miércoles, 10 de febrero de 2010

Pero ahora

Puede que venga la paz
Puede que el vórtice se distienda en radios inteligibles
y las sogas
sombrías que tensan cada músculo se quemen
al sol prendido de la mañana

Puede ser hoy que la sed vegetal se despierte
y madere la tierra

Puede que la voz de cuerpo abierto
se desate y nos reúna en destierros de correo y
canciones giratorias de verano

Puede ser ahora. Pero ahora el cuerpo pesa
como una delicada herramienta
de articulaciones ominosas
Y conoce su vértigo de fuegos eclécticos
de tormenta privada
de viaje
de descansos
y sabe aletear en el vacío
numeroso de los conciertos

sábado, 9 de enero de 2010

el umbral

El otro cuenta con la infinita paciencia de quien no ve otra cosa que su propia demanda, formal e informal, y no reconoce otra cosa que su propia propiedad privada de primera persona del reputísimo singular: yo. Golpeó el otro hasta que le abrí (yo). Se apoyó en el marco de la puerta (mía) secándose el sudor suyo y sonriendo(se-me) como quien (se) merece la mejor cerveza fría che, cómo que no, claro, y dijo: tenés diez pesos. No. Bueno, no importa, querido, dame setecientos y te perdono todo. Todo qué. Todos los años y las horas, Virginia, el viaje afuera que nunca, el hijo desconocido, la perra y el pasillo de aquel hospital. Todos estos años derramando la poca vida que (me) queda en las rajaduras esas del pasado (nuestro): todo en el umbral.
El otro no va a forzar nada, claro, para qué: para eso estoy (yo), que me demoré acá, y ahora es demasiado tarde; (yo) que no supe hacer otra cosa diseñar(me) un plan de espera de: su demanda. Pero la forma de su demanda. El vacío a baldazos de su demanda.
El rey bobo se ríe. Ta por tener un berrinche. Che. En el umbral. Pobre. Voy a morir (yo), un poco más, a ver si lo salvo (a él): todos estos años. Llevaron, de afuera y de adentro, a este umbral singular, obsceno de tan singular e insignificante, che, cómo que no: te perdono, ésta.
La gente pasa por la vereda.
Che.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Resistencia

Desaparecer no es morir: es no estar
y estar en cualquier parte.
La silla de un muerto es ocupada por un vivo:
la silla de un desaparecido no la ocupa nadie.
El cuerpo de un muerto se pudre, abona la tierra, cierra un capítulo e inicia otro.
El cuerpo de un desaparecido conserva, invisible, los espacios que tenía entre los vivos: reclama ser visto, exige ser muerto, ser vivo, ser alguien, ser algo.
Y es alguien: alguien perfecto. Nosotros potenciamos su vida, lo ensalzamos, olvidamos sus torpezas, sus depresiones, sus insensibilidades. Es alguien reconstruido, independientemente de sí mismo.
Pero los desaparecidos ya no quieren ser perfectos; quieren, por ejemplo, si se llegó al término de morir, poder tener una voz muerta porque ya dijo todo; unos ojos apagados porque ya vieron lo último que tenían que ver y que hayan sido vistos por última y definitiva vez; un corazón detenido cuando corresponde, un estómago y un hígado bien gastados, un sexo muerto después de haber dado toda la vida que podía, piernas muertas de todos los saltos de la vida vivida, pies muertos de todos los pasos, sangre seca de todo el amor y toda la calma.
Los desaparecidos habitan un territorio inaccesible para nosotros, dentro de nuestro territorio. Un espacio sin espacio entre los espacios.

Treinta mil futuros cuelgan inertes entre nosotros.
Treinta mil nosotros debajo de nosotros.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Nada en realidad

No era tener que recurrir a aquello que está exhaustivamente lejos de la alegría, vale decir, al optimismo. Era otra cosa: algo como el calor de la piel en su lugar. La felicidad inadvertida que se arrima a las mesas de los cafés, alguna tarde de febrero: poco a tiempo, pero dispuesta a confirmar que se ha vivido bien. Que todo lo perdido, lo quebrado, lo cruel, lo aburrido de los días lentos iguales a los días, todo lo llevado a la cama con un nudo en la garganta para despertarse gritando, toda tu puta vida, dibuja de golpe una rigurosa acrobacia y se organiza. Pero no es que se organiza; más bien, la respuesta ya está ahí, organizada en el vientito ése que entra por la ventana. Y uno está tomando una cerveza con un amigo, y ninguno lo nota. Y no hay nada, en realidad: únicamente, la piel en su lugar. Y el corazón a salvo en la casa de la piel.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Ríos para Lope


Ir y quedarse y, con quedar, partirse,
partir sin alma e ir con alma ajena
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir, pues resta, sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia
fuego en el alma y en la vida infierno.


