
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una
comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos
innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, “¡y bien! -dijeron-, ¿qué significa
esto?...”.
Significaba, simplemente, que venía a Chile, donde
la libertad brillaba aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las
luces de su prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta
en Chile saben si he cumplido aquella protesta.
En primer lugar, en la cita en francés, no aparecen
ni el término hombres ni el verbo degollar. En segundo lugar, la cita no solo
no es de Fortoul sino que ni siquiera es una cita sino una paráfrasis. Paul
Verdevoye encuentra (apenas) una similitud con esta frase de Diderot: “On ne tue
pas de coups de fusil aux idées” (Verdevoye: 1963). Semejante cantidad de
“errores” no puede sino llamar la atención. Se sabe que Sarmiento era
autodidacta, que se había formado en la biblioteca de su tío Oro, etc. Pero lo
que ocurre con estos “errores” es muy otra cosa. Él sabía quiénes lo iban a
leer: personas cultas, tanto lectores del Mercurio,
donde salían los capítulos del Facundo
en forma de folletín, como compañeros de lucha antirrosista en el exilio, pero
también, esa era su pretensión que luego satisfizo, intelectuales europeos. Y
también él: Rosas mismo. En Otro y otro,
concluía que este inicio no es una suma de errores sino un extraordinario
ejemplo de apropiación simbólica. Desde la historia conceptual, conviene ahora
precisar: Sarmiento sabía que no estaba traduciendo fielmente. Más aun, por lo
dicho más arriba, Sarmiento más bien parece montarse en la necesaria
apropiación y metamorfosis que toda traducción implica para realizar, ya desde
este inicio, varias operaciones simultáneas:
i) Está adaptando esa frase a la situación argentina
a la que va a referirse en todo el texto. El término degollar aparecerá decenas de veces a lo largo del Facundo, casi siempre referido a la
mazorca y a Rosas. Pero la condena de esta forma de matar conviene que esté en
francés. Esto nos lleva a:
ii) El movimiento conceptual que efectúa el texto
tiene base en su recepción. Sarmiento cuenta con la complicidad de esos
lectores cultos chilenos y sobre todo argentinos. Al negarle a Rosas toda
comprensión de esta frase y, tácitamente, otorgársela o reconocerla en sus
lectores, poco importa que lo dicho no haya sido dicho por Fortoul, ni por
Diderot. Lo que sí importa es, por un lado, situar a toda la Generación del
lado de la civilización que entiende el francés; y por otro, al mismo tiempo, asimilar,
incorporar, devorar y metabolizar todo lo europeo que fuera nutritivo para
construirse como lo Otro de lo Otro, como un Mismo flamante, barnizado por la
Europa, por la palabra culta.
iii) Con
respecto a esto último, conviene hacer una distinción. Cuando dice en Recuerdos que traduce “lo europeo a lo
americano”, no se trata de ideas fuera de lugar, o de atribuirle a la
traducción rol pasivo o mecánico alguno. Conscientemente, Sarmiento al traducir
resemantiza tanto lo europeo como lo americano. Es su mirada, la que pone centro
y periferia, pero lo hace con fines de apropiación. Porque, esto es importante,
Sarmiento no respeta lo europeo. No lo cree mejor. Lo cree (todos ellos lo
creían) más parecido a su proyecto político que lo que hay aquí. Y para eso,
para que se parezca, es que lo traducen.
En este sentido, lo europeo también es otredad que debe ser apropiada. Es la
otra otredad: la que debe pasar por modelo y “original puro”, por dadora de
legitimidad a un proyecto que es en realidad netamente americano.
Es interesante notar también que en Recuerdos llama sistemáticamente solo Civilización y barbarie al Facundo, como si eliminar todo nombre
propio protagonista del título acercara su contenido al único nombre propio que
queda en toda portada: Domingo Faustino
Sarmiento. Y es que cuando Sarmiento escribe Recuerdos de provincia, está presentando el personaje Sarmiento por la positiva, mientras en el Facundo la figura (política, literaria)
de Sarmiento emergía por contraste con Rosas y con Facundo, casi como
respondiendo a la pregunta por quién es el autor como “soy todo lo que estos otros no son”. Tras el éxito del Facundo, Sarmiento se quiere visible: “yo
soy todo esto”.
Ahora bien, el texto realiza otras y muy complejas
operaciones de traducción-apropiación. En el comienzo del texto propiamente
dicho (Sarmiento: 55), el narrador construye la figura del grande hombre para espejarse. Aquí, antes de ser el horror que en
seguida será, Facundo ya es ese grande hombre:
¡Sombra terrible de Facundo, voy a
evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te
levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que
desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez
años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de
los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: “¡No,
no ha muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!”
Los ecos de la épica griega y de la tragedia
isabelina son evidentes y han sido largamente señalados. Pero ninguno de estos
elementos está puesto solo para evocar una literatura prestigiosa. En estas
cinco líneas se cifra el plan del texto y la operación que Sarmiento está por
llevar a cabo. Facundo no es persona: es sombra
terrible, vale decir, califica como personaje conceptual, como pieza
literaria. Yo, el narrador, te evoco,
es decir, tengo el poder simbólico de desenterrarte, el cual es infinitamente
más poderoso que el de enterrarte. El polvo
que te cubre está, justamente, ensangrentado
por él, por Rosas, el Otro, y a través de ese polvo, venciendo ese polvo, yo te
hago emerger. Y para qué: para que expliques
(vos como personaje conceptual, es decir, yo como autor-traductor de vos) quién
es quién en este juego de las diferencias; quién es quién en este juego de Otros
radicales y otros apropiables. Vos, como personaje, y ya no como persona, sos
sabio, poseés la clave de nuestra vida secreta.
Es más: vos, Facundo personaje mío, sos invocado por los demás casi
inmediatamente que yo te evoco, y en tanto ellos
(es decir, el pueblo como personaje conceptual mío, y también como construcción
mía) quieren que vuelvas, yo te traigo. Te voy a usar contra él. Te voy a escribir para incoporar todos tus rasgos
a mí y usarlos contra él. Vas a ser el otro contra el Otro.
Otra operación de apropiación-traducción de lo
europeo como insumo para la construcción de una Mismidad ajena a lo que hay es
la referencia casi inmediata a Tocqueville:
A la América del Sur en general, y a la República
Argentina sobre todo, le ha hecho falta un Tocqueville, que, premunido del
conocimiento de las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros,
octantes y brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra
vida política, como en un campo vastísimo y aún no explorado ni descrito por la
ciencia, y revelase a la Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la
vida de las diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser, que no
tiene antecedentes bien marcados y conocidos. (Sarmiento:
57)
En el mismo párrafo, y en el mismo gesto, anuncia
que lo que sigue puede leerse como si fuera La
democracia en América, pero en seguida sugiere que su libro es mejor que el
de Tocqueville porque él está munido de mejores y más exhaustivas herramientas,
y presenta ante el mundo a la Argentina como algo completamente disponible (no
explorado) y a la vez original. Es una operación que guarda total coherencia
con la “mala” traducción inicial.
Aquí conviene destacar el siguiente contraste: este
Sarmiento que sugiere ser el Tocqueville de la América del Sur, o sea, un
francés que echa luz sobre regiones inexploradas o nuevas, ha nacido y se ha
criado en esta tierra salvaje. Estos
mismos que yo describo como sobredeterminados a ser insalvablemente vagos,
brutos, bestiales, salvajes, son mis connacionales. Dicho de otro modo, y
volviendo un momento a Recuerdos y a
Molloy, en tanto aquello que encarna la diferencia también se sitúa como región
de origen, la operación de darle letra y texto a San Juan y a sus antecesores
importa convertir (y hasta revertir) lo que hay en lo que se desea que haya;
convertir, traducir hasta el plagio legitimado, aquello que es igual a mí hasta
ponerlo como lo otro de mí, un otro que puedo incorporar. Claro, puede
preguntarse: si ya estaba en mí, ¿para qué quiero incorporarlo? Es que el juego
no es reconocer lo que soy, sino, en
primer lugar, poner al otro en un lugar de sujeción; y en segundo lugar, traducirme: hacerme otro a imagen y
semejanza de mi deseo, y en oposición a mi facticidad.