Lope de Vega

domingo, 23 de agosto de 2009

Museo de Ciencias Humanas



Parque Centenario, verja del Museo de Ciencias Naturales. ¿Qué es lo que jode de esta pintada? La moralina, seguro. Pero me pa que es otra cosa más: la ambigüedad o lo equívoco de la frase que eligieron. Si uno lee de golpe, o sea desde el colectivo, pongamos colgado entre la gente, entiende que la "bondad" –y entiende, por contexto nacional, "bondad cristiana"- es lo invencible, lo que todo lo puede, etc. Pero después te quedás pensando, o divagando. Y te decís: lo qué??? Momentito: 1. si el corazón humano resiste a todo, la puta: es un órgano mucho más fuerte que lo que pensábamos. Poco uso le damos, entonces. Pero, 2. si resiste a todo menos a la bondad, quiere decir que la bondad no tiene nada que ver con el corazón humano. Vaya afirmación estrafalaria, no? Pero pongamos que es cierto: que somos todos egoístas, miserables, criminales, etc. Por ejemplo, el atorrante que, con gran capacidad de intervención sintética, le puso un palito a la "S" y le dio a la frase un sentido materialista e irónico. En ese caso, si la bondad le viene de afuera al corazón humano, que viene a querer decir todos nosotros, ¿de dónde viene? ¿Qué clase de entidad sin sentimientos trae la bondad y destruye las resistencias de todos los seres humanos? Qué bondad más inhumana, ¿no? Parece más bien un castigo que una virtud; un dios ajeno ante el que hay que doblegarse. 3. si el corazón humano resiste a todo menos a la bondad, ¿eso quiere decir que ante la bondad se rompe? ¿Para qué la queremos, entonces? 4. en la peor versión de lo humano, evidentemente, no somos buenos. Los hechos históricos y los presentes tienden a confirmarlo. Pero no es solución alguna que venga una Bondad a vencernos, a imponer su mandato de mansedumbre y obediencia sin conciencia.
Yo, personalmente, no creo en la bondad. Pero sí en la solidaridad; en una estrategia colectiva que parta de reconocernos "malos", digamos, de reconocernos egoístas, avaros, violentos, etc., y a partir de ahí, tomar decisiones de respeto y ayuda mutuas. No por imperio de la Bondad que viene de afuera o de arriba y nos lava el cerebro, sino todo lo contrario: por imperio de la evidencia de que no nos conviene matarnos, pisarnos la cabeza unos a otros, ignorarnos mutuamente. Quizás nos convenga a corto plazo, evidentemente. Pero a largo plazo, el resultado es la aniquilación total o la dictadura: ya sea de la Santa Bondad o de la Santa Maldad. Porque si no anida en los corazones, si es una entidad externa, todo viene a ser exactamente lo mismo. Somos animales inmodificables, y la pintada está donde debe estar: en el Museo de Ciencias Naturales, que incluyen a este bicho y su indestructible e inútil corazón de hierro.

martes, 18 de agosto de 2009

Eso



Eso cayó del cielo. Posta, eh? Se había llovido todo y a la nochecita, cuando paró, lo vi. No era un cacho de hielo, ni un cacho de granizo. Y se estaba desintegrando. Lo fotografié, en lugar de mirarlo tranquilamente, porque somos así: devoramos en lugar de dejar ser lo que tenga que ser.
Eso puede haber sido cualquier cosa, nunca voy a saber qué. Lo toqué, claro. Era gelatinoso, pero no pegajoso. Era blando, pero a la vista parecía un diamante.
Qué hizo el tano bestia: lo dio vuelta, lo rompió sin querer, y después queriendo, como un chico que no sabe cuidar un juguete y, ante la inevitabilidad del daño, hace un juego del daño mismo. Y le saqué mil fotos, claro: me puse en geólogo trucho, hice la mueca completa del acabado investigador –y muy al pedo, porque estaba solito en mi terraza; y muy "acabado"-. Lo peor fue que al día siguiente no sólo no estaba eso sino que no había ni rastros. Y nadie había subido a la terraza salvo yo.
Puedo pensar hoy que eso nunca existió. Pero brillaba anónimamente, tranquilamente; no dejaba de aparecer en las fotografías –o sea, no era como Drácula, digamos- y encima yo lo destrocé, en mi entusiasmo científico –dicho sin ninguna ironía-, así que existir, lo que se dice existir, eso existió. Si uno no fuera un bicho posmoderno, o quizás groseramente cartesiano, sacaría toda clase de conclusiones, pongamos místicas, metafísicas, etc., o no sacaría ninguna conclusión: ni ninguna foto. Pero no: ante lo que no entendemos, lo único que sabemos hacer es registrar, medir y disecar. Porque lo que no entendemos no nos maravilla: nos inquieta, porque nos interpela. Nos cuenta que en realidad tampoco nos entendemos a nosotros mismos, ni nada de nada. Entonces, reaccionamos igual que con nosotros mismos: registramos, medimos y disecamos. Y a la mañana siguiente, todo tranquilo, todo "normal".
Pero ¿qué carajo era eso?