Y en esta mismidad-otrificada o, mejor dicho,
otredad-mismificada, en este hacerse uno siendo lo otro y hacerse Otro habiendo
sido uno, el orientalismo es una estrategia discursiva recurrente. Se trata de
alienar la pampa bajo una lupa europeísta; de apropiarse de todo lo que sirva
para trazar una frontera insalvable
entre el otro que se me parece demasiado y yo, que no tengo forma definida
todavía salvo en todo aquello en lo que me parezco al otro. Así, Sarmiento echa
sobre la campaña, sobre el desierto, sobre la tierra bárbara, miradas extrañadas y exotistas de europeo viajero y
viajado, cuando su área de travesías reales, en el momento de escribir el Facundo, no excedía los límites de las
provincias cuyanas, La Rioja y Chile. Se hace el que recuerda Palestina:
alevosamente, lo hace; ante un paisaje del “desierto” local, finge que le
vienen a la memoria “maquinalmente” unos versos en francés sobre un paisaje
oriental. Y esto, vale insistir en este punto, ha funcionado en sus lectores:
ha sido una operación exitosa de manipulación de la recepción, desde una
apropiación desaforada, desbordada, que involucra una mirada absolutamente
americana: la del americano que consume lo europeo en busca de alimento
diferenciador. En este sentido, ningún relato de viajeros europeos se parece al
Facundo, mientras que el Facundo se parece a cualquier relato
europeo de viajeros. Pero, nuevamente, no porque el concepto de este género, el
relato de viajeros, sea una idea fuera de lugar: no solo no lo es, sino que es
todo lo contrario: es apropiación de un género literario prestigioso en busca
de prestigiar el propio relato, no en una búsqueda final de ubicar al Facundo como escrito por un europeo que
pasó de visita. Es una operación política que tiene como fondo y tejido la
migración de los conceptos, con toda su red conceptual, y que manipula la dupla
centro-periferia con plena conciencia de su artificiosidad. Uno puede
decir que la mismidad misma está pacificada,
presentada como pura, como fuente y original, como fundacional en tanto no le
debe nada a nadie. Y tiene que ser (parecer) una idea fuera de lugar, porque el
lugar contamina, condiciona y limita. Porque el lugar no refleja el deseo que
se proyecta sobre él.
Veamos otro momento del texto donde la operación de
traducción sigue, siempre a posteriori,
la concepción de traducción que Sarmiento deja ver en Recuerdos:
El mayor Andrews, un viajero inglés que ha dedicado
muchas páginas a la descripción de tantas maravillas, cuenta que salía por las
mañanas a extasiarse en la contemplación de aquella soberbia y brillante
vegetación; que penetraba en los bosques aromáticos, y delirando, arrebatado
por la enajenación que lo dominaba, se internaba en donde veía que había
oscuridad, espesura, hasta que al fin regresaba a su casa, donde le hacían
notar que se había desgarrado los vestidos, rasguñado y herido la cara, de la
que venía a veces, destilando sangre, sin que él lo hubiese sentido.
Nuevamente, como es propio de toda la escritura de
Sarmiento, en un mismo pasaje hay un paquete de operaciones simultáneas:
primero, una mirada “europea” legitima su texto, es insumo prestigioso y
prestigiado. En segundo lugar, y al mismo tiempo, nos da otra declinación, esta
vez no humana, del Otro radical: la belleza natural, salvaje y extrema, que
absorbe al civilizado, que devora orgiásticamente, que lastima enamorando, como
lo hará la performance final de Facundo mismo en el capítulo de Barranca Yaco.
Pero sobre todo, en tercer lugar, se apropia de ese
relato, que no cita textualmente en ningún momento sino que lo amasa a su
gusto, como dice en Recuerdos que hay
que traducir:
Gusto de la biografía. Es la tela más adecuada para
estampar las buenas ideas; ejerce el que la escribe una especie de judicatura,
castigando el vicio triunfante, alentando la virtud oscurecida. Hay en ella
algo de las bellas artes, que de un trozo de mármol bruto puede legar a la
posteridad una estatua. La historia no marcharía sin tomar de ella sus
personajes.
Es decir, la vida, la historia, son mármol bruto: la
biografía es estatua. Esta concepción justifica el plagio y el “mentir a
designio”, como confesó luego haber hecho en el Facundo. Pero, sobre todo, es consistente con el segundo y el
tercer tipo de traducción a que nos referíamos más arriba. Biografiar es
traducir el pasado a un presente, y esto es descontextualizar y
recontextualizar redes conceptuales completas, y es traducir la voz de los
otros a la propia, al yo. El pasado y los otros se constituyen, así, en
insumos: en materia bruta, mármol, con el que erigir una estatua (un prócer
futuro).
Y aquel pasar a degüello que en el inicio del texto había
sido “insertado” en la traducción apócrifa de Fortoul a modo de acusación
contra los hombres de Rosas no es en realidad una verdadera marca
diferenciadora entre Sarmiento y Rosas sino más bien todo lo contrario:
Facundo respetaba más la propiedad que la
vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a
los unitarios. Implacable se ha mostrado su Gobierno contra los cuereadores de
la campaña, y centenares han sido degollados. Esto es laudable, sin duda.
(Sarmiento: 320)
Rosas, que sí gobierna, degüella a los que atentan contra
la propiedad privada y eso es laudable.
Vale decir, Sarmiento discute de política con Rosas, y lo hace en presente.
Sarmiento también degollará a los que atenten contra la propiedad privada: no
hay defecto. Es la confrontación con un Otro radical, incomible y, sobre todo,
con un igual, por el momento, “intraducible”.
¿Por qué Sarmiento no narra el horror que asigna a
Rosas? ¿Por qué tanta destreza horrorizadora
dedicada al personaje de Facundo y, a pesar de las múltiples menciones y
referencias a Rosas, nunca se despierta en el lector la más mínima adhesión
emocional a ese encono? ¿Por qué necesita que sea Facundo el que horroriza? Lo
que está en discusión es quién es el Otro con mayúsculas y consecuentemente
quién es quien se apropiará de quién y de qué manera. Y esta discusión es entre
protagonistas vivos. No se trata entonces de una transitividad del horror, como
se ha sostenido, sino de una distribución
excluyente de la otredad en lo otro y el Otro. En términos de lo otro, el
narrador del Facundo quiere
apropiarse de ese horror para sí. No es que Sarmiento construya un monstruo de
Facundo para que el lector piense en Rosas: lo hace para que piense en él. Nuevamente,
en este caso también, se trata del tercer tipo de traducción: la voz de Facundo
pasa a ser la suya, en tanto se construye como su contrario. Pero además, el
Otro radical, el radical Otro, es ese que pelea con el narrador, en pie de
igualdad, por un muerto: el otro. Facundo, una vez pasado por la pluma
sarmientina, no solo es horror: ahora, como personaje conceptual, es también
heroísmo, monstruosidad, fascinación, coraje, astucia: todas características
esenciales para ambos, codiciadas por ambos. Quien se las asigne, quien consiga
inscribirlas como propias, le gana al otro. Y resulta que Rosas (en la versión
de Sarmiento) no escribe, mientras que Sarmiento sí.
IV
– Conclusiones
El Facundo,
legitimado cinco años después desde Recuerdos,
es un juego de identificaciones, espejamientos y apropiaciones. Hay una
traducción (entendida como apropiación, reconversión y resemantización) del
material llamado Facundo Quiroga, material que sí habla, pero en una lengua que
debe dejarse atrás, y que sí dice, pero lo que dice no quedará
transparentemente expresado en la lengua que el discurso sarmientino inventa:
la suya propia, la de su propio personaje conceptual.
De hecho, Sarmiento ha comenzado ya desde el
principio del texto desenterrando y desterrando a Facundo del Facundo, a pura palabra culta:
¡Sombra terrible de Facundo,
voy a evocarte, para que, sacudiendo el
ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran
las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!
(Sarmiento: 55. Subrayado nuestro).
La pluma autora
de Sarmiento nos da entonces un texto que comienza con el narrador
desenterrando el cuerpo muerto de Facundo y termina apropiándose de su figura,
desterrando a quien la encarnó. En otros términos, descontextualiza la voz de
Facundo (como concepto de lo gaucho, lo americano, lo bárbaro, etc.) y la
recontextualiza como personaje sujeto a su propia voz, a su propia voz
narradora de un texto que propone absorber la barbarie desde la civilización.
Y este texto apropiador a su vez nos da un
Sarmiento. Un Mismo recién nacido de las cenizas (ensangrentadas) del otro,
hecho de esas cenizas y de esa otredad americana, listo para encarnar la versión
hipercivilizada de una Europa que también es solo insumo, y debe ser superada.
Una vez que el flamante poeta invocó, revivió, tradujo, transfiguró y volvió a
enterrar a su personaje, ya está listo para ser un digno Otro del Otro.
* * *
Damián Jorge Grimozzi
Bibliografía
- Goldman, N. “El concepto de
traducción y la traducción de los conceptos: aproximaciones metodológicas
(siglos XVIII y principios del XIX)”, en Horizontes de la historia conceptual
en Iberoamérica (2021), Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Genueve
Ediciones.
-
Grimozzi, D. J. (2024) “Otro y otro en los textos fundadores del siglo XIX”, en
Fin Zona Urbanizada Nº 3 (en prensa),
Buenos Aires.
- Jáuregui, C. (2008) Canibalia. Canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América
Latina. Madrid/Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert.
- Molloy, S. (1988) “Sarmiento, lector
de sí mismo en Recuerdos de provincia”, en Revista Iberoamericana,
Vol. 54, Liverpool University Press, PP. 407-418.
- Ricoeur, P. (2005) Sobre la traducción. Buenos Aires, Paidós.
- Sarmiento, D. F. (2008) Facundo. 1ª edición 1963, Buenos Aires,
Losada.
- Sarmiento, D. F. (2011) Recuerdos de provincia. Biblioteca del
Congreso, Buenos Aires.
- Verdevoye, Paul (1963) Domingo Faustino Sarmiento; éducateur et
publiciste (entre 1839 et 1852), París, Jouvet, pp. 76-77.
[1] De
hecho, me parece que hablar de “origen”, en el marco de una mirada migratoria
de los conceptos, no es útil; más bien confunde. No hay origen, sino más bien
punto anterior, y este último incluso no deja de ser una construcción del
historiador.